Dibujo de la Casería Royal. Este mismo señorito del Royal fue el que sacó de pila de bautismo al pequeño Juan Carlos. ::Francisco Ávila

Francisco Ávila: ‘Adora la gitana’ (16)

Había en esta Casería del Royal un gato con alas que, en solitario, no dejaba a ningún ser vivo de la naturaleza anidar en su hábitat. La habilidad de trepar por paredes y árboles era de tal magnitud de alcance que no había ningún pajarillo, por muy astuto que fuera, que no sucumbiera a sus cuatro patas y sus dos alas.

Cuando pasaba el tranvía, que tenía una parada frente a la Casería del Royal, muchos de los padres que viajaban por esta línea de Granada-Santa Fe con sus hijos se bajaban, para que los niños vieran el impresionante gato con alas y sus habilidades felinas. El animal, ante la presencia de tanta gente extraña para él, saltaba ágilmente de árbol en árbol, desplegando sus alas colgadas al hombro y dejando un reguero de plumas de algodón en el aire que se balanceaban hasta quedarse enganchadas entre los parrales y los rosales nuevos en flor.

Fue Emilio el Gitanillo quien vio por primera vez el gato con alas. Este se había metido por debajo de las mesas del convite, asustado por la cantidad de gente que, precipitadamente, ocupaban las sillas alrededor de las mesas. Para Emilio era un descubrimiento que no lo dejó indiferente, sino con una admiración contenida ante la presencia del felino que, además de cuatro patas, llevaba colgadas al hombro otras dos más. Le tocó con los pies y el gato salió de su escondite disparado, arisco, buscando uno de los tubos que sostenían el entramado del parral por donde, habitualmente, se encaramaba para atrapar algún pajarillo despistado que se acercara a las uvas.

Con las prisas, al gato se le enganchó al cuello una de las guirnaldas que los encargados de la decoración habían atado al tubo momentos antes. Era como si le hubiese dado la corriente. Empezó a saltar de un árbol a otro con la guirnalda enganchada al cuello simulando la cola de una cometa en el aire. Lo hacía tan rápido que se juntaban cola con cabeza. Unas veces corriendo a cuatro patas y otras, valiéndose de sus alas; saltando, desde los parrales, a las dos palmeras y yde las palmeras, a los dos cipreses centrales del carril de entrada donde tenía su escondite.

En un intento de desprenderse de la guirnalda, dejó caer con sus zarpas gran cantidad de tamo como serrín de carpintero que, antes de llegar al suelo, se iba posando en las mesas donde estaban los tazones de chocolate con churros a rebosar. También, en los velos de tul de las niñas y en los galones de armadores de marina de los niños.

Los niños que habían recibido la comunión se subieron de pie en las sillas y aplaudían con entusiasmo al gato con alas creyendo que era parte del cuadro de la fiesta. Las madres, evidentemente, no hacían nada más que gritar, ya que ni siquiera sabían qué era lo que estaba ocurriendo allí en lo alto. Nadie se atrevía ahora a acomodarse en el resto de las sillas libres para probar el exquisito chocolate con churros.

Cuando el señorito Miguel salió al jardín con una copa en la mano para brindar por el acontecimiento y se dio cuenta de lo ocurrido con su gato, lo llamó de inmediato con un silbido prolongado y claro que el gato obedeció al instante. Bajó como un rayo de donde estaba subido para posarse en el hombro de su dueño, noble y cariñoso ante los presentes.

El gato con alas de la Casería del Royal ::Francisco Ávila

Una vez ya más calmados, lo recogieron y lo limpiaron todo; menos el tocado de las niñas ni los galones de los marineros, que no había manera de quitarles el tamo de los cipreses. Al final, gracias a que en la caldera de cobre quedaba aún gran cantidad, todos pudieron probar el exquisito chocolate con churros hecho con todo el cariño por el servicio de la Casería del Royal.

Antonio Arenas

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