En 1842, Nikolái Gógol creó una de las figuras, sin duda, más perturbadoras de la literatura moderna: un funcionario insignificante que va a cifrar toda su dignidad en el deseo de hacerse con un abrigo nuevo. Brevemente, es esto lo que nos cuenta en el relato El capote, publicado en 1842 y luego recogido, junto con otros relatos en Cuentos petersburgueses.
Lo primero que salta a la vista es esa modestia radical del protagonista –en realidad, la de quien solo pide no ser borrado del mundo- que nos resuena hoy con una urgencia que Gógol, probablemente, no podía prever. Con El abrigo. Un lugar del frío hemos partido de esa imagen y la hemos desplazado hacia una pregunta que nos pertenece porque la sentimos como nuestra: ¿qué queda de la bondad cuando el entorno convierte la vulnerabilidad en debilidad y la atención en ingenuidad o, también, el cuidado en pérdida de tiempo? Esta es la pregunta que estructura la obra, es decir el núcleo de convicción dramática empezó a construirse, a habitarnos, desde esta interrogación.
Gógol y Josep M. Esquirol: una conversación a través del tiempo
Desde el lado del pensamiento, puse a dialogar este texto del escritor ruso con una filosofía que considero imprescindible en nuestro tiempo. Gógol supo antes que nadie que el poder no destruye a los hombres con un golpe, aunque tantas veces también, antes bien los erosiona con la indiferencia. El protagonista, Akakievich, no muere de frío, en realidad, muere de no haber sido visto. La humillación que le inflige uno de los personajes, la Alta Personalidad no es una excepción, es el funcionamiento ordinario de una sociedad que ha aprendido a tratar la dignidad como si fuera un privilegio.La filosofía que anunciaba más arriba es la del filósofo Josep Marìa Esquirol, este autor recoge esa misma herida aunque lo hace desde otro ángulo. En una de sus principales obras, La resistencia íntima, sostiene que la ética verdadera no nace de sistemas ni de principios abstractos, sino de gestos mínimos, como pueden ser, acompañar, hospedar o sostener.

Ahora bien, en un tiempo dominado por la velocidad, por la saturación y por la lógica del rendimiento, esos gestos no son formas de ingenuidad sino, afirma Esquirol, maneras de ofrecer resistencia. Una resistencia que no hace ruido, que no vende éxito, pero que es la única que impide que algo esencial del ser humano se pierda del todo. Lo que Esquirol llama «amparo» es exactamente lo que Akakievich nunca recibe, y cuando sí ocurre es en destellos fugaces, valga como ejemplo, la mirada de El Niño, un personaje de la versión que hemos realizado, que lo ve antes que nadie, o en otro momento en que el trazo de La Artista dibuja el aire a su alrededor, o esa carta imaginaria de La Cartera que nadie leerá pero que alguien, sí, escribe.
De alguna manera, podríamos decir que Gógol pone la herida, en tanto que Esquirol propone la cura posible; una cura que llega siempre demasiado tarde o demasiado en silencio.
El frío como arquitectura en nuestra propuesta escénica
Unos veinte actores, una silla y un farol. Nieve y viento. El cuerpo de Akakievich -encogido, pidiendo perdón por pisar el suelo- se mide contra la vastedad del escenario mundo como el individuo se mide contra la máquina social que lo ignora. El farol ilumina poco. La luz trabaja en una dualidad: por un lado, una calidez que nunca es plenamente cálida, y, por otro, un frío que nunca es completamente oscuro. Así también ocurre con la bondad en la obra, ya que está presente, si bien siempre al borde de extinguirse.

El frío cae sobre el escenario como caen el tiempo y el olvido: sin prisa, sin crueldad explícita, sin que nadie lo haya pedido. La banda sonora de Pedro Osuna y Juan Pablo Sánchez-Montes sostiene el mundo de los personajes, música que no ilustra, música que sabe en qué momento el silencio es más elocuente que cualquier melodía. Algunos intérpretes son la ciudad, (el otro relato de Gógol que está presente en esta puesta en escena es La Avenida Nevski), en La Artista que dibuja el vacío alrededor de los cuerpos, La Cartera que lleva cartas que nadie recibirá, La Chica del Pan, el Hombre del Frío, los Novelistas que narran desde fuera lo que no pueden impedir desde dentro. Cada uno de ellos, sostiene una mirada distinta sobre el mismo hecho: que alguien vivió, y que, aunque nadie lo vio suficientemente, es eso lo que importa.
Por qué esta puesta en escena
Vivimos en una cultura que ha elevado la visibilidad a valor supremo. Existir es ser visto, es ser registrado, y eso es lo que te valida. En ese marco, la figura de Akakievich resulta insoportablemente actual. Él es un hombre que trabaja, que desea, que sueña, y que, sin embargo, no consigue hacerse un lugar en la mirada de los demás. Su abrigo nuevo -ese objeto que durante unos días lo hace visible, no es un capricho, porque es el intento desesperado de ocupar un espacio en el mundo que se le ha negado desde el primer día. Desde esa constatación es desde donde nace otra de las preguntas que lanza esta puesta en escena: ¿qué hacemos los demás mientras alguien desaparece a nuestro lado? Los funcionarios que se ríen, la Alta Personalidad que aplasta, el Amigo que calla, en realidad, no son monstruos. Son efectos que cualquier sociedad tiende a producir cuando decide que la eficiencia vale más que el cuidado.

El frío de Akakievich es el frío nuestro, el de hoy. Lo observamos en nosotros y en nuestros entornos, lo palpamos en el aislamiento, también en la precariedad, y cómo no en la lógica del rendimiento que reduce a las personas a un paradigma de utilidad y de eficiencia. Es ahí, donde la bondad se opone a ese frío, no ya como consuelo sentimental, sino, como diría Esquirol, como una forma de resistencia íntima y política, una resistencia pequeña, frágil, pero real.
La experiencia del espectador
Con la puesta en escena de El abrigo. Un lugar del frío no pretendo invitar al espectador a observar una historia ajena. Es deseable que se convierta en parte. El Niño que mira abre la obra dirigiéndose al patio de butacas -«Yo lo vi antes que todos ustedes»- y con ese gesto transfiere la responsabilidad, pues nos está diciendo, algo así como, ahora también nosotros lo vemos. La pregunta que la obra deja abierta al final no es qué le pasó a Akakievich, sino qué haremos nosotros con lo que acabamos de ver que le pasó a Akakievich. La Artista lo dice al cierre: «Lo que yo dibujo es el aire que queda entre las cosas. El hueco que deja una voz cuando se calla». La puesta en escena de TrastévereTeatro, en ese sentido, trabaja como ese cuaderno, ya que no guarda los hechos, guarda lo que se nos escapa.
Y mientras haya alguien dispuesto a mirar ese vacío, la obra no habrá terminado; entonces, el abrigo último no es una prenda de vestir, el abrigo último será la mirada de otro que puede decir: sigues estando aquí, y eso es lo que importa.
Antonio J. Caballero, dirección y dramaturgia de El Abrigo. En un lugar del frío de TrastévereTeatro.





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