Copio este párrafo del reportaje de Laura Mesonero Ortiz, en La Razón, del pasado 26 de enero: “La psicología dice que las personas que crecieron en las décadas de 1960 y 1970 aprendieron nueve lecciones de vida que ya no se enseñan. Aunque no todo fue mejor entonces, algunas de aquellas lecciones merecen ser revisadas por su impacto duradero en la forma de afrontar la frustración, la incertidumbre y la adversidad. Las fortalezas mentales de las personas de esa época son muy raras según la psicología. La infancia de aquellos que nacieron en la década de 1960 y 1970 no tiene nada que ver a la de los niños de hoy en día y probablemente nada que envidiar tampoco”.
Entonces jugábamos al churro, media manga, manga entera (en Castilléjar se decía mangotero), la comba, el escondite o el dopi (el potro), como pasatiempo en los barrios, bebíamos agua de los caños, pasábamos los inviernos alrededor de una mesa camilla o íbamos a la tienda. Mi madre me mandaba al tendero y yo le decía: “Póngame usted un kilo de azúcar de terrones”. La tenía suelta en un cajón y la echaba en un cucurucho de papel de estraza, y en casa me gustaba comer a escondidas aquellos dulces terrones de azúcar. Y para merendar, pan con aceite y azúcar, pan untado con manteca de cerdo o con una “jícara” de chocolate Lloret, de Villajoyosa (Alicante), que traía cromos del mariscal y héroe alemán, Erwin Rommel. Pero fue aparecer la televisión a finales de los cincuenta y se acabaron los corros y las tertulias. Mi madre solía sentarse a la puerta de la casa, con varias vecinas, en las cálidas noches de verano a ‘cascar’, como ellas decían. Recuerdo que un vecino colocaba la televisión en la ventana y allí nos juntábamos ocho o diez entre chicos y grandes, sentados en sillas de anea, para ver aquellas series americanas que tanto nos gustaban: El túnel del tiempo, Los intocables, Ironside, El fugitivo y otras.
La citada periodista asegura en el reportaje que, “Acudir a un psicólogo era de locos, no había actividades pensadas para que los niños pudieran desarrollar sus habilidades y apenas había margen de mejora. En los colegios no utilizaban unidades didácticas y en la mayoría de familias ‘la letra con sangre entra’ era el mantra de estudio. Ni horarios, ni filtros. Sin embargo, pese a ser generaciones supervivientes, adquirían fortalezas mentales que son ahora cada vez más escasas”.
Entonces no sabíamos lo que eran los sicólogos ni las unidades didácticas, las familias eran pobres, también había más niños en la calle y menos control de los padres y maestros. Apenas teníamos juguetes y por eso éramos más creativos. A mí me echaron el Día de Reyes una pistola del oeste, con su funda, aquello fue lo más grande para mí, mientras que los niños de hoy tienen muchos juguetes, que les regalan en diferentes épocas del año. Al tener más donde elegir pierden pronto el interés por ellos y les reduce la creatividad. Entre los años cincuenta y setenta había cuatro o cinco niños en las casas, jugábamos al fútbol en la calle, incluso rompimos algún cristal de la ventana de algún vecino. También jugábamos con varas a los espadachines, a tirotearnos con las pistolas, o bien al escondite, con latas redondas de sardinas grandes hacíamos braseros para calentarnos en la escuela.
La primera lección del reportaje: “El aburrimiento como motor de la creatividad. Las largas tardes sin planes ni estímulos fueron una constante. No había campamentos, ni actividades organizadas, ni entretenimiento inmediato. Ante el aburrimiento, la respuesta era simple: buscar algo que hacer. Crear juegos, inventar historias o construir mundos imaginarios desarrolló habilidades mentales que la estimulación constante dificulta”. Al principio me aficioné a no ir por las tardes a la escuela y con un amigo íbamos a bañarnos al río. El maestro se quejó y recuerdo que un día mi padre me llevó con la correa en la mano, por las calles, hasta que me dejó en la puerta de la escuela. Ya no hice más novillos, como decíamos entonces cuando nos saltábamos las clases. Salvo las horas de escuela, la mayor parte del día la pasábamos en la calle jugando o haciendo travesuras. Años después me aficioné a la lectura con los tebeos de El Capitán Trueno, leyendo los escasos periódicos que mi padre recibía en la cartería o algunos libros que tenía.
La segunda lección: “Aprender a convivir con el fracaso. Fracasar no se maquillaba ni se amortiguaba. No había premios de consolación ni discursos motivacionales. El mensaje era claro: perder forma parte de la vida. Esa preparación emocional se tradujo en una mayor capacidad para recomponerse ante reveses en la vida adulta”. Digamos que en nuestra infancia se hacía la santa voluntad de nuestros padres, lo demuestra la alta tasa de niños que abandonaban la escuela porque preferían enviarlos a trabajar al campo, de manera que se convirtieron en mano de obra barata. Los más pobres tuvieron que ir a coger esparto a los cerros y en los años sesenta se produjo una fuerte emigración en Andalucía hacia Cataluña y Europa. Lo poco que había en casa tenías que compartirlo con tus hermanos y no había la sobreprotección que vemos hoy con los hijos, entonces la vida era más dura, había menos oportunidades de progresar, por lo que teníamos más capacidad de sufrimiento y de resignación ante las frustraciones y adversidades. Nuestros padres vivieron la posguerra y en las casas había muchas carencias.
La tercera. “La paciencia como parte del día a día. Esperar era inevitable. Para comprar algo había que ahorrar, para ver un programa había que aguardar una semana y para encontrar información era necesario acudir a la biblioteca. Aquella espera constante fortaleció funciones ejecutivas clave como el autocontrol y la perseverancia”.
Hoy parece que la publicidad lo pone todo al alcance de la mano, vemos que muchos padres les dan todo a sus hijos… Niños de tres y cuatro años jugando con el teléfono móvil de sus padres, para que se entretengan y no molesten. En 2018, recuerdo que una madre le compró un móvil de 600 euros a su hijo de catorce años. Los créditos al consumo y los embargos por impagos de hipotecas se disparan, porque muchos no se privan de nada y son unos irresponsables. Por no hablar de los okupas. Antes, si querían comprar una televisión, una moto o un frigorífico tenían que pagarlos al contado o firmar doce, veinticuatro o más letras. Y uno piensa, ¿qué va a ser de esta sociedad, de estos jóvenes cuando venga una época de escasez o de de crisis…? Aunque me sorprendió la solidaridad y el esfuerzo desinteresado de los miles de jóvenes con los afectados por la Dana de Valencia. Digamos que antes había más formalidad y las leyes eran más severas.






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