La Revista de Occidente dedicó su número del último mayo a la averiguación de lo que sea Andalucía o, al menos, de lo que se ha dicho que sea. El punto de partida es la Teoría de Andalucía del propio fundador de la Revista, Ortega y Gasset, un breve ensayo que no fue publicado originariamente de manera unitaria, sino que apareció en 1927 con la forma de dos artículos periodísticos en el diario El Sol. Sobre ese fondo, escriben nueve autores diferentes, pero sólo dos de ellos, el primero y el último, se embarcan en el “elogio y refutación” de Ortega a la que se refiere el título del primero de los análisis, el de Carlos Mármol.
Me parece que, en ese sentido, el propósito de la revista, que parece haber sido el de glosar o reinterpretar la propuesta orteguiana sobre el alma andaluza, no ha sido suficientemente alcanzado. ¿Se trata de un fallo de quienes concibieron este número de la revista? Hasta cierto punto sí, pero hay otra razón, creo, para esa falta de conexión de los articulistas con las tesis de Ortega y es la de la pobreza del argumentario del filósofo en torno a la cuestión del llamado “nudo meridional”. La originalidad y profundidad del filósofo madrileño parece haberse tomado unas vacaciones durante la redacción del pequeño ensayo y su lugar haber sido cubierto por una cadena de tópicos generalmente devaluadores de Andalucía.

Sostuvo Ortega que Andalucía ha sido y es una de las culturas más antiguas del mediterráneo y que se ha caracterizado por una agradable manera de resolver los dilemas de la vida. Desde siempre, Andalucía no habría opuesto resistencia militar a quienes desde fuera la han invadido, aunque la victoria final habría sido para ella, al cautivar y convertir a los invasores a su deliciosa manera de vivir. En una arriesgada cabriola, Ortega hace equivaler a los andaluces y a los chinos, también poco belicosos y también de envolvente y seductora civilización. En contraste, los castellanos llevan el guerrero en la sangre y sólo se resignan a labrar los campos cuando ha fracasado su cultura, basada en la admiración de la espada. Andalucía es, al contrario, agraria por naturaleza, vinculado el andaluz a su suelo y a su aire, que constituyen la savia material de su espíritu. Sobre este fundamento, sostiene Ortega que lo que mueve a Andalucía es el “ideal vegetativo”, expresión que ya nos alerta de que va a navegar cerca de lo que podría considerarse ofensivo. Pero él trata de convencernos de que no es así, de que únicamente pretende describir una manera de ser y una opción que no sólo no es despreciable, sino que constituye la alternativa cultural más cercana al paraíso. Lo paradisiaco consiste no en aspirar a mucho, sino en desear poco. El andaluz trabaja justo lo necesario, no por holgazán, sino por ser su ideal el mismo de las plantas, es decir, mantenerse relajadamente en la vida y en el deleite tranquilo. Por eso, ni siquiera come mucho o se esfuerza en la cocina, sea rico o pobre, porque busca el alimento fácil y la comida suave.
Para mi sorpresa, me he encontrado con andaluces que, efectivamente, se consideran bien descritos por Ortega, cuando yo me inclinaba a pensar que esa proximidad al vegetal, por sólo mentarla, ofendería a todos. Y el autor del último de los artículos de la revista a la que me he referido, el catalán Andreu Jaume, sale en defensa del punto de vista orteguiano, que explicaría, por ejemplo, por qué Andalucía ha dado prioridad a la lírica y la plástica frente a la narrativa y la filosofía. Deduzco, pues, que hay algo de halago o algo que suena bien o en lo que acierta, puesto que no ofende a todos y ni siquiera sé si constituirían o no mayoría los que se inclinaran -en una imposible encuesta- ante la sensibilidad de Ortega.
Pero lo que es indudable es que las observaciones y el análisis de Ortega carecen del rigor que se exige para tratar con seriedad un tema. Hay un cierto aire de improvisación o de bosquejo en este pequeño ensayo y no es difícil de admitir que bordea lo despectivo.

Por lo pronto, hablar de Andalucía supone un problema de delimitación territorial, poblacional y cultural. Escribe Manuel Peña Díaz en el número de la revista al que vengo refiriéndome que hasta el siglo XIX los habitantes del sur no percibieron que pertenecían a una entidad con caracteres diferentes a las de sus vecinos castellanos, murcianos o extremeños. Esa supuesta prehistoria andaluza a la que se remonta Ortega no habría sido en la realidad otra cosa que un cruce de influencias diversas a tenor de las épocas y de las culturas que iban alcanzando al territorio del sur. ¿Cómo hacer compatible el pasado romano con el islámico, por ejemplo, para mantener la tesis de una persistente identidad andaluza? En la administración política, tampoco han estado las cosas claras. Con la reconquista cristiana se distinguían los reinos de Sevilla, Córdoba y Jaén y Granada continuó siendo otra cosa, incluso con los Reyes Católicos. El siglo XIX conoció una variada sucesión de propuestas y todavía la II República proyectó unir Badajoz a Andalucía y sacar de ella a Almería, además de transitar por tremendos conflictos sociales en el campo y por el fracaso de la primera industrialización. Concluye este catedrático de la universidad de Córdoba que “la identidad andaluza, de existir… es diversa, mestiza e híbrida”. Bien difícil se lo pone a quien, como Ortega, pretenda describir o penetrar en el alma andaluza…, si existe.
Del artículo que firma Manuel González de Molina referido a la identidad agraria de Andalucía tampoco puede extraerse apoyo para la identificación esencial que hace Ortega de la cultura andaluza con la agricultura. Más bien, la identidad agraria de Andalucía aparece como el resultado de la exacerbación en el sur español de la llamada “cuestión agraria”, que abarcaba tanto el retraso técnico como la desigualdad en la propiedad de la tierra y que, igualmente, afectaba a otros territorios españoles y a otros países mediterráneos. Nada tiene que ver esto, me parece, con la oposición orteguiana entre la Castilla guerrera y la Andalucía anímicamente campesina o agricultora. Andalucía ni es tan agraria, ni es tan refractaria a las armas. ¿No han salido de aquí grandes caudillos militares, desde Trajano, Abderramán III o Almanzor hasta el Gran Capitán, Bernardo de Gálvez o Alcalá-Galiano? Todos ellos fueron andaluces y habrían participado del espíritu andaluz, que, según Ortega, asimila siempre y pronto a quienes se instalan en esta tierra, provengan de donde provengan sus ancestros.

Aunque podríamos continuar con otras observaciones en la misma dirección, como las relativas al español que se habla en Andalucía y que aborda Antonio Narbona en otro de los artículos de ese número monográfico, nos basta con lo ya comentado para ver con escepticismo la propuesta de Ortega. Desde mi punto de vista, el ensayo de Ortega tiene poco que ver con la delimitación de los rasgos culturales andaluces porque, más bien, su pretensión, apenas disimulada, es ofrecernos su manera de entender el paraíso en una época en la que el desarrollo industrial estaba acabando con las formas tradicionales de vivir. Su teoría de Andalucía es una teoría del paraíso en la que coexisten la añoranza y el menosprecio del mismo y que se nutre, en general, de las creencias intelectuales de moda en las primeras décadas del siglo XX y, especialmente, del pensamiento vitalista y de los procedimientos de la fenomenología.
Primero, Nietzsche y, después, Heidegger habían criticado el mundo tecnológico moderno por desvitalizado y por impedir el contacto con la sustancia profunda de las cosas. Para los dos, aunque no los llamen explícitamente paraísos, había habido tiempos en los que el hombre se había relacionado con el mundo de manera directa y genuina. Especialmente, veían la posición paradisiaca y originaria de la filosofía en los presocráticos. Heidegger incluso se había construido en 1922 una cabaña a la que se retiraba para recobrar el contacto primigenio con la naturaleza y en ella escribió parte de su obra. En ese contexto intelectual, a Ortega, al parecer, le interesa ofrecer un punto de vista propio sobre lo ganado y lo perdido por la civilización tecnológica, pero sirviéndose abiertamente del tópico del paraíso y localizándolo todo en su propia patria.
Cataluña, el País Vasco y Asturias ocupan en su ensayo el lugar del progreso técnico e industrial. Son todos gente “del Norte” y comparten los valores del inglés de la City o del alemán. Los “del Norte” -y tanto más cuanto más arriba- separan el trabajo de la diversión y son extremados en los respectivos tiempos dedicados a lo uno y a lo otro, mientras que el hombre y la mujer andaluces son tibios y mesurados, impregnan el trabajo de fiesta y la fiesta de “dorado reposo”. Pero su moderación no proviene de una meditada y esforzada filosofía, sino de la naturaleza vegetal de su cultura, que adquiere su forma en torno a ideales superficiales y cutáneos. Los andaluces residen en los niveles inferiores de la vida, evocando así Ortega aquella división tripartita del alma aristotélica en la que sobre la función vegetativa se alzan la sensitiva o animal y la racional.

Al comparar al hombre del norte con el del sur, el filósofo madrileño vacila, intenta que no se entienda despectivamente lo que escribe. Especialmente en lo relativo a los valores, construye una teoría para reivindicar el ideal vegetativo o mínimo de los andaluces, meramente epitelial, asociado a la atmósfera y al suelo de su patria. Parece exigir a los septentrionales no juzgar negativamente esa manera de vivir andaluza, a la que ven demasiado primitiva, pobre y opuesta al ideal del máximo esfuerzo, propio de nuestra época. Pero, inmediatamente, añade observaciones que, por mucho que lo intentemos, no podemos evitar que nos suenen mal. Por ejemplo, cuando afirma que para el andaluz el bien y el mal son sólo suavidad o aspereza o que “otros pueblos valen por los pisos altos de su vida…” o que, quitando lo que atañe a lo cotidiano, “el andaluz es el hombre menos idealista que conozco.” En realidad, subyace en la tesis de Ortega la idea de que el paraíso es un nivel inferior de la existencia en el que se mantienen dócilmente felices los que no han sabido o no han querido entrar en la lucha por la vida y por la elevación del espíritu. Por mucho que intentemos seguirle en sus sutiles diferenciaciones, no podemos evitar que su paraíso nos deje un acusado regusto a decadencia, como si recreara el blandísimo mundo de los eloi de H. G. Wells.

Hay otro aspecto en el que Ortega coincide con Nietzsche y Heidegger. Los tres efectúan sus críticas de la sociedad industrial desde visiones que ignoran los procesos socioeconómicos a través de los cuales se han constituido el mundo moderno y la forma de vida a él asociada. Son autores que saben de historia y que se han criado en los tiempos del historicismo, pero, al mismo tiempo, se valen de explicaciones ahistóricas. En el caso de Ortega, su cultura andaluza permanece inalterable a través de los avatares del tiempo y parece que la mentalidad de los del norte haya estado siempre ahí y la sociedad industrial fuera su necesaria consecuencia. No cambian ni evolucionan las culturas al compás de las innovaciones técnicas que inciden en la economía y en las relaciones sociales. Sin embargo, parece obvio que mucho de lo que atribuye Ortega al andaluz no es otra cosa que la mentalidad propia del mundo preindustrial. Para los industriales del norte no sólo resultaban indolentes, vagos y carentes de ideales los andaluces, sino todos aquellos pueblos que seguían anclados en la economía agraria y en la vida rural. Mi familia proviene de la Tierra de Campos, bien al norte, pero en aquellos pueblos no era a pocos a los que no les gustaba que les afectasen los planes de regadío de los años 60. Preferían vivir la más tranquila vida del agricultor de secano. Seguramente, Ortega hubiera tenido que reconocer la extensión del ideal vegetativo mucho más al norte… y al este y al oeste.

Ortega, pues, encuentra el paraíso perdido valiéndose de ciertas observaciones de la manera de comportarse y del carácter de los andaluces de su tiempo. Pero su paraíso se halla cargado de una ambivalencia que nos hace sospechar que esa felicidad paradisiaca es para él censurable, ya que mantiene a los hombres en los niveles más bajos de la realización personal. Por mucho que la adorne, su tesis es que el paraíso solo es posible para los vegetales o para los hombres que deciden vivir como ellos.
Afortunadamente, nada de esto tiene que ver con Andalucía o, dicho de otro modo, tiene tanto que ver con Andalucía como con cualquier otra región del mundo.





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