A veces, las paredes del aula se quedan pequeñas. Como maestra, siempre he creído que la verdadera educación es aquella que sale por la puerta del colegio, cruza la calle y se mancha las manos con la realidad de su barrio. Y eso es lo que ha ocurrido estos días con nuestra visita a Motril Acoge. una visita que ha nacido entre pupitres y que ha terminado llenando las despensas de la solidaridad en nuestra localidad.
Mientras jugábamos a descubrir el mundo de los restaurantes, entre menús y comandas de papel, surgió una duda de esas que te encogen un poquito el alma pero te ensanchan la mirada: ¿Qué pasa con los comedores sociales? ¿Hay personas que de verdad no pueden pagar su comida de cada día? Ese fue el «clic». Lo que empezó siendo un ejercicio de clase sobre hostelería se convirtió en un viaje de descubrimiento hacia la realidad de nuestros vecinos.
Gracias a nuestra seño Maru descubrimos a la asociación Motril Acoge y nos pusimos en contacto con ella. Esta entidad, que lleva desde 1992 siendo el puerto seguro de tantas personas en nuestra costa, nos enseñó que la solidaridad no es una palabra de diccionario, sino una acción que se cocina a fuego lento. Aprendimos que allí no solo se ofrecen clases de español o asesoría legal; se ofrece dignidad. Se ofrece la seguridad de que, cuando llegas a un lugar nuevo con la maleta llena de miedos, habrá alguien que te diga: «Estamos aquí».
Así que decidimos realizar una recogida de alimentos no perecederos en nuestro producto final y donarlos a esta asociación que tanto está haciendo, transformando el esfuerzo de los alumnos en ayuda directa para quienes más lo necesitan.

Pero la lección no terminó en la donación. La asociación nos abrió sus puertas de par en par, ofreciéndonos la oportunidad de vivir una jornada con ellos. Y allí, los alumnos dejaron de ser espectadores para convertirse en testigos de la solidaridad en movimiento. Pudimos ver cómo llega el camión cargado de alimentos, ese motor que mantiene viva la esperanza. Con los ojos muy abiertos observamos el ritual de preparación: cómo se seleccionan los productos, cómo se organizan las cajas con mimo y cómo se registra a cada familia, dándole un nombre y un lugar, nunca un número. Han comprendido que detrás de cada caja de alimentos hay una historia, una lucha y, gracias a Motril Acoge, una esperanza y una ayuda. Ver sus caras al entender que nuestro proyecto estaba ayudando a que esas cajas se llenaran, no tiene precio.
Volvimos a clase con las mochilas rebosantes, no de fichas rellenas ni dibujos coloreados, sino de la semilla de la bondad. Ver a los peques observar con respeto y ternura me confirma que la Educación Infantil es el terreno más fértil para sembrar justicia social. Hoy, sus manitas no solo han aprendido a contar o a clasificar alimentos; han aprendido a sostener la realidad de su ciudad.

Gracias a esta asociación por abrirnos sus puertas y a este proyecto por recordarnos que, para cambiar el mundo, primero hay que aprender a mirar al vecino. Porque un Motril más humano no se construye en los libros, se construye en el corazón de estos niños que hoy, mejor que nadie, saben lo que significa compartir de verdad.






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