Ilustración que muestra a Shakespeare recitando una de sus obras a su familia.

El dolor como origen de la literatura: ‘Hamnet’

Hay una tentación casi inevitable cuando una obra se aproxima a la figura de un autor consagrado como es el caso de Shakespeare: preguntarse cuánto hay de verdad en la obra que disfrutamos.

Hamnet elige otro camino, más honesto y quizá más fértil: preguntarse para qué sirve imaginar. No nos interesa saber qué ocurrió exactamente tras la muerte del hijo de Shakespeare, sino qué puede decirnos hoy ese duelo proyectado sobre el arte y sobre la necesidad de escribir cuando la vida se nos quiebra en las manos. Sabemos poco del Hamnet histórico. No conocemos la relación de William Shakespeare con su hijo, ni cómo vivió el matrimonio esa pérdida. Ese silencio documental ha alimentado durante siglos una mitología crítica obsesionada con rastrear la biografía del autor en sus textos. Hamnet, tanto la novela de Maggie O’Farrell como la película de Chloé Zhao, asume ese vacío y lo convierte en materia narrativa. Del hueco se crea la historia. Del vacío, nace la voz narrativa.

Lo que propone la película no es una lección de historia, sino una hipótesis: que el arte y, en este caso, la literatura puede ser una forma de duelo. Que escribir no es enterrar el dolor, sino trabajar con él. Que el arte no nace del genio aislado, sino quizás de una herida que no cicatriza. En ese sentido, Hamnet no habla tanto de Shakespeare como de cualquier creador que haya intentado sobrevivir a una pérdida convirtiéndola en lenguaje.

En la segunda parte de esta película podemos ver cómo se vincula explícitamente ese dolor con la escritura de Hamlet. No se trata de afirmar que la obra sea un trasunto biográfico directo, sino de proponer una lectura: que el teatro puede ser el lugar donde el duelo encuentra forma, aunque no encuentre respuesta. El famoso “ser o no ser” deja de ser un dilema abstracto para leerse como una pregunta desesperada: ¿cómo seguir viviendo después de la pérdida?

La película oscila entre una desmitificación sincera y un cierto fetichismo cultural que subraya constantemente el peso del canon y de la creación de una figura casi divina en el imaginario cultural. A veces parece desconfiar de su propio drama y necesitar recordarnos que está hablando de Shakespeare. Sin embargo, cuando deja de señalar y se limita a observar, Hamnet alcanza su mayor fuerza.

Al final, la película no responde a la pregunta de qué sintió Shakespeare al perder a su hijo. Y quizá ahí reside su valor. Hamnet sugiere que la literatura no sirve para explicar el dolor, sino para hacerlo habitable. Que escribir no repara la pérdida, pero permite seguir. Y que, detrás de las grandes obras, hay menos certezas que preguntas. Tal vez por eso seguimos leyendo.

Escribir no devuelve a los que se han ido, pero les da un hueco en el que residir. No cura el dolor, pero acompaña en la pérdida. Quizá por eso seguimos leyendo a Shakespeare, no porque sepamos quién fue, sino porque, siglos después, aún reconocemos en sus palabras la forma exacta de una herida.

Marta Ruiz López

Graduada en Filología Hispánica por la UGR

Profesora de instituto

Marta Ruiz López

Redacción

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