Montaje navideño junto al monumento al flamendo en el paseo del Violón ::A. ARENAS

Pedro López Ávila: «Transformación de la Navidad»

No vendría mal que echemos una miradita, de vez en cuando, hacia dentro de nosotros mismos, aunque sea de reojo

Nos encontramos, cuando escribo estas líneas, en el centro de la celebración de La Navidad, uno de los acontecimientos más importantes que se han producido en la historia de la humanidad, particularmente, para el mundo cristiano y occidental, pues marca el inicio de la redención humana, en donde Dios entra en la historia de los hombres y de las mujeres que habitan la Tierra para salvarnos.

Con la conmemoración de esta buena noticia, nuestras calles se han llenado de luces, los escaparates de los comercios también han transformado sus vitrinas con adornos de todo tipo: vinilos, guirnaldas, música de villancicos y, en fin, todo tipo de elementos sensoriales que sirven para seducir a la gente y venderle emociones; por otra parte, estas festividades conllevan en sí misma pantagruélicas comidas y bebidas, cuyos orígenes se abrazan a tradiciones paganas (bacanales o dionisíacas). Sin embargo, lo más destacado en estos días es el ritmo frenético de muchas personas por dar un buen tajo a las tarjetas de crédito; el impulso irreflexivo a la compra y el sentimiento de urgencia con que apremian las ofertas, no hacen sino desvirtuar el sentido primigenio que había en la conmemoración de la Navidad, De esta manera, se deforma el reflejo del corazón cristiano, al menos eso me parece a mí. Además el estrés al que se enfrentan los consumidores –en la constante y rápida toma de decisiones para las compras– contribuye considerablemente a achicharrarles el cerebro y a dejarles exhausto el bolsillo. Así que, no vendría mal que echemos una miradita, de vez en cuando, hacia dentro de nosotros mismos, aunque sea de reojo.

Belén lumínico en Puerta Real ::A.A.

En este sentido me gustaría comentar una circunstancia excepcional que pude observar pausadamente unos días antes de Nochebuena en la puerta de un centro comercial de nuestra ciudad. Verán: salí apresuradamente al recibir una llamada de un hijo mío y, mientras hablábamos, dirigí la mirada hacia un lado y pude comprobar cómo un joven extranjero había establecido su cuartel general en la puerta del citado establecimiento. Es decir, se había recostado sobre la pared, bien ataviado para guarecerse del frio con su chaquetón grueso de color gris que parecía cálido, pantalones anchos y desgastados, aunque sin rotos y unas botas que sepa Dios de dónde las habría sacado, si bien parecían resistentes. Por encima se cubría con un par de mantas deshilachadas y un poco raídas.

Su aspecto no era como el típico indigente de barbas y greñas enredadas, profundamente desaliñado, brutal y terco que, cuando no se les recompensa como ellos creen merecer, suelen devolver una retorcida mirada acompañada de una retahíla de imprecaciones que, a veces, se les escucha con claridad. Muy al contrario, este joven parecía un romántico inglés del siglo XIX defensor de las libertades o un descendiente de una casa noble de Londres. Sus modales eran exquisitos y cuando miraba nada había en sus ojos y estaba todo en ellos como en las órbitas de las estatuas, aunque su apariencia fuera rudimentaria y tosca. Junto a él su perrito de tamaño mediano, al que cobijaba una y otra vez con otra manta para que no pasara frío. Seguramente este hombre era consciente de que el único ser viviente sobre la faz de la Tierra que no le habría fallado nunca en la vida era su sabueso; por esto, tanto esmero, tanto cuido y tanto amor.

Ambiente navideño en el entorno de la Fuente de las Batallas ::A.A.

En el centro de la escena y en otra manta, sobre la que se sentaba, había un platito de plástico pequeño para que los que entraran o salieran de las agobiantes compras, contribuyeran a «su descuidada economía». Antes bien, lo que verdaderamente me conmovió fue que este joven indigente estuviera leyendo un libro mientras esperaba pacientísimo que la moneda cayera sobre el pequeño recipiente. Solamente levantaba la vista del libro, cuando oía el sonido del efectivo para agradecer, con sonrisa no aprendida y gesto reverencial, a cualquiera que le aportara lo imprescindible para vivir. Me acerqué, le dejé un par de monedas y sus ojos brillaron con mística claridad. Estaba claro, que este chico era distinto y no se podía incluir entre los perdedores del mundo, especialmente, por una sola cuestión: leía, circunstancia esta que es crucial, pues permite al ser humano la supervivencia como herramienta defensiva en un mundo cada vez más manipulable y superficial.

Volviendo a la transformación que está sufriendo el sentido conmemorativo de esta festividad, habría que decir que Michel Onfray, escritor francés –claramente ateo– sostiene que Occidente sucumbirá cuando sucumba el cristianismo, cuyos valores se refieren históricamente a los valores derivados de las enseñanzas de Jesucristo basados en el Nuevo testamento. Entre sus enseñanzas éticas y morales figuran: estar siempre al lado de los derrotados, de los desheredados sociales, de los débiles, de los oprimidos y de todos aquellos que reclaman para sobrevivir el amor la paz y la justicia, incluida a extraños y a enemigos y, por descontado, sin esperar ningún tipo de recompensa. Como eje vertebrador del cristianismo actúa el amor que, a fin de cuentas, es la mayor revolución moral y social que pueda producirse en cualquier tiempo.

[NOTA: Este artículo de Pedro López Ávila se ha publicado en la edición impresa de IDEAL Granada, correspondiente al martes, 30 de diciembre de 2025, pág. 22]

Pedro López Ávila

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