Antonio Extremera: «La generación nube»

Pasan los años y cada vez veo a mis alumnos más tiernos, más blanditos, sin chicha. Nuevas generaciones a las que estamos criando entre algodones, como las nubes que pasan por el cielo. No sé qué estamos haciendo mal. O sí. En la era de la información, cuando más medios y recursos tienen a su alcance, peor se desenvuelven en la sociedad actual.

Veo a padres que tienen que ir con sus hijos a rellenar la matrícula del instituto, otros que les hacen directamente los deberes y trabajos, compañeros de profesión que en la Universidad han tenido que poner carteles en la puerta de sus despachos informando de que no atienden a padres porque sus hijos son mayores de edad. Progenitores que, ante el suspenso de su hijo, buscan una explicación y la responsabilización directa en el docente. Y que en ocasiones emplean los medios digitales para cargar contra el profesorado, llegando a poner en cuestión nuestra profesionalidad y trabajo. Familias que introducen su propio coche en el parking del centro, ese que fue creado para el profesorado, para dejar a sus bebés en la misma puerta de entrada, cogiditos de la mano, no vaya a ser que se pierdan, pobres criaturas. Ocasiones en las que entran directamente al aula, sin cita previa, para hablar con los profesores o tutores. O esas veces que enseñas un examen y hasta te dicen que esa pregunta no la has explicado, o peor aún, que no sabes corregir. Alumnos a los que se les presupone ser nativos digitales y no tienen ni idea de rellenar un simple formulario en una web. Chicos y chicas que se agobian constantemente por su falta de organización y planificación en el estudio, pasando por mencionar la poca tolerancia a la frustración, la necesidad de la inmediatez, de recoger fruto ya. Bien es cierto que no se puede generalizar, pero es la tendencia. La cultura del esfuerzo se ha perdido, con lo bonito que era ver a nuestros chiquillos intentarlo y luchar ellos solitos.

No dudo que las familias ponen la mejor carne en el asador, seguramente lo hacen lo mejor que saben y pueden, desde luego no se nace con un manual de instrucciones para ser el mejor padre. A veces pienso que esa sobreprotección muestra, en realidad, sus propios miedos e inseguridades y no los de sus hijos, que, sin querer, están trasladando a su prole, con los efectos negativos que conlleva. Pero quizás ese paternalismo nos esté pasando factura a todos. Dejemos atrás el modelo de “padres excavadora o aspiradora”, esos que van quitando la nieve o succionando el polvo que va cayendo en el camino al paso de sus hijos. Pasemos a ser “padres faro o luciérnaga”, esas farolas que en la calle nos iluminan cuando caminamos. Nuestros hijos deben aprender a través del método de ensayo, prueba y error. No hay aprendizaje más significativo que el que surge tras una derrota, un fracaso. Siempre se ha dicho que de los errores se aprende. Pues dejemos que se equivoquen y que crezcan después de cada caída. Se tienen que tropezar para poder levantarse con mayor fuerza. No basta con que el padre o la madre los recoja del suelo, eso está bien, pero es mejor guiar y acompañar en el proceso. Las familias tenemos la responsabilidad de insertar con éxito a nuestros hijos en la sociedad. Hagámoslo, dejémoslos vivir, ser libres, que al fin y al cabo, es la esencia del aprendizaje, ese que no está escrito en el libro de la vida.

NOTA: Este artículo de Antonio Extremera se ha publicado en las ediciones impresas de IDEAL Almería y Granada, correspondientes al miércoles, 25 de marzo de 2026

Antonio Extremera

Profesor de Enseñanza Secundaria y Bachillerato en activo

Redacción

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