La palabra volvió a ser protagonista en el XII Concurso de Relatos Cortos de la Asociación ALUMA, una cita ya consolidada que, en el año en que la entidad celebra el 30.º aniversario de su fundación, reafirma su compromiso con la creatividad, la cultura y la visibilidad del alumnado sénior universitario. Una apuesta sostenida en el tiempo que, además, contribuye a enriquecer el tejido cultural de la ciudad y a sumar iniciativas al proyecto Granada 2031, candidata a Capital Europea de la Cultura.
En esta edición, el jurado otorgó el primer premio al relato El becario, presentado bajo el seudónimo «FRiDA», cuya autoría corresponde a María Rosa Cuesta de la Rosa tras la apertura de plicas.
El segundo premio recayó en La letra, con amor entra, firmado como «CARPE DIEM», obra de María José Ruiz de Almirón Sáez. Asimismo, el jurado concedió dos accésit: uno a Singladuras, presentado bajo el seudónimo «LA BITÁCORA DEL TIEMPO», cuyo autor es José Félix González Rodríguez, y otro a Cuando ya no quedaba nadie (Estabas tú), firmado como «INTERMERATA», de la autora María Gila Justicia.
El fallo fue emitido por un jurado integrado por Concepción Argente del Castillo Ocaña, en calidad de presidenta; María Isabel Montoya Ramírez, como vocal; y Miguel González Dengra, que actuó como secretario.
Organizado anualmente por la Asociación ALUMA en el marco del Aula Permanente de Formación Abierta, este certamen se ha convertido, a lo largo de tres décadas de trayectoria de la asociación, en una iniciativa clave para la promoción de la literatura y la expresión creativa. Desde su fundación, ALUMA ha apostado firmemente por la cultura como espacio de encuentro intergeneracional, participación y reconocimiento, reforzando la proyección social y académica del alumnado sénior universitario y estrechando los vínculos entre la universidad, la ciudad y la sociedad.
Relato Primer Premio del XII concurso.
EL BECARIO
Cuando Susana bajó del avión en Heathrow, llevaba un nudo en el estómago. A esa hora apenas había vuelos ni pasajeros por la terminal, por lo que no tuvo que esperar mucho para tomar un taxi que la llevara al hostal. Abrió su libreta por donde había anotado la dirección y se la enseñó al taxista: Hostel The Residence, Portobello Road
Durante el trayecto iba ensimismada en sus pensamientos, sin reparar en nada, pero sin apartar la mirada de la ventanilla. El hostal estaba céntrico, como ella había querido, y por fuera no se veía mal. Era tal como lo había visto en internet. Aunque todavía era temprano, la calle estaba animada con turistas y gente de todo tipo, que le recordaron la película Notting Hill, con Hugh Grant y Julia Roberts. Una vez dentro tampoco le desagradó, pues la verdad es que se esperaba algo peor. Sabía por experiencia que fuera los alojamientos no solían responder a la categoría de los de España, y menos uno de treinta libras la noche, pues su situación económica no era muy boyante, ahora que había decidido cambiar su viejo Opel por un todoterreno, ideal para las escapadas al campo.
No sabía cuantos días iba a durar este viaje, pero esperaba que fueran pocos. El recepcionista, un hombre de mediana edad, delgado y con pronunciadas entradas, tras revisar el pasaporte y hacer el check in, se le quedó mirando fijamente y le entregó un sobre cerrado que ponía: “Susana Durán”. Sorprendida, le preguntó inmediatamente, con la timidez propia de no dominar el inglés, su eterna asignatura pendiente:
– What is this?
En la respuesta de éste pudo medio entender que el sobre lo había dejado un hombre joven. Enseguida pensó en Mateo, ¿quién más podría ser?, pero… ¿cómo podía saber su hermano que estaba allí, y dónde se hospedaba?
Había subido las escaleras del primer piso de dos en dos. Sobrecogida e intrigada, abrió nerviosa la puerta de la habitación 104, soltó la maleta, dejó el bolso en la cama y leyó la nota que guardaba aquel sobre:
“No hagas nada, no me busques, espera mis noticias. Mateo”
Llevaba algo más de dos meses sin saber de su hermano, y tampoco él parecía recibir sus mensajes. Mateo había estudiado Relaciones Internacionales en la Complutense y, apenas regresó de Madrid, se había propuesto tomarse un tiempo sabático para dedicarse a ver a sus amigos, pasear por su ciudad y, al mismo tiempo, organizar su cabeza explorando posibles opciones laborales.
Aún no había pasado una semana de su llegada cuando cambiaron sus planes al recibir una llamada de Carlos, un amigo de Madrid y compañero de carrera. Al terminar de hablar fue directamente al ordenador para revisar el correo y rellenar el formulario que éste le había enviado. En nada quedaron los propósitos con los que llegó, pero pensó que quizá esta oportunidad resolvería, en cierto modo, sus expectativas.
Vivía con su hermana, dos años mayor que él, en la capital, a donde se habían trasladado desde un pequeño pueblo de la Alpujarra granadina, donde aún vivían sus padres. Tras terminar sus estudios secundarios, se graduó en Madrid. Por su parte, Susana llevaba tres años en el ayuntamiento como trabajadora social.
– ¡Hermanita… me voy a Londres! -gritó eufórico Mateo, levantándose de la silla. Me ha llamado mi amigo Carlos para decirme que hay una plaza de becario en la embajada española en Londres -prosiguió.
– Pero… ¿Qué dices?, ¿cómo se ha enterado? y ¿por qué no lo solicita él? -preguntó Susana con sorpresa, saliendo precipitadamente de su habitación.
– Carlitos es el típico que se entera de todo, no te lo puedes imaginar -contestó Mateo al tiempo que lanzaba una carcajada-. Dice que yo tengo más posibilidades que él, por expediente y por el nivel de inglés; y que lo aproveche -concluyó.
A los pocos días Mateo ya había arreglado todo el papeleo y el equipaje.
– No sé exactamente cuánto durará esto. A papá y mamá les he dicho que es por poco tiempo, porque depende de como vaya todo. Quién sabe…, lo mismo me va bien y te vienes conmigo una temporada, ¿no? -dijo sonriendo.
Al despedirse abrazó a su hermana con un: “Hasta la vista hermanita”.
La nota de Mateo no tranquilizó a Susana, sino todo lo contrario. Intentaba imaginar que podría estar pasándole a su hermano. Estaba atada de pies y manos, y sólo podía esperar.
Al día siguiente decidió dar un paseo para distraerse un poco. Almorzó en un restaurante indio que había cerca, aunque apenas comió entre la preocupación y el picante, a pesar del recomendado “Pollo tikka masala”. Al llegar al hostal le entregaron otra nota:
“A las 6 en Mike’s Café, está cerca. Mateo”
Al entrar en el café vio una mesita frente a la puerta, se sentó y pidió un té. Cuando Mateo apareció por la puerta, durante unos segundos, Susana lo miró fijamente para asegurarse de que era él. Llevaba una gorra negra, gafas de sol y barba de tres días. Al entrar se quitó las gafas y miró alrededor, sin percatarse de que su hermana estaba frente a él, haciéndole señales. Al verla, se acercó a grandes zancadas, y su rostro serio borró la sonrisa de Susana, que se levantó para abrazar a su hermano. Tras sentarse, Mateo habló primero:
– ¿Cómo estás?
– Yo bien, pero ¿y tú?, ¿Qué pasa Mateo?, ¿Por qué no me has contactado?, ¿Qué pasa con tu teléfono? -respondió Susana con gesto de enfado.
– Tengo otro. No quería que me relacionaran con nadie, y menos contigo. Al principio todo iba bien, me habían asignado a cargo del agregado de cultura, Jaime Ortiz, un tipo simpático con el que compartía la mayor parte del día.
– Entonces… ¿Qué demonios ha pasado?. Mateo continuó:
– Un día mientras desayunábamos en la cafetería de siempre, me dijo que a partir de ese día tendría otras funciones, de las que nadie debía saber. Se trataba de vigilar a Gálvez, el agregado militar español. Me confió que había observado movimientos extraños de éste con su homólogo británico. Según él, Gálvez se mostraba un tanto esquivo con todo el mundo, por lo que un día decidió seguirlo hasta un pequeño pub un poco alejado de la embajada, donde le esperaba un tipo calvo y con gafas, que Jaime reconoció enseguida. Se trataba de John Brown, el agregado militar británico.
– Y…? -preguntó Susana- impaciente ante el deseo de que su hermano continuara con el relato.
– Pues que estuvo vigilando a Gálvez durante un tiempo -continuó- en el que tuvo varios encuentros con Brown. Hasta que un día se las arregló para acercarse a él y, fingiendo indiferencia, le preguntó qué amistad le unía a Mr. Brown. Gálvez intentando no perder la serenidad, a pesar de su evidente nerviosismo, respondió que se veían de vez en cuando fuera de la embajada para hablar, más distendidamente, sobre las políticas migratorias en el Estrecho. Evidentemente Jaime no lo creyó.
Mientras hablaba, Mateo ojeaba el local, hasta que su mirada se clavó en un individuo de pelo rojo muy corto, camisa gris y mochila negra al hombro.
– ¡Nos vamos! -dijo terminándose el café-. He visto a este tipo en otro sitio y apuesto a que no es casualidad. Cada uno por su lado. Te contactaré -dijo mientras se alejaba.
– Pero aún no me has dicho que pasa…, y cómo sabias que estaba aquí, y dónde me alojaba -preguntó Susana mientras intentaba alcanzarlo, tras pagar precipitadamente.
– Te lo contaré todo, pero ahora no. Las últimas palabras de Mateo sonaron algo lejanas, mientras cruzaba la calle aceleradamente esquivando los coches, hasta desaparecer entre la gente.
Durante los dos días siguientes no recibió ninguna noticia. Estaba, preocupada también por su trabajo, pues había pedido unos días de vacaciones, y pronto tendría que regresar a España. Además, sus padres no sabían nada y tendría que darles alguna explicación. Apenas salía de la habitación, quería estar allí cuando llegara el mensaje de Mateo. Pasaba el tiempo leyendo, y sus únicas salidas eran para desayunar y almorzar. Al tercer día llegó el esperado mensaje. Alguien, seguramente el recepcionista, dejó un sobre por debajo de la puerta, que Susana abrió impaciente:
“En el Grey Cat a las 6. Está un poco más alejado, pero es fácil llegar. Mateo”
El pub estaba un poco más escondido que el café anterior, pero tenía buen aspecto. Era el típico pub inglés, con una decoración acogedora, donde los parroquianos parecían ser asiduos, por la confianza evidente entre ellos. Susana llegó pronto. Había salido en cuanto leyó la nota de aquella habitación, que ya le parecía una celda. Así que se fue dando un paseo, porque aún faltaba más de una hora. Al llegar pidió una cerveza y se sentó cerca de una ventana de madera, desde donde podía divisar parte de la calle. A través del visillo vio cruzar a Mateo a paso ligero. Llegaba puntual.
– Hola -dijo- mientras se quitaba la gorra, al tiempo que se sentaba.
– Hola, ¿Qué pasa?, ¿me lo cuentas por fin? -preguntó Susana.
Tras pedirse otra cerveza Mateo habló bajando la voz:
– He estado arreglando la forma de salir, y ya la tengo. No me buscan, ni he hecho nada -se apresuró a decir éste adelantándose a su hermana- No oficialmente, pero hay una persona que cree que sé algo que podría perjudicarle, y pienso que quiere chantajearme y retenede de alguna manera, como al pobre de Gálvez. A mi podría retenerme el pasaporte con alguna escusa.
– Bueno, no te conté lo de Gálvez -prosiguió Mateo-. Por lo que he podido saber, Brown para ganarse un ascenso quería hacerse de cierta información sobre la supuesta vigilancia del gobierno español en la zona de Gibraltar por un posible delito medioambiental por parte de su gobierno, que sería denunciable ante un tribunal internacional. De alguna manera se enteró de que Gálvez se encontraba en apuros, a causa de su hija y la enfermedad rara que ésta padece, que tendría tratamiento en Suiza; por lo que Brown aprovechó la ocasión para asegurarle su tratamiento en Zúrich, a cambio de información sobre esas supuestas averiguaciones del consulado español en El Peñón.
– ¿Cómo has sabido todo esto, y como te afecta a ti? -preguntó Susana tras escuchar atentamente el relato de su hermano.
Mateo le contó cómo Gálvez, harto de que lo siguiera y le hiciera preguntas, siguiendo instrucciones de Ortiz, le dijo que estaba destrozado, y que sólo pensaba en poder ayudar a su hija; pero que no dio a Brown ninguna información, salvo cuatro obviedades, porque no sabía nada; y de saber algo no se hubiera atrevido a revelarlo. Brown finalmente lo dejó por imposible, no sin antes recalcarle que se olvidara de Suiza.
Me dijo también -prosiguió Mateo- que el diplomático inglés temía que yo supiera sobre sus movimientos extraoficiales y pudiera ponerlo en conocimiento de mis superiores. Además, le constaba que Ortiz nunca lo vio con buenos ojos. Por eso ordenó vigilarme y retenerme de alguna manera, hasta comprobar que no sabía nada, o que no lo delataría. Así que, cuando Ortiz me puso sobre aviso, decidí escabullirme. Me despedí de la embajada y me alojé en casa del chico indio de la cafetería donde solíamos desayunar, con el que había entablado cierta amistad, y me transmitía confianza. Pensé que así me perderían la pista, pero me equivoqué.
En fin -siguió Mateo tras una pausa- todo arreglado. Ortiz, como era de esperar, lo ha solucionado con el embajador, alegando mala información del agregado militar británico sobre mis funciones, e insinuando exceso de celo por parte de éste. A continuación, el embajador ha anulado las órdenes de Brown, y… ¡Volvemos a España hermanita! Además… que no hay para tanto; nada de espías de película para contar a tus amistades, lo siento -dijo sonriendo- solo algún malentendido. Me marcho con mi expediente limpio y un montón de experiencias. Por cierto, en las embajadas sabemos quiénes entran y donde se alojan y, conociéndote, te esperaba de un día a otro.





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