Cuarta. “El valor del juego sin supervisión. La infancia se expandía progresivamente por el barrio, sin vigilancia constante. Los conflictos se resolvían entre iguales y los riesgos formaban parte del aprendizaje. La ausencia de intervención adulta fomentó la autonomía y la capacidad de resolver problemas reales”. Como teníamos pocos deberes estábamos muchas horas en la calle, de manera que los zagales a veces abusaban de los menores y aquello era la ley del más fuerte. Uno que era mayor que yo me dio una paliza, no recuerdo por qué, lo cierto es que estuve llorando más de una hora, encima de un tablao que había en la plaza. ¿Cuántos me verían en esa penosa situación? Como no me dejaría señales en el cuerpo, mis padres no intervinieron después.
Quinta. “Crecer sin atención permanente de los adultos. Los padres estaban presentes, pero no disponibles en todo momento. Muchos niños regresaban solos a casa, preparaban su merienda y comenzaban las tareas por iniciativa propia. Los psicólogos reconocen hoy que esa independencia temprana fortaleció la autonomía y los recursos internos. Una realidad muy distinta a la hiperorganización que caracteriza a la infancia actual”. Hoy todo está más controlado, pero tampoco es así. Lo vemos en el fracaso del acoso escolar, cuando salta la noticia en los medios del suicidio de un alumno, mientras que en el colegio han mirado para otro lado. ¿Cuántos niños están sufriendo acoso o marginación, en la escuela y en la calle, ante la mirada impasible de unos y otros? Se puede afirmar que hoy reciben más cuidado las mascotas que los niños de entonces. Antes las familias tenían cuatro o cinco hijos, hoy en cambio los matrimonios y parejas españoles tienen 1,2 hijos, una de las tasas más bajas del mundo. El pasado año visité Suiza y veía a los niños de ocho y nueve años yendo solos a la escuela, en las afueras de la localidad, algo impensable en España por la inseguridad que hay.
Sexta. “Afrontar la vida y la muerte sin filtros. La pérdida no se ocultaba. Los funerales se vivían, el duelo se compartía y la muerte formaba parte del aprendizaje vital. Aunque hoy pueda parecer duro, esta exposición enseñó que el dolor es parte de la vida y que se puede seguir adelante. Una lección que resultó clave para gestionar pérdidas en la edad adulta”. Recuerdo que con siete años un amigo y yo nos colamos en la habitación, que estaba vacía en ese momento, y contemplamos el cadáver de nuestro primer maestro, mientras que de monaguillo asistí a muchos entierros. Antes se velaba el cadáver en las casas y los entierros discurrían con el féretro, llevado a hombros, por las calles del pueblo. Prácticamente acudían casi todos los vecinos, era como una obligación (las mujeres se quedaban en la iglesia), mientras que los niños contemplábamos aquellas comitivas fúnebres como algo natural. El porcentaje de mortandad era mucho mayor, sobre todo en la infancia, y por eso estábamos más familiarizados con la muerte.
Séptima. “Ingenio ante la escasez. Los recursos eran limitados y eso obligaba a reutilizar, reparar y aprovechar. La creatividad surgía de la necesidad. La psicología confirma que las limitaciones fomentan la adaptabilidad y la capacidad de resolver problemas, habilidades que se debilitan en contextos de abundancia inmediata”. Mi padre tenía un moto bultaco (el nombre de la marca le venía de Paco Bultó), de segunda mano, y en más de una ocasión me dijo: “Ve a Eugenio (el fragüero) y le pides una llave inglesa”. Así solía arreglar la moto, lo mismo que los pinchazos de las ruedas… “Hay que preguntarle al tío Mañas”, me decía mi padre, como diciendo que hay que ser mañoso. Antes tenían que arreglar las chapuzas de casa y de todo como podían, pero no tenían las herramientas y los remedios caseros de hoy. Por eso estaban más preparados en habilidades manuales.
Octava. “Aprender observando, no escuchando discursos. Los valores se transmitían mediante el ejemplo. El trabajo, el esfuerzo y la responsabilidad se aprendían observando a los adultos, no a través de explicaciones teóricas. Este proceso, conocido como modelado, sigue siendo uno de los métodos de aprendizaje más eficaces según los expertos”. En esa época los campesinos trabajaban de sol a sol, todo se hacía a base de fuerzas por lo que las personas envejecían prematuramente. En una foto de los años sesenta, se ven a decenas de hombres tirando con cuerdas para sacar un autobús, que había caído al rio. En la dictadura de Franco no perdían el tiempo dando explicaciones o en clases teóricas, tampoco había dinero para ello. Se puede decir que nos educaron con disciplina y orden (eran las consignas que más se oían), y a los hijos solo nos quedaba ayudar en casa y obedecer a los padres, maestros, autoridades… Aunque también los jóvenes de entonces nos rebelamos contra tanta rigidez. Pero es evidente que el progreso que disfrutamos hoy se lo debemos a ellos, a las generaciones de la posguerra y las siguientes, que levantaron España y tuvieron poco tiempo para vacaciones y lujos. Entonces no existía la seguridad social para muchos, ni las subvenciones, ni las pensiones no contributivas, y todo dependía del esfuerzo de cada uno.
Novena. “La comunidad como red de apoyo. El barrio funcionaba como un entorno compartido de cuidado y corrección. Todos los adultos se sentían responsables de los niños. Esa sensación de pertenencia generó vínculos sólidos y una conciencia colectiva que hoy resulta mucho más débil, pero que fue clave en el desarrollo emocional de toda una generación”. Un refrán africano dice que “para educar a un niño se necesita a toda la tribu”. Esto es, a los padres, al maestro y a la sociedad. Por este orden. Como en esas décadas había muchas carencias, los vecinos se ayudaban unos a otros –en algunos pueblos de Badajoz he visto que se ayudan en las matanzas–, porque tienen conciencia de grupo. Antes los vecinos eran más humildes, solidarios y serviciales porque se necesitaban más los unos a los otros. En cambio hoy, como tenemos cubiertas nuestras necesidades, somos más autosuficientes y orgullosos, y también vivimos más alienados.
El reportaje finaliza tratando de equilibrar la balanza entre las décadas pasadas y hoy: “No se trata de idealizar el pasado ni de ignorar los avances logrados en bienestar infantil. Muchas prácticas de entonces eran mejorables y hoy existen herramientas más adecuadas para proteger a los niños”. Cada época tiene sus luces y sombras, antes había más autoritarismo mientras que hoy vivimos en democracia y hay más permisividad; antes los más desfavorecidos vivían de la caridad de los vecinos, en cambio hoy muchas asociaciones e instituciones los ayudan. Lo cierto es que nada de nuestra época sirve a los niños de hoy y otro tanto ocurre con la infancia de nuestros padres, y no digamos la de nuestros abuelos, con la de las generaciones posteriores, porque vivieron la posguerra con las cartillas de racionamientos de alimentos. Sin embargo, cada generación se cree única porque quiere diferenciarse de la anterior y así quitarse la tutela.





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