Granada, y Andalucía en general, suelen honrar la memoria colectiva a través de sus calles, plazas y centros educativos. Basta recorrer el mapa urbano o el listado de institutos de enseñanza secundaria para comprobarlo: Federico García Lorca, Severo Ochoa, Mariana Pineda, Ángel Ganivet, Padre Suárez, La Madraza; nombres de santos, órdenes religiosas y referencias literarias, históricas y devocionales abundan en nuestro sistema educativo. Sin embargo, en esa extensa nómina de homenajes hay una ausencia tan llamativa como injustificada: Emilio Herrera Linares, el ingeniero granadino más importante de la historia de Andalucía, no da nombre a ningún instituto de enseñanza ni de investigación en su propia ciudad ni en su comunidad autónoma. Lamentablemente, vuelve a cumplirse el viejo dicho de que nadie es profeta en su tierra.
La pregunta es inevitable: ¿cómo es posible que Granada y Andalucía hayan olvidado a Emilio Herrera en su sistema educativo y científico?
Emilio Herrera nació en Granada en 1879. Ingeniero militar, científico, inventor e intelectual, fue un pionero mundial de la aeronáutica y la astronáutica. En los años treinta diseñó la primera escafandra presurizada de la historia, antecedente directo de los actuales trajes espaciales y reconocida como tal por la NASA. Diseñó y dirigió el laboratorio y túnel aerodinámico que servirían de semilla para la creación del Instituto Nacional de Técnica Aeroespacial (INTA). Fundó y dirigió la primera Escuela Superior de Ingenieros Aeronáuticos de España. Impulsó la primera empresa de transporte aéreo del país, Transaérea Colón, basada en dirigibles y concebida para unir Europa y América mediante travesías atlánticas. Fue miembro de varias Reales Academias y recibió numerosas condecoraciones nacionales e internacionales. Sus investigaciones sobre vuelos estratosféricos, fisiología humana en grandes alturas y navegación aérea se adelantaron décadas a su tiempo. No es exagerado afirmar que, de haber nacido en Estados Unidos o Alemania, hoy su nombre estaría ampliamente presente en museos, centros tecnológicos y manuales escolares.
Y, sin embargo, en Granada y en Andalucía apenas se le conoce.
Mientras tanto, la ciudad cuenta con múltiples centros educativos que llevan el nombre de Federico García Lorca, figura universal e indiscutible de nuestra cultura. Lorca merece todos los homenajes, pero la reiteración de los mismos referentes revela un problema más profundo: una tendencia a recordar siempre a las mismas figuras y a olvidar otras igualmente universales, pero más incómodas. En ese sentido, Emilio Herrera debería ser considerado el Lorca de las ciencias para Granada y Andalucía.
Porque Emilio Herrera no fue solo un científico. Fue también un intelectual comprometido y un republicano leal a la legalidad democrática, obligado al exilio tras la Guerra Civil. Desde Francia continuó su labor científica, desarrollando proyectos visionarios sobre satélites artificiales, viajes a la Luna y envío de sondas a cometas, y llegó a ser presidente del Gobierno de la República Española en el exilio. Quizá ahí resida una de las claves de su prolongado olvido: la incomodidad de la memoria.
España, y Andalucía en particular, han tenido históricamente dificultades para integrar a sus científicos en el relato público. Se celebra al poeta, al artista, al santo, al militar glorioso o al mártir religioso, pero el ingeniero, el investigador y el innovador quedan relegados a un segundo plano. Si además ese científico fue republicano, exiliado y difícil de encajar en un relato neutral o desideologizado, el olvido y el sesgo ideológico terminan imponiéndose sobre una figura que es, ante todo, universal.
Andalucía necesita, además, una transformación profunda hacia la ciencia, la industria y la innovación tecnológica como palancas del cambio económico, social y de sostenibilidad. En Granada se da una paradoja evidente: una universidad con un alto nivel de excelencia en el conocimiento teórico, pero incapaz de generar un tejido industrial y empresarial innovador que lo acompañe. Los principales motores económicos siguen siendo el funcionariado, el turismo y la agricultura, una estructura que limita el desarrollo a largo plazo.
Resulta especialmente paradójico que, en un momento en el que tanto se habla de fomentar vocaciones STEM —ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas—, no se utilicen referentes locales de primer nivel para inspirar a las nuevas generaciones. ¿Qué mejor ejemplo para un estudiante granadino o andaluz que saber que desde esta tierra se concibieron los primeros trajes espaciales del mundo y se impulsaron las primeras empresas de transporte aéreo de España?
Nombrar un instituto de enseñanza o de investigación Emilio Herrera no sería solo un gesto simbólico. Sería una declaración de intenciones. Sería afirmar que la ciencia también forma parte de nuestra identidad cultural, que la innovación no es ajena a Granada ni a Andalucía y que el talento no solo se expresa en versos, sino también en ecuaciones, diseños y experimentos.
La proliferación de nombres religiosos o tradicionales en centros educativos responde más a inercias históricas que a una reflexión consciente sobre los valores que queremos transmitir hoy. No se trata de eliminar esos nombres ni de abrir una estéril guerra cultural, sino de ampliar el panteón de referentes y, de paso, construir una marca de excelencia vinculada a la innovación científica y tecnológica plenamente identificable con Granada y Andalucía. Se trata de equilibrar la balanza entre literatura y ciencia, entre fe y razón, entre pasado repetido y futuro posible.
Otras ciudades lo han entendido ya. Institutos y universidades llevan los nombres de Marie Curie, Alan Turing, Severo Ochoa o Ramón y Cajal. En Granada y Andalucía, sin embargo, Emilio Herrera sigue siendo una figura casi clandestina, conocida solo por especialistas o por quienes tropiezan con su historia por casualidad.
Ha llegado el momento de corregir esa anomalía. Nombrar uno o varios institutos de enseñanza o de investigación con el nombre de Emilio Herrera no reescribe la historia, pero sí la completa. No borra a Lorca ni a otros referentes, sino que los acompaña. No sustituye la tradición, sino que la enriquece.
Granada y Andalucía no solo fueron cuna de poetas y místicos. También lo fueron de científicos que soñaron con el cielo… y más allá. Reconocer a Emilio Herrera en la educación y la investigación, públicas y privadas, sería un acto de justicia histórica, pero también una inversión simbólica en el futuro.
Porque lo que una ciudad y una comunidad deciden recordar dice mucho de lo que aspiran a ser.

Juan Gerardo Muros Anguita
Presidente Asociación Científica Emilio Herrera Linares ACEHL (www.acehl.org)
Doctor en Física y Matemáticas por la UGR
Ingeniero Aeronáutico Superior por la UPM
Executive-MBA por el IE de Madrid
Máster en Astronomía y Astrofísica por la VIU





Deja una respuesta