Coral del Castillo: «Casas iluminadas, casas cerradas, casas abandonadas»

(En la fiesta de la Luz, La Candelaria)

Cuando paseo por las ciudades me fijo mucho y casi instintivamente en las fachadas de las casas, los edificios caracterizan las calles, las personalizan, hablan por ellas, nos cuentan su historia, recuerdan su esplendor o sufren su declive.

Fachadas de casas que reflejan la opulencia de sus moradores y que han podido soportar el deterioro del tiempo porque sus propietarios lo mismo que cuidaban su patrimonio cuidaban uno de los símbolos de ese patrimonio como eran sus moradas.

Otras , en cambio , fueron decayendo al mismo tiempo que los caudales que un día las levantaron.

En el otro extremo encontramos las casas de fachadas sencillas, nada ostentosas, construidas con esfuerzo, economía y suspiros, y cuidadas con solicitud y mimo, hay que mantenerlas para la siguiente generación. Será el único y más preciado legado que se le va a dejar.

Las fachadas de estas construcciones también revelan los vaivenes de sus propietarios, épocas de estabilidad económica que sostienen y reparan grietas o pinturas. Y épocas de inestabilidad que dejan caer cornisas, mostrar humedades o arrancar maderas.

Los edificios son las voces de sus moradores, los testigos de su existencia, los ecos de alegrías o penas, los cómplices de su creatividad y muchas veces las señales de su menoscabo.

Sin embargo yo cuando paseo me fijo sobre todo, si ya la luz del día se está yendo, en las ventanas iluminadas de las fachadas, me parecen farolillos que alumbran la oscuridad de los habitantes de esas casas y que al igual que el mito de las luciérnagas iluminan su oscuridad de esperanza incluso en tiempos difíciles.

Esas luces que se ven a través de los cristales deberían siempre irradiar vida, calor, acogida, aunque no siempre es así pero yo quiero creer que sí, que unas luces tan cálidas solo pueden iluminar estancias llenas de calma, de sosiego, de paz, si no es así la luz se ensucia, se contamina y se debilita al mismo tiempo que los ocupantes que la reciben.

En los países nórdicos con muy pocas horas de luz en invierno tienen constantemente encendida una lamparita en las ventanas para crear la ilusión de que tienen las mismas horas de luz que en los países del hemisferio sur. Sin ese reflejo la oscuridad de sus días terminaría también por envolver a sus habitantes en un delirio de tinieblas.

Si miro una casa con ventanas iluminadas me conforta, si por el contrario paso por una casa totalmente a oscuras me desazona.

En las casas cerradas e inhabitadas por periodos de tiempo más o menos largos, sus propietarios aunque no las habiten con continuidad las cuidan y mantienen, y cuando las abren e iluminan recobran la vida que apagada parecía ir minando poco a poco sus paredes. Se siente en el interior un sinuoso bisbiseo que recorre furtivamente muebles, cortinas, enseres varios a los que saca de su hibernación y alerta de la llegada de los moradores. La luz ha animado lo que parecía oculto, lo ha traído de nuevo al lugar donde siempre había estado.

Todo lo contrario de las casas abandonadas, olvidadas de todos, sacudidas por el viento, anegadas por las lluvias, sembradas por la maleza, guaridas de infectos moradores, y muchas veces refugio de seres tan abandonados, tan olvidados y tan sacudidos como ellas que buscan entre sus derruidas paredes y resquebrajados tejados el amparo y la protección que se les niega.

A veces se ven entre estas ruinas de piedras y personas luces tan mortecinas como ellos, las necesitan para no desesperar en la oscuridad del pozo en el que han caído, esa luz evitará el desgarro continuo y mientras brille será una tregua en el acaecer inevitable.

Luces que iluminan la vida, luces que despiertan la vida y luces que parpadean sobre trémulas y agónicas vidas.

Los moradores de estas casas iluminadas, de estas casas cerradas y de estas casas abandonadas proyectan sus vidas a través de algo tan frágil y al mismo tiempo tan potente como una luz.

Pero qué distintas casas y qué distintas vidas siendo la luz la misma.

Enero, 2026

Coral del Castillo Vivancos

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