El Embovedado, de J.M. López Mezquita. Museo Carmen Thyssen (Málaga)

El Embovedado, de J.M. López Mezquita, en el Museo Carmen Thyssen de Málaga

Mi descubrimiento de la pintura que hoy les propongo fue hace unos cinco años, cuando buscaba una imagen antigua del espacio conocido en Granada como El Embovedado para ilustrar un artículo sobre cine en el que aludía al Cinematógrafo Mágico Pascualini, instalado en este lugar sobre el Darro en las navidades de 1904. Mi búsqueda era en las redes y apareció esta pintura, que me fascinó y utilicé de cabecera del artículo.

Desde ese momento me propuse conocerla in situ y ha sido un objetivo conseguido hace poco, lo que me permite escribir sobre ella con una intención que no es otra que la de darla a conocer, porque merece ser conocida. Sería más valorada en Granada que en Málaga, pero el coleccionismo privado tiene estas cosas: en el Museo Carmen Thyssen cohabita con escenas costumbristas sevillanas, con marinas diversas, con la madrileña Puerta del Sol (de Enrique Martínez Cubells),… y, muy posiblemente, solo los granadinos nos fijemos lo suficiente en ella.

El Embovedado (detalle).

Me parece una pintura luminosa y atractiva, en la corriente paisajística tan de moda en Granada durante el siglo XIX y comienzos del XX, a causa del interés romántico por nuestra ciudad durante el primero de ellos, y de un estilo realista, al margen de las nuevas tendencias y vanguardias artísticas del diecinueve y de inicios del veinte, aunque con influencia del impresionismo por la gran importancia de la luz. Es de 1904, cuando José María López Mezquita era un joven granadino que había iniciado su formación pictórica con el maestro José Larrocha y que ya había obtenido un galardón artístico por la obra Cuerda de presos —en el Museo Reina Sofía (Madrid)—; pese a ello, estaba todavía aprendiendo el oficio y el género del paisaje le venía bien para practicar. De ese mismo año es Patio de los Arrayanes, del Museo de Bellas Artes de Granada. Tiempo después, convertido en un pintor de renombre nacional e internacional (en América sobre todo), su mayor dedicación será al retrato, inmortalizando con sus pinceles al general Primo de Rivera, a Manuel de Falla, Unamuno, Fernando de los Ríos, Azaña, a la alta sociedad neoyorquina y a un sinfín de personajes diversos y populares de la primera mitad del siglo XX: sus familiares y amigos, toreros, escritores, músicos, intelectuales, científicos, mujeres, niños y niñas…

En este lienzo de 50,5 x 71 cm. nos muestra, al óleo, una zona que, aunque reconocible gracias a algunos espacios que no han cambiado —el fondo de Sierra Nevada, la basílica de las Angustias y el arbolado de la Carrera de la Virgen (que entonces era Carrera del Genil)—, se nos presenta muy diferente a como es hoy día. En ese momento era más una gran explanada de tierra, desprovista de elementos urbanos —ni siquiera la Fuente de las Batallas—; hoy, por el contrario, estos son los que dominan, los que atestan el lugar. La de López Mezquita es la imagen de una Granada desaparecida. Quizás por ello tenga más encanto y un indudable valor como documento testimonial de la aberrante evolución urbana de la ciudad.

El Embovedado (detalle).

Era un día de primavera por la tarde, porque las cumbres estaban bien nevadas, los árboles verdes y frondosos y la sombra de los edificios se iba proyectando sobre la explanada ocre, ya solo en parte soleada. En ella había una farola y dos pequeños quioscos; además, cuatro carruajes, a uno de los cuales, el primero, conducido por un cochero con chistera y librea, se acerca una mujer de traje elegante y llamativo sombrero. Se dispone a hacer uso del vehículo. No hay más vida, a excepción de la de los árboles, que se aprecian pequeños y redondos los más cercanos; también al fondo, en un denso bosque en el que sobresalen los cipreses y, a la izquierda, en la plaza del Campillo y el bulevar de la Carrera. Justo tras estos asoman la esquina de un edificio en el entorno del cuartel de Artillería —hoy Palacio de Bibataubín— y las casas blancas de una plaza posterior, la del Campillo Bajo, que antes era de Bib-Ataubin.

Fotografía de la zona entre 1880 y 1890. En el Archivo Municipal de Granada.

Nada oculta las montañas —incluso el Trevenque lo distinguimos a la derecha, sobre los cipreses— ni la basílica de las Angustias; al contrario, su crucero y sus torres se elevan sin sombra por encima de las restantes construcciones. Y de estas destacan las que hay a la derecha, de espaldas al sol de la tarde, con fachadas de numerosos balconcitos, de los cuales vemos muy bien uno en primer plano, con una barandilla tradicional de hierro, que en aquellos años no tenía la competencia ni del ladrillo ni del cristal. Más abajo se asoman hacia delante lo que parecen ser dos astas de banderas, aunque desprovistas de ellas, por lo que nada indica lo que era el edificio.

Desde luego, una imagen para hacernos añorar lo que hemos perdido: el sosiego, la placidez y el sol de una ciudad idílica a los pies de Sierra Nevada.

Daniel Morales Escobar

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