Coral del Castillo: Las castañeras

En uno de mis paseos por la ciudad me detuve ante el escaparate de una librería que tenía una fina cuerda en la que habían tendido cogidos con pinzas como si de una colada de ropa se tratara, una serie de los famosos cuentos troquelados de Juan Ferrándiz. Eran los cuentos troquelados de mi infancia reeditados, inmediatamente me fijé en el titulado “Mariuca la castañera” mi favorito, y sin dudar entré en la librería y lo compré, ahora lo tengo en un lugar destacado de mi biblioteca.

Se trata de un precioso cuento de Navidad: Mariuca es una niña huérfana y pobre que es recogida por Doña Paca y le da cobijo en su casa a cambio de que le venda castañas y boniatos en su puesto callejero, Mariuca contenta empieza su trabajo de castañera, el primer día se le acerca un niño harapiento y ella compadecida le da castañas, al enterarse sus compañeros acuden al puesto y enseguida se forma una cola de mendigos a los que Mariuca les reparte las castañas y los boniatos hasta que se le acaban, cuando llega Doña Paca y ve lo ocurrido se enfada mucho con la niña y la amenaza con echarla de su casa si vuelve a ocurrir al día siguiente lo mismo.

Portada “Mariuca la castañera::Foto Coral del Castillo

Mariuca intenta no ceder a las suplicantes peticiones de los mendigos que ya hacen cola desde muy temprano en su fogón bajo una copiosa nevada, pero su generosidad se lo impide y de nuevo les da todo hasta que se queda sin nada. Recordando las amenazas de Doña Paca no se atreve a volver a la casa y llorando hasta que se durmió pasa la noche bajo su paraguas y al lado de su apagado y nevado fogón. Entonces mientras dormía bajaron unos ángeles del cielo, llenaron el cesto y encendieron el fogón, cuando el olor de las castañas asadas la despertaron no se podía creer lo que estaba viendo. Empezó a vender el género y también a regalarlo a los mendigos y nunca se acababa.

Llegó Doña Paca preocupada por la ausencia de la niña y cuando Mariuca le explicó lo que ocurría pensó que había sido un milagro por su bondad y sintió lo mal que ella se había portado con la pequeña.

Montaron un puesto más grande y en un lado de este Doña Paca vendía y en el otro Mariuca regalaba.

Y termina Ferrándiz con la moraleja “ Da a los demás sin egoísmo alguno. Dios te devolverá ciento por uno”.

Quizás este relato para algunos no sea lo que hoy se dice políticamente correcto porque le habla a los niños de ángeles, de Dios, de mendigos, de bondad, de egoísmo, de dar altruistamente; pues lo siento por ellos, es lo único que les puedo decir, a mí este cuento leído y releído en mi infancia me “traumatizó” tanto que hoy al cabo de muchos años lo vuelvo a tener conmigo y lo vuelvo a leer y a mirar con la misma ternura que cuando tenía seis o siete años.

Pero volvamos a las castañeras, oficio que se va perdiendo pero que al igual que la llegada de las golondrinas anuncia la primavera, sus puestos y fogones anuncian la llegada del invierno y del frío.

Actualmente son muy pocos los que se ven pero en épocas anteriores estaban muy presentes en las ciudades, en las que el oficio de castañera formaba parte de la supervivencia cotidiana, un buen ejemplo es Madrid ciudad que incluso lo hizo popular, siendo “las castañeras de Madrid” personajes muy castizos que con el tiempo pasaron a la literatura y al grabado.

Este oficio nació de la necesidad de alimentarse y de subsistir en los fríos inviernos y en épocas en las que el dinero escaseaba.

Ocupación que empezó en el último tercio del siglo XVIII cuando las calles de Madrid se poblaron de mujeres que en los meses más fríos ofrecían castañas cocidas o asadas a los transeúntes. Las castañas eran un alimento humilde pero barato, calórico y saciante. Muy apropiado para la clase trabajadora, llenaban el estómago, calentaban las manos y daban energía, en muchas ocasiones eran la única comida que hacían.

Ascensión Manzano asa castañas en la Carrera de la Virgen. Ramón L. Pérez

También el fogón en la calle irradiaba un calor que mitigaba el frío de los que se acercaban en una época en la que los inviernos eran terriblemente crudos.

No fue una actividad exclusiva de Madrid, también hubo castañeras en Lisboa, en París, en Viena… pero en Madrid tenían un carácter propio como lo tuvieron las aguadoras, los serenos, los barquilleros o los afiladores. Figuras humildes pero muy arraigadas en la identidad de la ciudad.

La venta de castañas fue casi siempre oficio de mujeres. Mujeres solas, viudas o con maridos sin ingresos estables y que con esta actividad ayudaban a su ya pobre economía.

Era un oficio tolerado pero no protegido, trabajaban al filo de la legalidad, expuestas a inspecciones, sanciones, y desplazamientos.

A lo largo del siglo XIX el oficio se consolidó y se convirtió en un símbolo del Madrid castizo, pero un símbolo nacido de la necesidad y de la desigualdad.

Aunque la ciudad se fue modernizando, la castañera siguió formando parte del paisaje urbano junto al organillero o la florista.

De la misma manera su figura pasó a la literatura y al dibujo. Ramón de la Cruz (1731-1794) en el sainete “Las castañeras picadas” retrata su carácter, su lengua afilada, su papel como observadora privilegiada del barrio, como cronista que sabía todo de sus vecinos.

L’Espagne / par Le Baron CH. Davillier ; ilustrée de 309 gravures dessinées su bois par Gustave Doré. – Paris : Librairie Hachette, 1874. – 799 p. : il.

En el primer tercio del siglo XX, las castañeras seguían siendo una estampa habitual.

Los grandes fotógrafos del siglo – Martín Santos Yubero, Nicolás Muller- captaron sus figuras envueltas en humo, cubiertas con toquillas oscuras, rodeadas de cucuruchos y de fríos. Fotos en blanco y negro en las que sobrevive un Madrid que ya no existe.

Un periodista de los años 40 las describió como esculturas vivas, “como si Madrid hubiera cincelado sus inviernos en carne y carbón”.

No podía faltar una referencia a las castañas y a las castañeras en Benito Pérez Galdós, el mejor cronista de la capital. Escribe Galdós que todas las castañas del mundo tienen el mismo sabor y que solo en Madrid se les da el punto exacto del asado, en cambio la imagen que da de las castañeras está muy alejada de la de Ramón de la Cruz que elogia su galanura, desparpajo y gracia picante, en cambio Galdós afirma que “todas las castañeras son pendencieras, charlatanas y respondonas”, contrastes propios de la creación literaria.

Ramón Gómez de la Serna (1888-1963) les dedicó esta peculiar greguería “ La castañera asa los corazones de invierno”.

Hoy, esta imagen del Madrid de otro tiempo, se ha transformado en quioscos regentados por cualquiera que saque una licencia municipal pero lo importante es que se siga manteniendo la costumbre de comprar castañas, comerlas y calentarse las manos con ellas mientras paseas los inviernos a veces no tan fríos como antes, pero que todavía evocan la chimenea, el brasero, la recordada nieve o la toquilla de las abuelas.

  • “Castañeras madrileñas”. Revive Madrid. (2024.)
  • Gamazo Rico, R. (2011, 8 diciembre). “Magostos y castañeras”. La Opinión.
  • Maresca. (2010,27 diciembre). “Las Castañeras”. Ediciones La Librería.

15 de enero de 2026

Coral del Castillo Vivancos

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