José A. Delgado: «Educación: minimalismo versus barroquismo»

La educación, de un tiempo a esta parte, se ha vuelto compleja. Cada ley orgánica introduce más conceptos que la anterior; cada vez más el currículo, eje sobre el que gira el trabajo de profesores y alumnos, añade más elementos a su definición; cada vez más el currículo de las diferentes áreas y materias deviene más farragoso. Y bienvenida sea esta complejidad si es para mejorar la educación; pero estoy en que no es así: claridad y complejidad son términos antagónicos.

Valga la definición de competencia como un indicador de lo que expongo. Se entiende por competencias clave “Los desempeños que se consideran imprescindibles para que el alumnado pueda progresar con garantías de éxito en su itinerario formativo, y afrontar los principales retos y desafíos globales y locales. Las competencias clave aparecen recogidas en el perfil de salida del alumnado al término de la enseñanza básica y son la adaptación al sistema educativo español de las competencias clave establecidas en la Recomendación del Consejo de la Unión Europea, de 22 de mayo de 2018 relativa a las competencias clave para el aprendizaje permanente”.

El Diccionario de la RAE dice que el minimalismo (1960-1975) “Representa una tendencia estética que busca la expresión de lo esencial eliminando lo superfluo”. Los minimalistas consideran que hay que quitar de la obra todo detalle insustancial. E.H. Gombrich, en su obra La Historia del Arte (2023), afirma que “El Barroco es un estilo que se inicia en Italia después del Renacimiento (1575-1770) y poco a poco fue ganando terreno en todos los países de Europa. Significa absurdo, grotesco y se caracteriza por la complejidad, la riqueza de ornamentación y el efectismo”. Considero que en educación vamos de aquella tendencia a este estilo, algo que no es bueno. La educación se basa en esta premisa: “Los profesores enseñan y los alumnos aprenden”. Hoy también debería ser así, pero mucho me temo que las cosas van por otros derroteros. Veamos.

El documento que desencadena el trabajo de los docentes en el aula es el currículo, columna vertebral de la organización y estructura de las enseñanzas. La Ley orgánica 1/1990, de 3 de octubre, de ordenación general del sistema educativo (LOGSE) establecía que el currículo “Es el conjunto de objetivos, contenidos, métodos pedagógicos y criterios de evaluación de cada uno de los niveles, etapas, ciclos, grados y modalidades de este sistema”. Posteriormente, la Ley orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de educación (LOE), añadió a estos elementos las competencias para enfatizar que los conceptos adquiridos por los alumnos los han de saber aplicar en situaciones reales. Estas competencias, a su vez, abarcaban una doble tipología: las competencias clave y las competencias específicas, que debían abordarse mediante los saberes de cada área y materia.

La Ley orgánica 3/2020, de 29 de diciembre, por la que se modifica la Ley orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de educación, que rige en la actualidad (LOMLOE), nos trae, entre otros elementos, una nueva herramienta denominada “Perfil de salida del alumnado al término de la enseñanza básica”. Ahí se concretan los principios y los fines del sistema educativo referidos a la Educación Primaria y a la Educación Secundaria Obligatoria. Dicho Perfil establece las competencias clave que se espera que los alumnos hayan desarrollado al completar esas dos etapas: Competencia en comunicación lingüística. Competencia plurilingüe. Competencia matemática y competencia en ciencia, tecnología e ingeniería. Competencia digital. Competencia personal, social y de aprender a aprender. Competencia ciudadana. Competencia emprendedora. Competencia en conciencia y expresión culturales. Hay que reseñar que el Perfil de salida juega un papel esencial en la toma de decisiones sobre la promoción entre cursos y en la obtención del título de Graduado en Educación Secundaria Obligatoria (ESO).

También los docentes tienen que lidiar con el “Diseño Universal del Aprendizaje” (DUA). Se trata de un modelo de enseñanza para la educación inclusiva que reconoce la singularidad para aprender. El DUA se fundamenta en que cada alumno presenta un ritmo de aprendizaje y, por lo tanto, no se ha de enseñar de la misma manera. Asimismo, los docentes han de informar a los padres sobre lo que trabajan con sus hijos; un derecho que les asiste. Información que va desde por qué ha suspendido en una materia, o por qué le ha dado un notable cuando se merecía (a su criterio) un sobresaliente. Es decir, tiene que justificar dicha evaluación de manera pormenorizada y exhaustiva.

Pues bien, es en esta jungla pedagógica burocratizada e imbuida de tecnicismos y elementos innecesarios donde el profesorado ha de desarrollar hoy su trabajo. En mi caso y desde mi experiencia, participo del minimalismo educativo, aquel modelo en el que mis maestros me instruyeron y que he llevado a cabo durante cincuenta años ejerciendo la docencia.

Considero que el proceso de enseñanza-aprendizaje ha de ser simple, claro, directo y sin artificios que lo compliquen. A los docentes les corresponde impartir los contenidos del currículo, cuya transmisión bien podría responder a este esquema básico: explicación en el aula de lo que los alumnos han de aprender en cada unidad didáctica o tema; propuesta de actividades a realizar para poner en práctica lo explicado en clase; y comprobación de hasta dónde han adquirido lo explicado. Dicha comprobación se lleva a cabo mediante la evaluación que el docente realiza al finalizar aquella unidad didáctica o tema, y la que lleva a cabo al final de cada trimestre. No hay nada más… y no es poco.

José A. Delgado

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