Llegamos allí sobre las doce de la mañana cuasi cuasi, como decía Adora mirando al sol. La primera que salió a saludarnos fue la cabra… Aunque ella ya conocía a los dos perros, Culculina y Bizcocho, porque mi padre, siempre que bajaba a cazar las codornices en los rastrojos, se pasaba por la finca del río para echarle un vistazo o se llegaba a la choza para recomendar algo referente a la labor con Rafael. Pero ¿de nuestra cabra? No tenía el animal ni idea de que existiera. Sí que guardaba un mal recuerdo de aquel macho cabrío por dejarla preñada y abandonarla, pero ya hacía tiempo que no dejaban pastar por aquí a los cabreros.
Nuestra cabra era mucho más grande y, como advertía mi padre con halago cuando se refería a ella, mocha y de segundo parto. La de Adora era más bien pequeña y con dos cuernos que parecían de embuste, aunque arremetió contra la nuestra y la puso en dos segundos con las cuatro patas bocarriba… Al principio, desde la distancia, ella se creía que era un macho. Ya viéndola bocarriba y con una ubre que manaba de lustre, toda la furia y encrespamiento de pelo se le apaciguaron al animal para el resto de la tarde.
Adora, complaciente y desenvuelta como siempre, nos sacó una mesa redonda que había trocado en el pueblo de Purchil por varias canastas de matanza y nos la instaló allí mismo, a la sombra aliviadora de las choperas. Hasta entonces, la familia de Adora usaba como mesa el tronco de una palmera que había sido arrastrada por la corriente del río para llegar allí.
También tenía almacenadas en la choza cantidad de sillas que, igualmente, las habría cambiado por canastas y que ella misma había restaurado para que todos sus niños comiesen sentados a la vez alrededor de la mesa.
En cuanto a modelo y calidad, ninguna de estas sillas era igual, pero hacían el apaño en un pavimento de tierra irregular como el del salón cocina-comedor de la choza. En ocasiones, en cuanto se distraían con el deleite de la comida o se echaban recostados hacia atrás a modo de reposo, los palos se hundían en la tierra y había que desecharla por algún modelo superior. Entonces, la convaleciente silla, en vez de pasar a segundo plano, era reciclada por Adora como complemento y principio del culo de otra nueva canasta.
En la alameda de los señores Peraltas, junto a la mesa, hubo sillas restauradas por Adora para todos, incluidos los niños. Allí nadie quería perderse ni la comida ni las conversaciones entre los mayores.

Mi padre, en vez de disfrutar de las habas con bacalao, que estaban buenísimas de frescas y tiernas, recién cortadas por los más jóvenes, estaba más bien inspirado como siempre, pensando en sus cacerías y sus cantes. Quería deleitar a Adora y a Rafael con un cante del Niño de la Huerta. Y, para aclararse un poco la voz, no hacía nada más que beber agua de una botija del pozo de los Marines que Adora nos había sacado a la puerta. De repente, la silla de mejor calidad donde estaba sentado se desplomó, llevándose consigo el mantel que con tanto primor había colocado Adora en la mesa y dejado al descubierto unos cuantos agujeros producidos por la ceniza de los muchos cigarros que se fumaba al día Rafael.
Por lo demás, fue un día donde las dos familias disfrutamos mucho.
Mi padre, después de aclararse la voz varias veces con el agua del pozo y dejar de toser, se arrancó al fin con una media granadina. Para terminar después con unas bulerías, acompañadas por el redoble continuo de las palmas y el zapateo de la familia gitana.
Yo les enseñé, a mi hermana Irene y a mi hermano Antoñito, una pareja de ruiseñores que, como todos los años por este tiempo, hacían su nido cerca de nuestra finca. En el lugar menos inesperado que te puedas imaginar, allí estaba la madre ruiseñor camuflada, incubando sus cinco huevos verdes al pie de una chopera híbrida. Mientras tanto, su compañero trovador, que estaba subido en lo alto de los chopos de los señores Peraltas y sorprendido por el cante flamenco de allí abajo, imitaba a mi padre con su infinitamente variada melodía del buen cante primaveral para el resto de la tarde.
Mi madre le regaló a Adora un centro de mesa recién confeccionado con su aguja de ganchillo, como recuerdo de un día especial para ella, pues nunca había tenido el placer de visitar el haza: «A la fin del mundo los manda todos los días el padre» —decía cuando nos preparaba las torticas. Y Adora le regaló a Josefa una canasta de mimbre blanca dividida por el centro por dos tapas, para decorar o meter en ellas lo más delicado.

Creo que mi madre, cuando supo que nos iba a acompañar de merienda al haza del río, ya tenía el pañito de encaje con la aguja de ganchillo casi terminado con intención de regalárselo. Pues, aunque no la conociera personalmente, sabía la estrecha relación que teníamos con ella y sus hijos; el saber que había alguien cerca de nosotros en el haza del río le proporcionaba la dosis de tranquilidad necesaria al vernos partir cada mañana.
Sin embargo, no todo fue regocijo como todos queríamos para ella. Pues es verdad que, ya desde la mañana, los abejorros negros y los grillos, con su continuo clamor, presagiaban que el día no terminaría cargado de felicidad.
Fue extraño tener que concentrar emociones tan dispares en una sola jornada. Nuestro ánimo mudó de repente cuando, de regreso, fuimos sorprendidos por un fuerte temblor que los expertos cualificaron de cinco grados de magnitud. Su epicentro se ensañó con el pueblo de Albolote…
La familia no olvidaría nunca ese día.






Deja una respuesta