En un sendero, intercambio unas palabras con una joven: “En China aumentaron los divorcios y separaciones, durante el confinamiento en las viviendas, a causa del covid”. La joven me responde: “Y en España también”. Le contesto: “Está demostrado que cuando el hombre está trabajando fuera, hay menos discusiones en casa…”. La joven entonces se dirigió a las amigas que iban detrás de ella: “Este hombre parece un machista”.
Me quedé sorprendido por esta acusación sin fundamento y le dije: “Y a mí que más me da que trabaje el hombre o la mujer, ya sabemos que las mujeres también trabajan fuera de casa”. La joven entonces reculó, “Es que yo pensaba…”. Esta simple conversación da idea de hasta dónde está llegando la estupidez, intercambias unas palabras y a la más mínima te insultan. Primero, disparan y luego preguntan.
Un día fui a hacerle una visita de cumplimiento a un antiguo conocido, octogenario y enfermo. Me llevó a un bar y, poco después, hablando de un antiguo juicio de un familiar me dijo que los propietarios pueden vender la propiedad cuando tiene un usufructo. Yo tenía mis dudas y le dije que lo buscaría. Pero él insistía en que se podía vender la “nuda propiedad” aunque, poco después, sostenía lo contrario con la misma vehemencia. Y así estuvo un rato como quien desarrolla una tesis (apenas pisó la escuela), aparte de que solo hablaba él y no me dejaba intervenir en el tema.
Pero en un momento dado, yo no recuerdo lo que dije, me soltó a bocajarro: “¡Tú no estás bien de la cabeza!”. Yo estaba cansado de la conversación de arriero que tenía, el caso es que me levanté de la mesa como un resorte y le dije: “Vengo a verte para estar un rato contigo y ahora te pones a insultarme, también llevas un rato dándome clases de derecho cuando yo he aprobado cuatro cursos en la facultad, con becas… Intento conectar contigo pero veo que no merece la pena”. Se lo dije de carrerilla y él aguantó el chorreo, pero no se disculpó: “Yo es que me expreso así, anda siéntate”, me dijo, mirándome. Me senté por no dejarlo plantado y aguanté otro poco antes de irme un tanto frustrado.
Cuando lo saludé, lo acompañé por la calle un trecho y entonces me encontré con un matrimonio con el que mi esposa y yo estuvimos juntos en un viaje por Madrid y algunos pueblos de la provincia, hace poco más de un año. Cruzamos unas palabras de cumplido y al minuto se despidieron sonriendo. Se ve que no tenían nada que decir. En un rato me llevé dos chascos seguidos, pero uno tiene que proseguir su camino. Reflexionando días después, me di cuenta de que el octogenario no tiene maneras en el trato pero quizá no lo hace con intención, pues él solo quiere hablar. Pero debe dejar que el interlocutor se exprese y sobre todo tratarlo con respeto. Hay otros que, además de que no te dejan hablar, no les interesa tu opinión, es que ni te escuchan.
Seguidamente, fui a un bar cercano y encontré a un escritor conocido que estaba desayunando. Apenas nos habíamos tratado, pero hace unos veinte años me defendió frente a las críticas de otros, por un artículo que publiqué en un periódico. Esto no lo hace todo el mundo. Lo saludé y estuvimos hablando de algunos escritores y gente conocida de Granada, el caso es que teníamos opiniones parecidas a pesar de que somos de ideologías opuestas. Disfruté con la breve charla que mantuve con él, como si fuéramos dos antiguos amigos.
Como lo llamaron al móvil, aproveché para acercarme a la mesa del escritor Carlos Asenjo, con el que no hablaba desde este verano en Guadix. Estaba leyendo el periódico, pues se quita las gafas y lo acerca a los ojos. Ambos nos alegramos cuando nos vemos, pues hablamos con franqueza y para mí es como el maestro al que va a visitar el alumno. Carlos Asenjo cumplirá cien años en 2028, pero eso no le impide acudir casi a diario a su tertulia con los amigos, donde hablan de cultura, de política o de lo que venga a mano. Poco después llegó su hijo a recogerlo. En poco más de media hora pasé unos momentos agradables y esta es la vida, no sabes lo que te vas a encontrar a la vuelta de la esquina. Uno se hace unos planes pero a veces la realidad los trastoca.
Hablan dos amigas por el móvil y una le decía a la otra: “Es que el otro día mi hija te estaba contando la operación que le hicieron, pero tú le dijiste que tenías que hacer la comida mientras que ella no tenía nada que hacer. Pues no le sentó bien”. La respuesta de la amiga: “No, eso no fue así, eso es mentira, yo le dije que…”. La otra entonces alzó la voz: “Pero, si yo estaba allí y oí la conversación por el altavoz del móvil”. El caso es que ya se pusieron a discutir acaloradas y ninguna se avino a razones, hasta que cortaron la conversación por el móvil. Y de un tema sin mayor importancia, surge una discusión entre amigas que rompe una amistad de años por una palabra de más. Y eso, ¿quién lo arregla después?
Hay un sabio refrán chino que dice: “Cede y vencerás”, o este otro que aconseja no ponerse a la altura del que discute. Las relaciones entre las personas son complicadas, pero a veces las complicamos más, con frases o palabras inoportunas, con gestos de ira o de soberbia, con sobreactuaciones o haciéndonos los ofendidos… Con los años y con los fracasos vamos aprendiendo a lidiar en las plazas, dando capotazos a unos o no entrando al trapo. Un tono de voz más alto, un gesto displicente o una palabra de más suponen una discusión y en el peor de los casos la perdida de una amistad.
Hay que ser flexible y, en vez de dar un portazo, mejor es dejar la puerta abierta al diálogo, a la rectificación y, por qué no, a la disculpa. Hace unos días le llamé la atención a un amigo y él se quedó mirándome, como diciendo, ¡parece mentira! Al final terminamos dando un paseo y contándonos nuestras cosas, como cuando éramos niños. El fallo está en que cada día nos encerramos más en nosotros mismos y no escuchamos al que tenemos enfrente, ni nos ponernos en su lugar.





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