Como curiosidad, os diré que la caseta que se ve al fondo era el pozo que surtía de agua de beber a la familia. Sus cualidades no eran muy recomendadas por los agricultores de esta zona. Se comentaba que esta agua creaba trastorno en la cabeza; de hecho, la mujer del capataz, Rosario, sufría de esos trastornos causados por el agua del pozo.

Yo en particular, cuando pasaba por la hacienda, más que pararme a beber agua del pozo familiar —que casi se podía tocar con las manos—, lo que más me gustaba era la cantidad de nogales e higueras isabeles que había en la arteria de riego junto al cortijo. Sin olvidar aquel peral que veis allí en solitario, que tan buenas peras echaba para el puchero que preparaba mi madre con habichuelas tiernas, tocino, morcilla y garbanzos.

Después del breve comentario de las higueras y de los frondosos nogales —ahora me urge avanzar—, nos encontramos con un nuevo paisaje. Como imaginaréis, ya no existe la vereda que tantas veces cruzamos mis hermanos y yo con nuestra BH y todas las herramientas de labor al hombro hasta llegar, lo más pronto y salvos, al haza del río. En su lugar, han levantado un caballón de tierra que divide dos fincas sembradas de grandes campos de alfalfa para alimento del ganado. El inicio de la vereda estaba justo aquí, en esta distribución de compuertas —antes solo había compuertas en la Acequia Gorda—, que ahora me ofrece asiento y algo de sombra. Así que, bueno, aprovecharé este improvisado descanso para deleitarme con mis recuerdos en la lejanía del paisaje.

Para no perder el norte, porque todo esto es extraño para mí, he cogido el surco de la izquierda producido por la rodada de un tractor, hasta llegar a un rastrojo de maizal. Al final de este rastrojo de maíz y girando a la izquierda, se encontraban la vivienda de María y Frasco y los secaderos del Morón, vecino de Maracena ya mencionado anteriormente. Aquí he sido sorprendido por cantidad de palomas que me han llenado de regocijo ambiental —a pesar de las complicaciones para llegar al lugar deseado—, tanto, que sólo las he guardado en mis pensamientos.
Cada vez se me hace más dificultoso, incluso para mí, acostumbrado a transitar por estos linderos, pues cada dos por tres me encuentro con un inconveniente que me obliga a cambiar de sentido; en esta ocasión, un sembrado de espárragos.
Y más campo de maíz…
Ya no existen parcelas cultivadas por los propios dueños del terreno, sino por grandes contratistas de arrendamiento de las tierras, quienes se dedican a cultivar al por mayor los frutos que tienen más salida en el mercado de explotación del género.

Tampoco se ven ni se escuchan las codornices de otros tiempos con su cante relajado tomando tierra en las veredas mientras su pareja incubaba los huevos… Ni pajarillos traviesos disfrutando en bandadas floreando la semilla de linos y cáñamos… Ni aquellos zorzales de pechuga salpicada de pequeñas plumas marrón oscuro sobre un cuello amarillo que, a la entrada del invierno, en solitario, se nos arrancaban veloces desde bancales y acequias…
Ahora, de la misma manera que ha cambiado la producción de semillas y vegetación, también ha cambiado la emigración de aquellas aves por esta otra de palomas torcaces de las que, en su día, solo te podías encontrar una pareja que otra por los montes orientales. Hoy, como veréis, las mismas torcaces de antaño se pueden contar por miles por estas tierras solitarias, al reclamo de los grandes campos de maíz que en otoño se encuentran, la mayoría de ellos, en plena recolección. Tampoco olvidemos la cantidad de garzas de cuello largo que se ven delante de los tractores, al acecho de todo tipo de lombrices o topillos huidizos del arado.
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Bandada de palomas






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