Lo que queda en pie del cortijo de Trevijano :: Francisco Ávila

Francisco Ávila: ‘Adora la gitana’ (22)

Ya no había necesidad de hacer este camino al que tanto le habíamos dedicado. Toda nuestra experiencia y trabajo en el cultivo de estas tierras, donde todo había que transportarlo al hombro: simientes, arado, rastrón y demás herramientas necesarias para la labranza. No obstante, por instinto personal, añoranza o nostalgia, o quién sabe…, había días que, sin darme cuenta, me encontraba solo andando por estas singulares veredas camino del haza.

Allí estaba todo cambiado en cuanto al campo y su dejadez, pero Adora seguía como siempre, empleada en las tareas de la casa. Las mellizas eran ya adolescentes. ¡Y el pequeño Juan Carlos estaba irreconocible!

Rafael padre permanecía sentado a la sombra de los espléndidos chopos. Esta vez, orgulloso de su propiedad y con la esperanza puesta en el cielo de que todos sus proyectos llegasen a buen puerto. Él y su señora estaban ilusionados, con el dinero que les iban a pagar por los seis marjales de chopos que le compraron a mi padre, en hacerse una casita en la Barriada de Bobadilla junto a su hijo Rafael. La permanencia en estas tierras bajas para dos personas mayores y con los hijos casi todos voladeros, era cada vez más inaguantable.

—El campo está cada vez más solitario y abandonado por aquí. Ya estás viendo, Manolito, si miras para un lado y para otro, sólo se ven chopos crecidos como estos y unos que otros tabacos por segar. La mitad de los cultivos como la remolacha, los linos, los cáñamos y los cereales, cuasi cuasi han desaparecido por estas tierras. Allí, en la Barriada de Bobadilla, dice el señor Molinero que estaremos mejor viviendo al lado de mi hijo Rafael. A mi María y mi Emilio los ha colocado el señor Molinero, como tú sabes, en la fábrica del tabaco. Mientras no la lleven a otro sitio…

(Ni Rafael padre ni ninguno de sus hijos nunca me llamaron por mi nombre. Habían aprendido de su madre el nombre de Manolito y así nos nombraban a todos los hermanos. Y es que mi hermano Manuel, por su condición humana y social, era querido por todas las personas que lo llegaron a conocer en vida).

—El barrio, es un barrio nuevo —seguía diciendo Rafael—. Está muy bien comunicado con Granada capital. Y Adora ya no es la misma de antes: cuasi cuasi va a cumplir los cincuenta años. Y quién sabe si, con el tiempo, como dice el señor Molinero, también se deja de sembrar tabaco por estas tierras… Cree tener noticias de que hay una empresa extranjera interesada en quedarse con el monopolio del tabaco.

Me quedé impresionado con estas palabras de preocupación de Rafael, con el que nuca había tenido una conversación de tipo familiar por nuestra diferencia de edad. Y, claro, tenía el hombre toda la razón. En cuanto que eran ya mayores para seguir viviendo en un lugar que, siendo el mismo, cada vez estaba más alejado y abandonado por los cultivadores. Sólo bastaba echar una mirada panorámica del término —como decía Rafael— para ver con claridad el cambio tan repentino que había tomado en tan poco tiempo.

También a mí me parecía imposible haber llegado hasta aquí, en esta mañana de nostalgia que, en cantidad de ocasiones, había recorrido con los ojos cerrados por el sueño incontrolable de la madrugada. Ahora, en pleno día, era intransitable por la cantidad de maleza crecida a todo lo largo de las veredas.

¡Se echaban en falta tantas cosas añoradas a la vista por mí! No sólo la pérdida de los variados y frondosos cultivos, aún más, la cantidad de aves migratorias que tanto me gustaban y que preferían estos sembrados para su reproducción.

Codornices con su cante relajado pregonando el buen papar mientras la pareja, a pocos metros de allí, encubaba rechoncha sus doce huevos… Totovías que, eclipsadas en el aire, anunciaban dónde estaban enterrados recientemente los mejores garbanzos lechones… Bandadas multitudinarias de gorriones en sembrados de linos y cáñamos en flor, acompañados de pinzones, verdones y chamarices deseosos de refrescarse el pico con la semilla para empezar la mañana… Pajarillos juguetones que, por pareja, hacían el amor en los mangos de alguna azada en tanto que sus dueños descansaban para fumarse un buen pitillo… Comadrejas salchichas, resbalosas y habilidosas, que se colaban astutamente por los radios de la BH para cazar algún lirón descarriado del nido de sus madres…

Todo esto se acumulaba en mi cabeza mientras escuchaba con nostalgia a Rafael con sus razonamientos y, obsesionado, volvía al pasado como algo imborrable en mi mente.

Redacción

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