En Granada no se pasará hambre mientras exista la huerta ::FRANCISCO ÁVILA

Francisco Ávila: ‘Adora la gitana’ (27)

Efectivamente, aquí, en este cruce de caminos, se encontraba la vereda que conectaba con el cauce del río Beiro y que, a su vez, me llevaría para ver cómo se encontraba la Trampa a través del tiempo.

No obstante, quise acercarme para ver in situ dónde se asentaban los cortijos, el de Terroba y el de Canijo. Este último perteneció en su día a un tío de mi padre. Era el propietario de las tierras arrendadas que labraban mis padres por este sector de las Vegas de Genil y la Barriada de Bobadilla.

Para poder fotografiar el cortijo de Terroba tuve que esquivar una cadena de «prohibido el paso» de vehículos extraños a los herederos del cortijo. Dentro tenían dos coches aparcados en dirección a lo que, en su día, era la salida principal y la única —que yo recuerde—: Terroba, en su apariencia y sobre esta parte de la foto, sigue igual. Lo que no pude comprobar fue si aún estaba el pozo en funcionamiento. Pudiera ser que alguien, perteneciente a uno de los dos coches aparcados, me llamara la atención por intruso, sin querer creer mi versión sobre los motivos que me habían llevado a este lugar privado. Tal como le confesé al joven tractorista con todo tipo de detalle.

Cortijo de Terroba

Terreno arado. Al fondo, el cortijo de Terroba ::FA
Cortijo Terroba ::FA

El Canijo. Aunque nunca estuve en este cortijo, fueron muchas las veces que pasé por aquí para abrir las compuertas del agua en la Acequia Gorda. Tampoco reparé en que este cortijo pertenecía a un tío carnal de mi padre, lo supe años después. Por su deterioro y las puertas cerradas a cal y canto, este sí que estaba inhabitable. Eso sí, el campo de su entorno seguía cultivado en todo su esplendor, en su mayoría, de ajo y espárragos.

Restos de un jardín interior de El Canijo ::FA

Pese a su hermetismo, pude apreciar unas fuentes interiores que, en su día, serían una maravilla de manantial de agua con bellos jardines para el disfrute de grandes y pequeños.

Y cómo no, el Corazón de Jesús; emblema característico de todos los creyentes ante una puerta principal tabicada.

Dejando este singular cortijo abandonado y siguiendo la ruta iniciada, llegué al camino paralelo al río Beiro —como bien me dijo el tractorista—. Por casualidad, me encontré con un motorista que iba en dirección a la Trampa, que era lo último que me quedaba por ver. Le pregunté también a este joven, quien, sin detener su marcha, me dijo:

—La Trampa ya no existe. En su lugar, se ha construido un dique para atravesar el río Genil que conecta con el pueblo de…

Por la velocidad que llevaba subido en su moto, esto último ya no lo entendí. Entonces pensé que, una vez ya en tierra firme, la visita a la Trampa bien la podría hacer sin dificultad otro día.

Hacía ya rato que los zapatos se iban quejando de mis doloridos y curiosos pies, pero no me quedó más remedio que seguir andando hasta llegar a la Barriada de Bobadilla; al menos, el terreno allí era conocido.

Azulejo en la fachada ::FA

Continué la ruta hasta llegar a la Central Lechera —industria donde se elabora la leche Puleva de vaca: ¡el oro blanco de Granada!, como dicen los granadinos—. La Puleva conecta con la carretera de la Barriada de Bobadilla donde, al clarear el día, antes de partir por este sendero de recuerdos, dejé el coche. Siempre con la intención de, a la vuelta, preguntar en el barrio por algún hijo o heredero de la familia de Adora para completar esta singular historia.

En este último paseo comprobé que, junto a unos chopos esbeltos y únicos en todo el camino, existe aún el sendero antiguo de tierra que nos llevaba al pueblo de Purchil.

Lo que queda de alameda por este sector de las vegas del Genil.

También pude ver que ya no queda ninguna entrada a Terroba que conecté con la carretera paralela a la Acequia Gorda. Para llegar al cortijo, hay que hacerlo por el camino del Beiro.

Las parcelas de las Vegas Bajas de Granada ahora son enormes. Siguiendo la acequia Gorda, se han borrado de la tierra todo tipo de medianerías y lindes. Lo único que rompe la uniformidad es la diferencia en los cultivos: maíz, ajos, espárragos, alfalfa, avena para el ganado o algunos viveros y parcelas de frutos tropicales autóctonos de aquí de las huertas de Granada. Por eso hay un proverbio que dice que, en Granada no se pasará hambre mientras exista la huerta.

Si la caminata a campo a través fue dura de recorrer, esta otra por una carretera secundaria, paralela a la Acequia Gorda y con tanto tráfico de vehículos pesados, fue un verdadero apuro caminar por ella.

Agotado, llegué por fin a un parque infantil de la Barriada de Bobadilla. Me senté en uno de los bancos para descansar un poco y recomponer mi vestimenta: los bajos de los pantalones y los zapatos de deporte, tanto unos como los otros, estaban llenos de salpicones de barro mezclados con el polvo del camino.

El caso es que no quería ir preguntando en el barrio por la familia de Adora a esas horas del día y con este mal aspecto de mi persona. Busqué entonces una fuente entre los jardines del parque —siempre, ante la mirada de algún desconocido— y, una vez ya más recompuesto, me senté de nuevo en el banco para descansar y meditar sobre el significado que suponía para mí el encontrarme con la familia de Adora al cabo de los años.

En este momento de cavilación, motivado por la caminata vivida de este día, eché una última mirada al paisaje que me rodeaba y me encontré frente por frente del cortijo de Facio. Lo estaban derribando.

Por la distancia que había entre el cortijo y el parque infantil donde estaba sentado, comprendí de inmediato que este lugar, que yo había escogido como meditación y descanso, era el lugar donde en su día estuvo asentada la finca arrendada por nuestro padre y que durante tantos años habíamos labrado la familia. Hice entonces un inciso para rememorar mis pasos. Los recuerdos que habían quedado enterrados bajo estas tierras fértiles como las del Camino Viejo, donde abundaban los conejos campesinos y los lagartos de color amarillo…

Redacción

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