¿Qué hacer en una ciudad que encierra en su área metropolitana casi la totalidad de la población de España?
Todo dependerá del tiempo que uno tenga y, si llega en un crucero, eso es lo que le faltará en esa inmensa urbe plagada de atractivos y en constante mutación gracias al mar que es de donde extrae la mayor parte de la superficie para seguir creciendo a base de transportar grandes rocas, inmensos muros de contención y mucha tierra: lo extraordinario es la rapidez con la que esas actuaciones parece que han estado ahí desde tiempos inmemoriales y apenas pasó un lustro desde mi escala en Narita. La flamante terminal de cruceros y los aeropuertos son un claro ejemplo de esas mutaciones urbanística y el resto de la verticalidad y los escalextric son la constante en la actual capital japonesa.

Si uno quedó atado con las excursiones del propio crucero verá que, a veces, la falta de puntualidad de la gente sea también la causa de la mayor parte del tiempo; pero si uno va por libre, nada más bajar del navío se encamina hacia el metro que está a poco menos de 200 metros y, por un precio japonés, pero aceptable para cualquier economía, alcanzará todo lo que quiera hacer y con una tarjeta multiviaje logrará cubrir todos los trayectos posibles que pueda realizar en 24 horas, sólo tendrá que controlar el tiempo para regresar a bordo y evitar la desagradable sorpresa de quedarse tirados en tierra.
“Si todo fuera una película, este tour sería su mejor resumen: un viaje al corazón palpitante de la ciudad entre emperadores, templos e impresionantes vistas. Desde la elegancia del Palacio Real, pasando por el caos místico de Asakusa y hasta llegar a la Torre de Tokio”, la Eiffel que también desafía al cielo a miles de kilómetros de París.

Esta es la propaganda con la que te venden el paseo de siete horas. Suena bien y de ahí que un buen número de autocares enfilara la excursión de “lo mejor de Tokio” pero hay algo que nunca pisarás: ni las puertas del Palacio Real que se divisa a lo lejos en un frondoso bosque, como mucho te acercan hasta el puente de doble arco que será imposible pasar por motivos de seguridad y el foso lleno de agua que preserva la muralla palaciega. Apenas quince minutos de paseo y regreso al autobús para seguir disfrutando el paisaje urbano a través de las ventanillas. El gancho del enunciado de la propaganda ha servido para la clásica foto y el inmenso parque público prolijamente preservado.
De nuevo en movimiento, una pequeña panorámica del Central Park [Shinjuku Egoen National Garden] con árboles majestuosos y los ginckos dejando caer su otoñal ropaje para seguir hasta el concurrido Santuario Meiji Jingu y continuar con el de Senso-ji con un gigantesco farolillo rojo, a modo de bienvenida, estamos ante el Templo más antiguo de la capital nipona y en donde nos dieron una hora de asueto para disfrutar de un ambientes festivo y cientos de kimonos, en algunos casos, familias enteras de hasta cuatro generaciones que acudían a los templos del lugar; el sintoísta más modesto, quedaba casi anulado ante la suntuosidad de las instalaciones budistas que ya muestran su espectacularidad con el Kaminarichon o Puerta del Trueno, estamos accediendo a un inmenso sector donde se conservan con solera los tradicionales paisajes urbanos que a veces sólo vemos en el séptimo arte.

El templo budista era el más concurrido, incluso con colas para entrar en el templo principal previo paso por taquilla. Impacta el fervor y la devoción ejercida en un gran silencio. Por doquier, jardines, esculturas, restaurantes y el sorprendente bullicio de una de las zonas comerciales más variopintas de Tokio. Caminar y descubrir rincones sorprendentes a través del laberíntico y, a veces, caótico mundo de las tiendas. Digamos que ante lo apretado del programa fue la mejor parte de la visita a la capital y las casi siete horas de excursión estaban a punto de agotarse, algo que sucedería tras la subida a la icónica Torre de Tokio tras un paseo de autobús de poco más de media hora.

La cola para el ascensor y ¡hala, al mirador! No aconsejable para los que padecen vértigo, viaje rápido y gestionado por unas simpáticas japonesitas que de la manera que iban vestidas no desentonarían en los Carnavales de Alhama, pero allí sorprendía su sonrisa y su buena gestión del servicio encomendado: ascensores siempre llenos y ni uno más de los permitidos; un problema para aquellos que viajan en manada y siempre quieren estar juntos porque siempre están pensando en perderse.
Desde el Mirador de la Diamond Tower tenemos la inmensidad de la capital y, a lo lejos, el mítico Monte Fuji: una vista de ensueño para un día realmente bien aprovechado; lo único que faltó fue tiempo. Podemos colegir que la intensa jornada fue gratificante y ahora entiendo el atractivo de Asakusa y el río Sumida.





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