Leandro García Casanova: «La aventura del Domingo de Ramos»

El Domingo de Ramos salió un autocar del Polideportivo de Armilla con cuarenta senderistas y la ruta que se presentaba era de Cádiar a Murtas, unos veinte kilómetros. Pero no podíamos imaginar lo que nos esperaba aquel día primaveral de finales de marzo, de 2010.

El autocar enfiló la Autovía Bailén-Motril y, media hora después, dejó atrás el pantano de Rules. Parece un chiste, pero lo cierto es que construyeron el pantano y se “les olvidó construir las acequias de riego”, por lo que toda el agua embalsada se pierde en el mar, aunque en Granada parece que ya estamos acostumbrados a estos desaguisados. El vehículo enfiló por la vieja carretera de la Alpujarra, mientras veíamos al fondo la Sierra de Lújar. En cambio, a mano izquierda, podíamos admirar el río Guadalfeo, en su tramo final, que llevaba bastante caudal por el deshielo. Un poco más allá se encuentra asentado en la llanura Órgiva, con sus esbeltas torres gemelas de la iglesia, mientras iban desfilando ante nuestros ojos los pequeños pueblos blancos, con el topónimo de origen árabe, diseminados por las laderas de Sierra Nevada: Cáñar, Soportújar, Carataunas, Almegíjar, Notáez, Cástaras, Lobres, Yegen, Mecina Bombarón… Al contemplar estos antiguos pueblos moriscos desde la lejanía, los convierten en uno de los más bellos paisajes de España,

Tras las intensas lluvias del invierno, algunas laderas de las montañas habían cedido a la presión del agua y habían invadido, en algunos tramos, hasta la mitad de la carretera. En cada curva había desprendimientos de tierra y era un verdadero peligro circular en aquellas circunstancias. En más de una ocasión, contemplamos asustados que la mitad del asfalto se había hundido, dejando una enorme zanja capaz de tragarse a cualquier vehículo, y el peso de un autocar podía provocar una tragedia en cualquier momento; o bien que había un metro de carretera sin asfalto, porque había cedido el terreno. Nos preguntábamos atónitos cómo era posible que los guías del sendero nos trajeran por aquí y no hubieran tomado la otra carretera, que era más segura, la que va por Lanjarón, Pampaneira, etc. Es más, el Domingo de Ramos no había ninguna máquina retroexcavadora trabajando y quitando la tierra que invadía la carretera, ninguna señal que advirtiera del peligro inminente, cuando tenían que haberla cerrado al tráfico pues un desprendimiento de las laderas podía provocar una tragedia en cualquier momento. Los vecinos de los pueblos se habían dado cuenta del peligro y apenas transitaban vehículos, pero ningún responsable de Tráfico adoptó la más elemental precaución ante la amenaza evidente de desprendimientos. ¿Quién se iba a atrever a conducir de noche, en aquellas condiciones? Yo tenía la impresión de que viajábamos por una carretera de Afganistán o de Nepal y que estaba viviendo una verdadera aventura, lo raro es que no hubiera ocurrido alguna desgracia o que los medios de la provincia no se hubieran hecho eco de las malas condiciones y del peligro para conducir por la carretera de La Contraviesa.

Cuando divisamos el pueblo de Cádiar, respiramos aliviados pensando que de buena nos habíamos librado, pues aquel episodio no se vivía todos los días. Con todo, hubo senderistas que no fueron conscientes del peligro que nos acechaba, es más, parecían divertirse con los baches, con el asfalto cortado en la carretera porque se había hundido, y no se daban cuenta de que en cualquier momento el autocar podía despeñarse por la ladera abajo. Desayunamos en Cádiar, pasamos por la ermita de San Blas y dejamos atrás el viejo cementerio, poblado de cipreses, alque veríamos horas después a lo lejos, durante gran parte de la etapa. Todo fue subir y bajar montañas, por aquellos terrenos abruptos, sufriendo el cansancio en las subidas y lo penoso en las bajadas. Pero las vistas que ofrecía el paisaje, con Sierra Nevada al fondo, eran impresionantes, todo un espectáculo: la nieve en las cumbres de la Sierra mientras que en las laderas destacaban los pequeños pueblos blancos… A mitad del camino se nos unió un enorme mastín, que se encontraba junto a unos viñedos, pero asustaba nada más verlo. En cambio el perro era bastante pacífico, al principio nos seguía de lejos pero luego fue tomando confianza y se unió al grupo como uno más.

Entre almendros y vides, llegamos a lo alto de La Contraviesa, a unos 1.200 m. de altitud. Aquí encontramos un bonito chalé, donde viven una noruega y un holandés, con varios coches y cinco perros que les sirven de protección en este paraje tan aislado. Un perro negro, de menor tamaño, persiguió al viejo mastín, que salió huyendo y ya no lo vimos más. Yo temía por la suerte de aquel pobre animal, cuando llegáramos a Murtas y nos montáramos en el autocar. Entonces tendría que regresar a su guarida de noche, a unos quince km de distancia. El holandés había salido y la mujer se ve que estaba tomando el sol completamente desnuda, según dijeron los primeros senderistas que llegaron al chalé. Rápidamente, ella se puso una bata y a continuación nos explicó el significado de varias esculturas, que había hecho su marido, y que se hallaban diseminadas por el terreno: un armatoste de hierro, como una colmena con celdas, representaba la vida en la ciudad; otra escultura era una silla de bronce y del asiento sobresalía un enorme falo. En este punto la noruega, de unos cincuenta años y de aspecto hipy, ya no supo darnos una explicación convincente, pero tenía muchas ganas de hablar, quizá por la soledad de aquel paraje. Varios senderistas aprovecharon y se hicieron una foto junto a la silla fálica.

Poco después bajamos por una ladera muy pronunciada y luego subimos por un terreno bastante abrupto, donde apenas se podía pasar por los árboles y los matorrales, lo que provocó que algunas mujeres protestaran al guía. Después, el sol y las cuestas hicieron muy penoso el ascenso, pues varias senderistas se quedaron exhaustas y sin agua, por lo que tenían que descansar con frecuencia. Repartí agua a varias de ellas y un guía me dio una pastilla de glucosa, que me reanimó bastante. Después de un descanso subimos por el monte hasta la fuente de Mecina Tedel y, unos km más adelante, llegamos por fin a Murtas, famosa por su vino y sus trovos. Desde su collado (a 1.200 m de altitud) se puede contemplar el Mar Mediterráneo, pero esa tarde había neblina en el horizonte. El guía no calculó bien y nos hizo andar más km de la cuenta, durante más de seis horas de camino: convirtió el Domingo de Ramos en una aventura y casi en un Viernes de Pasión. El regreso lo hizo el autocar por Pampaneira y Lanjarón, porque circular por la carretera de La Contraviesa era un suicidio.

Desde 1996 hasta el año 2010, aproximadamente (fueron los años en los que participé), la Diputación de Granada, a través del Área de Deportes, patrocinó la actividad deportiva, Caminando por senderos de Granada. Copio del cuadernillo que nos entregaron, sobre la historia del programa 1996-2001: “El sendero de Gran Recorrido GR-7es el tramo español del Sendero E-4 que, procedente de Grecia, atraviesa Europa y entra en España desde Andorra por Cataluña. Atravesando las Comunidades de Cataluña, Valencia y Murcia…”. De manera que un domingo al mes, unos once autocares salían del Polideportivo de Armilla con destino a otras tantas rutas, por la variada y sin par geografía de Granada. Era un espectáculo ver saliendo de la explanada a tantos autocares, a las ocho de la mañana, más que en la Estación de Autobuses Granada. Andábamos cerca de veinte km o más, y a veces veníamos reventados de subir y bajar montes o de caminar por veredas, pero el deporte al menos nos mantenía en forma y a la vez pasábamos media jornada con los compañeros de fatigas. Antes del regreso, pasábamos media hora en algún bar de pueblo, echando unos tragos y comentando las incidencias. Era una forma de hacer deporte y cultivar amistades, hasta que en 2010 la Diputación dijo que no subvencionaba el deporte a los quinientos senderistas que sudábamos la camiseta los fines de semana, mientras le subía los sueldos y dietas a los diputados y cargos de confianza. Años después los ayuntamientos de los pueblos empezaron de nuevo a subvencionar los senderos de los domingos, a los adultos y mayores, por lo que continuamos en la brecha y es de agradecer.

Los guías pertenecían alClub la Verea”, de Churriana de la Vega, eran buena gente y unos profesionales, entre ellosestabaelmaestro, Manuel Varo Sánchez, que editó precisamente el libro «Caminando por senderos de Granada», donderecoge la experiencia de aquellos años de senderismo y va detallando las rutas, leyendas y paisajes de la provincia.

Leandro García Casanova

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