A lo lejos el transformador del pozo de don Ángel ::FRANCISCO ÁVILA

Francisco Ávila: ‘Adora la gitana’ (25)

 Por fin he llegado al lugar deseado: el pozo de don Ángel. Su abandono es total, no hay forma de cruzar al otro lado…

Desde su fachada principal se veía la vivienda de Adora que, como se comprende, hoy ya no existe. Aun así, me he metido a rastras por una maraña de vegetación para poder ver la añorada fachada principal donde, efectivamente, el abandono habla por sí solo.

Fachada principal del Pozo de don Ángel ::F.A.

Ya no se escuchan las sonrisas de las bordadoras tejiendo con hilo de seda primores en su bastidor… Ni el clamor del agua con sabor a petróleo expulsado por el motor de arranque del agua a la acequia portadora de riego, a diez minutos por cobro y regadío… Ni aquella chiquilla de catorce años que esperaba impaciente ver asomar la BH por las quebradas veredas, cargada de ilusiones por aprender a montar en bicicleta…

Bien, ya hemos llegado al lugar donde estaba asentada la vivienda de Adora y su familia.

Lugar donde vivía la familia ::F.A.

Naturalmente, tampoco tiene nada que ver con el pasado, cuando todo esto estaba rodeado de espléndidos chopos. Ahora me siento obligado a hacer un dibujo «creativo y fiel» de la vivienda de Adora y sus aledaños.

Imaginaos al fondo, junto a los chopos que se sembraron en la finca de la viuda del Tortas. A la orilla de esta, el montículo de piedras que hicimos los hermanos cuando se nos inundó el haza próxima al río. A la izquierda, los chopos de los señores Peraltas. Y al abrigo de estos, la vivienda de Adora. La finca del señor Molinero es la que vemos delante de vivienda de Adora. Por último, el resto de nuestra finca con los pequeños chopos recién sembrados. Veis, allí estamos nosotros dos con las pequeñas mellizas, Lourdes y Encarna.

Ilustración de F. Ávila

El dibujo que estamos viendo corresponde al año 1956. Sería la última vez que visité con mi padre esta finca próxima al río Genil, vista que tan entrañablemente guardo en la retina de mis ojos. Aún no he olvidado la vivienda donde nacieron las mellizas y el pequeño Juan Carlos. Fueron años de recuerdos que dejaron huellas imborrables de convivencia entre todos nosotros. Además de media vida compartida con Adora y su familia.

La migración, al igual que la multitud de palomas mensajeras que voy viendo en el camino, ha cambiado el paisaje por este otro de ausencias: el del éxodo de los esbeltos chopos que rodeaban la vivienda de Adora que, en las noches serenas de luna llena, apuntaban al cielo.

Me sentí desorientado, sin saber por dónde cruzar para ver el cauce del río y el lugar donde, en su día, se encontraba la singular Trampa que conectaba con el pueblo de Purchil.

Ante mi desconcierto, tuve la suerte de cruzarme con un tractorista que, montado en un flamante tractor —a mis ojos de color azul—, remataba su faena levantando unos espléndidos surcos en todos los alrededores de la impresionante finca; muy parecidos, por cierto, a los que nuestro padre nos hacía levantar a mano para mejorar los frutos. Le comenté el motivo de encontrarme por allí y de qué manera podía hallar la salida del camino paralelo al río. Con amabilidad, me explicó que por allí era imposible:

—Como ve, todo está vallado de alambre de espino por los propietarios del terreno. Son viveros de árboles de distintas especies comerciales. Si quiere encontrar el camino que usted busca, diríjase sin perder de vista aquellas higueras que hay al fondo, cerca del cortijo de Terroba. Allí sale el camino que conecta con el río Beiro y el Genil.

—Gracias por su amabilidad. Y que le vaya bien en el trabajo de la mañana.

Tractorista faenando

Seguí al pie de la letra la recomendación del joven tractorista y, al mismo tiempo, ilusionado por llegar cuanto antes al cortijo de Terroba: ¡al parecer, seguía habitable!

Caminé campo a través por unas tierras recién levantadas por el tractor azul y, a medida que iba cruzándolas, los pies se me iban hundiendo en la tierra a la par que el cansancio, ya que cada vez se me hacía más imposible para mi edad. Temía tropezar con alguno de esos témpanos de tierra endurecidos levantados por el tractor, que me hicieran daño en uno de los tobillos y no pudiese recorrer el trayecto que me quedaba. También porque, al mismo tiempo que iba descubriendo el nuevo paisaje, los iba reescribiendo en mi memoria; todos y cada uno de los lugares que guardaba en mis recuerdos. Esto hacía que caminara con un continuo despiste entre mis pasos y mis pensamientos… Al final, llegué allí como me dijo el tractorista, salvo y sin dificultad.

Antonio Arenas

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