Lo tengo bien contrastado: en cada barrio, en cada grupo de amigos, incluso en cada comunidad digital, habita un juez invisible. Son los “puros sociales”, los mismos que dictan quién es digno y quién no, qué opinión se tolera y cuál merece reproche. No necesitan toga ni martillo; les basta una convicción firme y un círculo de afines –esto último es imprescindible–. Son esas personas o grupos que se consideran moralmente incontaminados, ideológicamente coherentes o socialmente ejemplares, y que tienden a establecer fronteras simbólicas frente a quienes no cumplen sus estándares. Individuos que convierten diferencias legítimas (políticas, culturales, morales) en criterios de pertenencia o expulsión.
Vivimos tiempos –al menos ellos quieren que lo creamos– en los que la identidad se defiende con uñas y dientes. Pero, no lo dudéis, esa defensa, a menudo, convierte la discrepancia en sospecha. El que no piensa “según dictado” no es simplemente distinto: es tibio, cómplice o indigno… Y así, la vida compartida se va llenando de pequeñas aduanas morales.
Sin embargo, sería cómodo hablar sólo de “ellos”. Porque todos, en algún momento, trazamos fronteras invisibles. Todos hemos decidido con quién no sentarnos, a quién no escuchar, qué error resulta imperdonable – “con este no me junto”; “esto no se puede tolerar”; “aquí no transijo”–. Indiscutiblemente la pureza ajena nos irrita, pero la propia nos parece coherencia.
Sabed –así lo defiendo con toda vehemencia– que la convivencia no exige santidad civil. Exige algo más difícil: aceptar que el otro será imperfecto, contradictorio y, a veces, incómodo. Y asumir que nosotros también lo somos… Tal vez la salud de una comunidad no se mida por la firmeza de sus juicios, sino por su capacidad para convivir con cierta impureza sin romperse. Cuando la pureza moral sustituye a la convivencia, el orden, imprescindible, se fragmenta… Así, me pregunto –y os pregunto–: ¿no serán los “puros sociales” quienes necesitan reglas claras y pertenencias nítidas para orientarse?





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