José Luis Abraham López: «El lastre del idioma»

El uso que muchos hablantes hacen de nuestra lengua transforma el español en un divertido y desconcertante ficcionario, una mezcla de invenciones, adaptaciones y malentendidos que reflejan la creatividad y flexibilidad del lenguaje.

La destreza con la que algunas personas conducen su conocimiento de la lengua para adaptarla a realidades o para contar experiencias resulta tan estimulante como desconcertante. Tan es así que no es desatino definir su habilidad de acuerdo con herramientas de percusión. El empleo de una u otra define su carácter y su estilo, a lo que también contribuye la condescendencia de la RAE a la hora de incorporar nuevas palabras al Diccionario de la lengua española.

Mazo, martillo, punzón, taladro, cincel o cortafrío pueden dar una pista de su aplicación al mundo de las artes y las letras. Propias de la artesanía y del trabajo manual, estas herramientas pueden vincularse de manera simbólica con el empleo correcto o desviado que ampliamos a la expresión verbal, sugiriendo la capacidad del hablante para perforar, esculpir o dar forma a nuevas realidades comunicativas.

Algunas palabras que tachábamos por incorrectas adquieren ahora la vitalidad normativa que les concede su uso extendido. El italianismo buseca (guiso a base de mondongo), chuteador, repentismo (arte de improvisar versos), el lusismo sambar (bailar samba), valemadrismo (actitud de indiferencia o desinterés), chundachunda para la música machacona de intensa percusión, machirulo (para la actitud machista de ciertos hombres)… Parece ser que el único requisito para su incorporación es que la palabra propuesta tenga un uso suficientemente amplio y permanente.

Todos conocemos individuos que conservan su apego a una incorrección. Por exagerada que esta sea, la mantienen firme, ya sea por costumbre o por creerse del todo correctos en su empleo. A colación de esto, recuerdo que durante los años que estuve de inquilino en un piso en plena judería de Córdoba, en cada ocasión en que el casero venía a cobrar el alquiler no perdía ripio en recordar sus muchos años trabajados en uno de los polígamos de la ciudad nazarí. Al principio me hizo gracia, pero conforme repetía una y otra vez la misma palabra con tan desviado desatino me fui preguntando cuántos lustros (lejos del lustre académico) y cuántas veces llevaba el hombre sacando pecho de haber trabajado en lo que cualquiera entendería como un espacio donde predominan empresas del sector secundario o terciario. Y, si añadimos más grano a la paja, no fueron escasas las ocasiones en las que, con su genuina inocencia, el propietario siguió dando mazazos al castellano, aludiendo al mismo término en presencia de su esposa e hija, atrayendo mi atención en la misma medida que erraba por completo el sentido.

Habrá quien entienda que este fenómeno, personalizado en nuestro protagonista, supone un lastre; otros opinarán que, más que confundir, enriquece el idioma, mostrando su capacidad para reinventarse y ajustarse a diversas realidades.

Con su locuacidad insufrible iba el señor taladrando nuestra lengua en sentido contrario al espíritu de la Academia: su resistencia al cambio en el empleo que particularmente daba a nuestro idioma. En su convencimiento, no sería yo quien rompiera en pedazos su manual de uso, porque de su vida personal poco sabía, de modo que no estaba en mí juzgar a alguien que, tal vez, estuvo aplicando la pluralidad de cónyuges con el consentimiento de su santa esposa y su bendita hija.

José Luis Abraham López

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