La inteligencia artificial, sostenida sobre lo más sofisticado de la computación, es uno de los grandes logros técnicos de la humanidad y las generaciones que hemos visto su alumbramiento nos perderemos sus, probablemente, sorprendentes desarrollos en el futuro. En ese sentido, podemos sentirnos orgullosos de lo que nuestra ciencia y nuestra ingeniería han conseguido, del elevado nivel al que ha llegado lo construido por nosotros y que no estaba en la naturaleza, es decir, del alto rango de lo artificial. Sin embargo, la naturaleza permanece siempre por encima, como generadora indolente de mundos que se nos escapan, que están ahí sin que les haya precedido ningún esfuerzo ni ningún cálculo y que se mantienen como modelos a imitar. Esto ocurre en sumo grado con la inteligencia artificial, tan pensada y trabajada por nuestros ingenieros y, sin embargo, tan por debajo de la inteligencia natural y de la mente albergadas en nuestro cerebro.

Quizá resulte extraño decir esto, subrayar tal inferioridad, cuando estamos acostumbrados a oír las hazañas de los computadores que ganan al ajedrez o cuando, ahora, se anuncian sus potentes capacidades para transformar el mundo de la producción industrial, el de los movimientos empresariales o el de la comunicación. Pero pocas veces se nos dice que el programa de adiestramiento profundo que derrotó a Kasparov no servía nada más que para jugar al ajedrez. Ya con esta observación podemos caer en la cuenta de que la inteligencia propia de las máquinas actuales es una inteligencia limitada rígidamente a actuar sobre un campo específico de tareas. Carece, por lo tanto, de la capacidad general para enfrentarse con elasticidad a los variados e inesperados desafíos de la realidad circundante, que, en cambio, sí poseemos las personas.
Por ello, es muy discutible que podamos aplicar con propiedad el nombre de inteligencia a los programas que mueven a la IA. Para verlo con más claridad, conviene que echemos un vistazo a tres niveles de la naturaleza humana que aparecen estrechamente vinculados a los relatos antropomórficos generados por la aparición de la computación y de su imaginada conversión en inteligencia: el del cerebro, el de la inteligencia y el de la mente.

La metáfora del ordenador o de la computadora como cerebro se ha ido transformando en la creencia de que, efectivamente, las computadoras son lo mismo que el cerebro. Es verdad que los descubrimientos neurológicos han inspirado soluciones computacionales, como las llamadas “redes neuronales”, que se valen de diversas capas para procesar la información y encontrar la respuesta requerida. Pero poco o nada tienen que ver esas redes neuronales con las que funcionan en el cerebro. Es evidente que éste es un órgano vivo y que responde en estructura y funciones a lo que la lucha por la vida nos exige a nosotros y a los animales y que no está en la génesis de los ordenadores.

En los computadores son esenciales las separaciones del hardware, soporte físico, respecto al software, que son los programas, y la de las unidades de memoria con relación a las de procesamiento, mientras que el cerebro no las necesita. Así mismo, se diferencian en la manera de procesar los datos y, aunque ordenadores y cerebros utilicen para la transmisión cargas eléctricas, las del cerebro son débiles y las generan sustancias químicas. En un reciente artículo, los neurocientíficos Borjan Milinkovic y Jaan Aru, proponen, recogiendo y ampliando el detalle de todas estas diferenciaciones, el desarrollo de un verdadero “computacionalismo biológico” como forma de entender aquello que, con las ideas mecanicistas actuales, no encuentra explicación.

En cuanto a la inteligencia, no está claro que lo que hacen las máquinas de computar pueda recibir con entera propiedad ese nombre (los primeros investigadores no la llamaron así). De entrada, la propia dificultad general para definir qué sea la inteligencia en el ámbito de lo humano nos remite a su riqueza y complejidad. La discusión ha puesto sobre la mesa las alternativas de que la inteligencia sea o bien una facultad única o bien que responda a la combinación o coordinación de distintos factores o, incluso, de distintos tipos de inteligencia. Salta a la vista que la IA resulta muy pobre si la comparamos, por ejemplo, con las muchas inteligencias que ve Gardner en la cabeza humana (lógico-matemática, lingüística, cinético-corporal, interpersonal, musical…) o con las inteligencias fluida y cristalizada de Raymond Cattell, por no hablar de su nulidad para la postulada inteligencia emocional, puesta de moda por Goleman.

Para evitar estos escollos, los defensores de la inteligencia de las máquinas se suelen servir de una definición práctica y exterior o superficial de la inteligencia, según la cual, debe suponerse inteligencia detrás de conductas que producen los mismos efectos que las actividades humanas inteligentes, como la de ser capaz de desenvolverse en un juego de mesa o de traducir de un idioma a otro. La manera a través de la cual se llega a conseguir esos efectos o el proceso interno carece de interés en esta manera de verla. Sin embargo, incluso para sus partidarios queda aún un escollo que no puede evitarse y es que las inteligencias artificiales carecen de la amplitud y versatilidad de la humana. Son sólo capaces de desenvolverse en el campo del reducido cometido para el que han sido diseñadas. Por eso se dice que la IA únicamente se ha desarrollado, al menos por ahora, como inteligencias específicas, sin alcanzar la inteligencia general característica de los humanos. Incluso el control de los coches, con toda su complejidad, es sólo el resultado de la combinación de varias inteligencias específicas que fusionan los datos recogidos por los sensores y obtienen una representación equivalente a la que tendría un humano a través de sus sentidos.

No obstante, desde mi punto de vista, todas estas claves, que se pueden encontrar en la literatura especializada, evitan ir a lo fundamental en la consideración de la naturaleza y funciones de la inteligencia humana. No tiene esta nada que ver con laberintos binarios, algoritmos entrenados y cálculos estadísticos. La inteligencia humana forma parte de eso que tradicionalmente hemos llamado mente y que actualmente tiende a ser orillado, a la vez que se desvanece para nosotros la realidad de lo psíquico. No hay psiquismo, sino sólo neuronas, sinapsis y neurotransmisores y la inteligencia ha de explicarse exclusivamente desde el funcionamiento del cerebro. Paradójicamente, hablamos de y con nuestro cerebro sin caer en la cuenta de que, si solo hay cerebro, carece de lógica hablar con y sobre él: siempre será una conversación del cerebro consigo mismo y predeterminada por su propia estructura y fisiología. Nada tiene sentido si no se reconoce que, aunque apoyada necesariamente en el pedestal de su encéfalo, la psique constituye una realidad emergida para diferenciarse y regirse por su propia dinámica. Lo psíquico organiza y conduce la vida de los animales y la nuestra y sólo una empecinada y reduccionista negación de parte de la realidad natural puede sostener otra cosa.

La inteligencia humana es, pues, psiquismo y se integra en una mente que ha sido capaz de generar un yo consciente de sí y que se marca objetivos de supervivencia y, a la vez, otros que trascienden la determinación meramente evolutiva, como la contemplación intelectual, la ética y la consecución de equilibrios placenteros o la felicidad. Como escribe T. W. Deacon, “la sensitividad mental es algo diferente de la sensitividad neuronal”: aunque se halle “anidada” en ella, manifiesta propiedades emergentes que de ninguna manera se hallan en la mera dinámica de las neuronas. Que la inteligencia artificial tenga algo que ver con todo esto resulta difícil o imposible de creer. Su carácter de herramienta construida por el hombre la sitúa en unas coordenadas muy diferentes de las del, hoy por hoy, misterioso proceso por el que “algo material pudo adquirir consciencia” ( J. Fodor) o de la historia de “cómo llegaron a existir criaturas con un yo” (Dan Dennett).
Artículo relacionado:





Deja una respuesta