El gato con alas de la Casería del Royal ::Francisco Ávila

Francisco Ávila: ‘Adora la gitana’ (17)

Con respecto a la enseñanza, Lourdes y Encarna no aprendieron nada en esos tres meses con doña Eugenia. Tampoco con don Esteban, un hermano de Rafael Ramos que, aunque no tenía título como docente, estaba muy puesto en matemáticas y les estuvo dando clases en el turno de tarde-noche.

Un día, de regreso de la escuela y por encargo expreso de su madre, se entretuvieron comprando en la tienda de Miguelín el Pirondo, que tenía su establecimiento en la esquina de la barriada. Ya era casi de noche y, para abreviar un poco de tiempo, cogieron un atajo que comunicaba con la vereda de siempre. En mitad del camino vieron unos bultos muy grandes e imaginaron que unos hombres las estaban esperando para nada bueno. Afortunadamente, eran dos cenizos que habían crecido en la vereda los que les cerraban el paso. Pero ellas, asustadas, empezaron a decirles de todo: «¡Como cojamos una piedra os escalabramos a los dos! ¡Sinvergüenzas! ¡Por allí viene nuestro Papa!… ¡Os vais a enterar!».

Estaba aún reciente el día que fueron junto con su hermano Emilio a comer moras al río, donde las había en abundancia. Y donde también, escondido entre las zarzas, apareció un hombre diciéndoles: «¡Venid para acá, que os voy a dar caramelillos!». Era el Chuminico de Purchil, que no estaba el hombre muy bien de la cabeza y le había dado por meterse con los chiquillos. Los tres salieron corriendo que les daban los pies en el culo hasta llegar a la choza temblando.

Otras veces cruzaban el río para traerle agua a su madre del pozo de los Marines, que estaba cerca de la entrada al pueblo de Purchil y que daba el agua muy fresquita. Había un patio con un portón, siempre con la puerta abierta para todo labrador o personas del entorno que necesitaran agua de beber. Allí estaba el pozo de los señores Marines, con su caldero de zinc y su cuerda preparada para saciar la sed.

También iba al de Tafia, que estaba en la parte de acá del río, cerca de donde labraba Paquito el de Los Pajaricos. Quien también los buscaba a los tres hermanos para que cuidaran del lino. Se tiraban toda la mañana y toda la tarde hasta que se ponía el sol, con una lata vieja colgada al hombro y dos palos, tocando el tambor y dando voces para ahuyentar a los pájaros de todas clases que acudían en bandadas al reclamo de la refrescante y apetitosa semilla del lino recién sembrada. El día entero por tres pesetas diarias cada uno.

Ante la l evidencia, la madre, con todo el dolor de su corazón, las tuvo que sacar del colegio. Las dejó a cargo de un hijo de su hermana María, ya que el matrimonio se tenía que ir a trabajar durante el día y las dos niñas se quedaron al cuidado de otro niño más.

Redacción

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