Juan Mata: «El grito de entonces en el mundo de hoy. (A propósito del cincuentenario del estreno de ‘Camelamos naquerar’)»

El 20 de febrero de 1976, en el Aula Magna de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Granada, que la apoyó y patrocinó, se estrenó una obra teatral que transformó el modo de entender el cante y el baile flamenco no solo como modo de expresión artística sino como instrumento de reivindicación social. Muchas cosas que ahora nos parecen normales, incluso rutinarias en el mundo del flamenco, tuvieron sin embargo un comienzo, un momento de alumbramiento, un rasgo histórico. Y ese fue el caso de aquella obra de la que se cumplen ahora 50 años de su estreno.

Aquel espectáculo tan asombroso se tituló Camelamos naquerar y fue ideado por el poeta José Heredia Maya, que escribió los textos y el guion, y fue llevado a cabo por un excepcional grupo de artistas dirigidos por Mario Maya, que armó la puesta en escena y la coreografía. Junto a Mario Maya bailó Concha Vargas, cantaron Antonio Cuevas ‘el Piki’ y Gómez de Jerez, y tocaron la guitarra Paco Cortés y Pedro Escalona.

Quienes tuvimos entonces la fortuna de verlo no lo olvidamos. Es muy difícil borrar de la memoria aquel estallido de rabia y denuncia que provocaban las palabras heridas de José Heredia y personificaban en el escenario las voces, la música, el taconeo y el movimiento de los cuerpos. La sobria pero impetuosa puesta en escena daba al flamenco una dimensión teatral pocas veces vista hasta entonces, pues a diferencia de otros espectáculos teatrales anteriores, que habían utilizado el flamenco como elemento instrumental de expresión, pienso en obras como Oratorio, de Teatro Estudio Lebrijano, o Quejío, de La Cuadra, en esta ocasión era el flamenco más puro y de más alta calidad el que se transformaba en espectáculo teatral y lo hacía además con un propósito de denuncia y desagravio para el pueblo gitano, pero a la vez para cualquier pueblo deseoso de democracia y libertad.

Pocos meses antes del estreno había muerto el dictador Francisco Franco. Mientras agonizaba se habían tramitado los permisos para la representación del espectáculo. Para quienes lo hayan olvidado o nunca lo hayan sabido recordaré que entonces existía la censura gubernativa previa, tan feroz como arbitraria. Para que un espectáculo, o un recital o la publicación de un libro o una conferencia, pudiera realizarse era obligatorio que un funcionario anónimo, ceñudo, religioso, policial, desconfiado y caprichoso diera su visto bueno y autorizara la actividad. Cuántas ideas brillantes nunca vieron la luz entonces por el antojo de un censor que no soportaba determinada palabra o determinado título o determinado nombre. Si alguien joven no alcanza a entender aquellos viejos abusos no tiene más que pensar en las irracionales censuras de algunas redes sociales con respecto a los pechos femeninos o las palabras malsonantes. Camelamos naquerar también recorrió el asfixiante laberinto censor y a punto estuvo de malograrse, pero se benefició en parte de la incertidumbre que los prebostes franquistas comenzaban a sentir frente a la creciente reclamación de libertad por parte de la sociedad española y la inminente muerte del dictador, impasible y brutal hasta sus últimos días.

Camelamos naquerar, que en caló significa ‘queremos hablar’, no solo daba voz a los gitanos, no solo contaba su penosa y prolongada historia de acosamiento y exclusión en España, sino que a la par daba voz a través de ellos a quienes exigían en la calle derechos y democracia. La obra engarzaba su grito de rebelión con los otros gritos que surgían en los lugares más diversos. De hecho, no fue inhabitual que al término de las representaciones los espectadores agregaran a sus aplausos entusiastas el clamor de entonces: amnistía, libertad… amnistía, libertad… amnistía, libertad… La democracia que tanto esfuerzo logró instaurar en esos años, y que hoy tantos la embisten y desprestigian, es deudora de espectáculos como aquellos, de valentías como las de entonces.

Volver a ver ahora Camelamos naquerar, gracias, por ejemplo, al documental de Miguel Alcobendas, confirma la fuerza comunicativa del flamenco, la energía de su lenguaje, la universalidad de su estética. Y nos recuerda a la vez que la protesta de aquellos días no ha perdido un ápice de valor, lamentablemente, y que las palabras que conformaban la obra pueden servir sin merma para las reivindicaciones de hoy. No sé si considerar una victoria o una derrota ese hecho, saber que si la obra se representara de nuevo seguiría teniendo vigencia, seguiría reclamando idénticos derechos a los de entonces, seguiría dando voz a muchos marginados y perseguidos de ahora. Esa actualidad renovada es lo que otorga la cualidad de clásica a una obra. Rememorar aquel estreno puede ser una razón ahora para seguir pensando en los muchos peligros y amenazas que acechan a las siempre frágiles libertades.

Juan Mata

Ha sido docente de la UGR

Preside la Asociación Entrelibros

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