José A. Ruiz Reina: «El largo mayo»

Era una tarde de esas en las que el frío de Ventas de Zafarraya, ese pueblo granadino que se asoma con descaro a la provincia de Málaga, se cuela por las rendijas de las puertas como un vecino sin invitación. El viento soplaba con fuerza desde el Boquete, trayendo consigo el aroma a mar salado y llevándose el eco de los campos de secano. En la calle Cárdenas, donde el viejo Manuel Cebollón había intentado refundar lo que había sido el negocio más próspero del pueblo, ahora traspasado a sus sobrinos Antonio y Angelita, la luz de la tienda de ultramarinos prometía refugio y charla.

Aquel local, que antes fuera un simple almacén de aperos y maquinaria con un portón de madera apenas desbastada, se había transformado en una pequeña alternativa más dentro de la vida social pueblerina. A la izquierda del mostrador desgastado por el roce de las perras gordas, las pesetas y los duros, se encontraba la sala de estar, separada por un tabique de rasillas y comunicada por una amplia puerta central. Allí, postrada en un sillón, permanecía

Bernarda, la mujer que años atrás protagonizó una poética y escandalosa fuga cuando Manuel la raptó del hogar conyugal en los Cortijos de la Mata. Su belleza, antaño legendaria, se había visto marchitada por una enfermedad circulatoria que obligó a amputarle ambas piernas. Algunos, con la lengua afilada por la envidia o la mojigatería, murmuraban que aquello era un castigo divino por abandonar a su marido, pero Manuel la cuidaba con una devoción que desmentía cualquier reproche.

En la tienda, el viejo Manuel se las arreglaba solo, haciendo a pelo y a lana, mientras un grupo de parroquianos compartía un chato de vino, como solían hacer en los viejos tiempos Simeón, Emilio Calorino, Rosendo, el Chato de las Delicias y Lucas el mecánico. Aunque muchos se habían mudado al bar de Pepe Castillo, que ahora regentaba Antonio del Che tras casarse con Magdalena, hermana de Pepe, aquella tarde el ambiente estaba animado por la ruidosa presencia de Castro y algunos cortijeros llegados de más allá de las Pilas de Algaida.

—Escuchad bien lo que aconteció con el Rafael y su parienta —comenzó Castro, aclarando su garganta con un sorbo de tinto—.

La historia nos traslada a una vivienda humilde de la calle Defensor de Granada, donde, tras la matanza del cerdo, Rafael había colgado unas hermosas hojas de tocino en las vigas del techo. Eran piezas magníficas, blancas y brillantes, que despertaban un hambre canina en su mujer, María. Sin embargo, Rafael, previendo las estrecheces del calendario agrícola, le había advertido con severidad:

—María, ni se te ocurra hincarle el diente a ese tocino. Eso es para el largo mayo, ¿te enteras? —.

La pobre mujer, que no entendía de metáforas temporales sino de rugidos de tripa, creyó que «el largo mayo» era el nombre de algún arriero forastero. Durante meses, suspiraba mirando al techo: «¿Cuándo vendrá ese hombre a llevarse el tocino? Solo así dejaré de sufrir viéndolo y no pudiendo catarlo».

Dio la casualidad de que un día de marzo un arriero llamado Bernabé, alto y flaco como un palo de la luz, cruzó el Boquete con su mulo cargado de uvas, higos y chumbos procedentes de La Viñuela, Venta Baja o Canillas de Aceituno. Bernabé llevaba tiempo sin aparecer, pero esa mañana, su silueta afilada embocando la calle Eguilaz provocó que María diera un suspiro de alivio.

Corrió la mujer al encuentro del arriero y, jadeando, le preguntó:

—¿Es usted, por un casual, el Largo Mayo? —.

Bernabé, que era un tipo socarrón y con más cortes pegados que el trapo de un amolachín, captó el error al vuelo. Mirando los capachos vacíos de su mulo, respondió con una sonrisa de medio lado:

—Claro que sí, señora. Yo soy el Largo Mayo, para lo que usted necesite —.

—¡Pues bendito sea Dios! —exclamó María—. Pase usted a mi casa, que mi marido tiene guardadas unas hojas de tocino para usted desde hace meses.

Descuélguelas y lléveselas, que ya me tienen la paciencia colmada de tanto verlas —.

Bernabé no necesitó que se lo dijeran dos veces. Entró, cargó el pringoso botín sobre el aparejo de su mulo y salió de Ventas de Zafarraya como alma que lleva el diablo, temiendo que el marido apareciera en cualquier momento.

Mientras tanto, en el Llano, los hombres sudaban la gota gorda escardando la dura tierra. Allí estaban los jornaleros de los propietarios ricos como Antoñico Garrapata, el Molinero, Francisco Mindolla, Frasquito Chica, la Amelia, señores del secano, o de Simeón Reina, pionero del cambio a los cultivos de regadío junto a otros como Paco Londres, Calorino o Elías de Garrapata. Entre los peones de esos labradores, Rafael se deslomaba para ganar el jornal, ajeno por completo al desastre que se había producido en su casa.

Al caer la tarde, Rafael regresó a casa rendido, buscando el calor de la lumbre. Se sentó a la mesa, esperando que María le llevara un café migado para reponer las fuerzas consumidas por el esfuerzo y por el gélido clima venteño. Al alzar la vista hacia las vigas, el corazón le dio un vuelco.

—¡María! —gritó con un hilo de voz que pronto se convirtió en trueno—. ¿Dónde están las hojas de tocino? —.

—Pues, Rafael, se las llevó el Largo Mayo, tal como tú mandaste —respondió ella con la satisfacción del deber cumplido—. Apareció esta mañana con su mulo y, para no seguir sufriendo yo con el antojo, se las entregué todas.

—¡Mal rayo te parta, mujer! —bramó Rafael, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Que el largo mayo es el mes de mayo, que se hace eterno y es cuando más falta hace la pringue para la siega! ¡Se la has dado a un forastero y ahora nos vamos a morir de asco cuando llegue la faena! —.

La desesperación de Rafael, alimentada por la cultura patriarcal de la época, que toleraba lo intolerable, estalló en violencia. Agarró una vara y comenzó a vapulear a la pobre María, cuyos lamentos y chillidos atravesaron las paredes y llegaron hasta la calle de los Carros, que era como se conocía entonces a la calle Eguilaz.

Por suerte, los gritos fueron escuchados por Eduardo Chola, un vecino serio y respetado. Eduardo irrumpió en la vivienda y sujetó el brazo del enfurecido marido.

—¡Rafael, detente! ¿Se te ha ido la olla? ¡Pegar a una mujer es de cobardes! —le recriminó Eduardo con firmeza.

—¡Déjame, que tú no sabes lo que ha hecho esta tonta! —refunfuñó Rafael, soltando la vara—. ¡Ha regalado nuestro tocino a un arriero costeño que venía vendiendo higos y que, según ella, era el Largo Mayo! ¿Qué vamos a hacer ahora cuando apriete el hambre en la siega?

Eduardo Chola, al comprender la magnitud del chasco y la confusión lingüística de María, no sabía si echarse a llorar con su amigo o soltar una carcajada ante semejante despropósito.

En la tienda del Cebollón, el relato de Castro terminó entre las risas y el jolgorio de los presentes.

La historia, real o imaginaria, quedó suspendida en el aire como una advertencia sobre los peligros de tomarse las cosas al pie de la letra y la dureza de la vida rural. En Ventas de Zafarraya, donde el invierno es largo y el mayo todavía más, aquel suceso se convirtió en un símbolo de la ingenuidad y de la picaresca que, de vez en cuando, lograba burlar la vigilancia del más previsor de los gañanes.

José Antonio Ruiz Reina

Maestro jubilado y escritor

Redacción

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