Banco con forma de libro abierto. Está en una ciudad de Normandía ::Coral del Castillo

Coral del Castillo: «Silenciosos bancos, asientos solidarios de calles y plazas»

Hace unos años tuve un problema de huesos que me dificultaba el caminar, después de remedios de todo tipo y mil consultas, empecé mi personal rehabilitación y en ella descubrí el mundo de los bancos no precisamente los financieros sino los asientos de calles y plazas.

La rehabilitación que yo me propuse fue caminar de banco en banco progresivamente: el primer día hasta el banco más próximo a mi casa, el segundo día desde ese primer banco hasta el siguiente, así sucesivamente iba ampliando el recorrido y el autotratamiento funcionó.

Además conocí una realidad paralela al continuo ir y venir de la gente por las calles. La población de los bancos es estática, establecida, y cómo no “asentada”. También observé la variedad de diseños que hay en los bancos, diseños que están en relación con el lugar donde los colocan y que indican hasta el nivel social del entorno.

Hay bancos forjados con filigranas de hierro en parques decimonónicos o que los quieren imitar. Bancos de piedra en paseos y avenidas que alternan con los de madera. Bancos modernos con esculturas de personajes célebres hieráticamente sentadas para acompañar al paseante que busque un descanso en ellos. Incluso vi en otro país bancos en forma de libro abierto.

Bancos con la espalda y el asiento de pequeños mosaicos en glorietas escondidas. Y así se podrían ir describiendo muchos más tipos de bancos.

Pero lo que a mí me llamaba sobre todo la atención en mis recorridos era la gente que los ocupaba. Desde los jubilados que los hacían suyos hasta las personas sin hogar que se los apropiaban para instalar en ellos sus precarias pertenencias, y que les servían de cama tanto en las noches de frío invierno como en las tórridas del verano.

Se podría decir que estos dos grupos son los que utilizan los bancos con un cierto sentido de la propiedad que nadie les discute, siempre que una vez elegido el banco se les respete su elección hasta que ellos mismos decidan cambiarse a otros. Otro grupo de usuarios de bancos callejeros son los jóvenes, los utilizan para reunirse en grupo o para citarse con sus parejas en algún escondido recodo o glorieta de parques. Así mismo se pueden encontrar en parques infantiles o a las puertas de colegios bancos ocupados por padres que llevan a jugar a sus hijos o a esperarlos a la salida de las clases, donde mientras esperan entablan relación con otros padres y así conocen mejor el entorno de sus hijos.

Bancos en un parque

Se podría decir que estos son los bancos al aire libre, pero también se pueden encontrar bancos dentro de edificios públicos, son los conocidos como bancos de las salas de espera, sala de espera de estaciones de tren, de autobuses o de aeropuertos y puertos, en los que los viajeros o los que van a recibir o a despedir a alguien consumen con impaciencia unas veces y otras con resignación, según las circunstancias, los minutos que faltan para emprender su viaje o para abrazar al que llega o al que se va.

Hay bancos en otras salas de espera menos placenteras como son las de los hospitales en las que los bancos sirven de sostén a los que temerosos esperan la noticia que les haga respirar o que les ahogue.

Bancos cuidados y bancos despintados, de maderas gastadas y quemadas por la intemperie, bancos a veces maltratados pero siempre silenciosos, resignados, espectantes, confidentes de trivialidades, de sinsabores, testigos de celebraciones y de soledades, observadores de la vida que como una metáfora fluye y apenas se detiene en sus asientos envejecidos también como la vida misma.

En este momento recuerdo una obra del olvidado Eduardo Zamacois (1873- 1971) “Memorias de un vagón de ferrocarril” ( 1921) en la que un vagón de tren , dotado de voz propia, relata las historias de sus pasajeros y las experiencias vividas a lo largo de su recorrido. El autor utiliza este recurso para reflexionar sobre una serie de temas y emociones, desde momentos cotidianos hasta situaciones extraordinarias que moldean las vidas de quienes viajan en él.

El vagón de nombre “El Cabal” escribe sus memorias desde que era un árbol, su construcción y los distintos itinerarios que recorre, lo que le sirve también a Zamacois para describir paisajes y climas de las diversas regiones que atraviesa. El vagón acaba retirado y es utilizado como modesta vivienda de un ferroviario. Me ha venido a la memoria esta novela porque desde su evidente diferencia tanto el vagón como el banco comparten lo esencial, son confidentes y testigos silenciosos de la vida de las gentes , uno desde el movimiento , el vagón, y el otro desde su quietismo, el banco.

Me gustan los bancos porque acogen sin preguntar, no hacen distinciones de edad ni condición social, ofrecen con gratuidad no lo que tienen porque no tienen nada sino lo que SON, cama para el indigente, asiento al cansado, esparcimiento para el desocupado, cercanía al solitario

Ojalá la gente se contagiara de sus capacidades y de su gratuidad, y todos fuéramos para los otros bancos en los que apoyarse o refugiarse.

Febrero 2026

Coral del Castillo Vivancos

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