En estos días de Navidad, es inevitable recordar el espectro de las Navidades pasadas. Y aparte de recuerdos familiares, folklóricos o gastronómicos, la inclinación profesional me lleva a temas lingüísticos y literarios.
Antes del elfo que hace travesuras a escondidas de forma silenciosa o de la famosa onomatopeya de Papa Noel (¡Jojojo!), la Navidad también era una oportunidad para adquirir competencia lingüística y literaria. No había Navidad que no empezara con el envío de una felicitación navideña, después llamada christmas con la invasión de los anglicismos. Incluso nuestros familiares semianalfabetos escribían: “Te escribo estas cuatro letras para desearte Felices Pascuas y próspero Año Nuevo…”. “Pascuas” o “Próspero” eran algunas de las palabras que no escucho hoy en ningún contexto. Quizás porque la prioridad ahora no es prosperar sino algo mucho más desmesurado. Incluso los villancicos, con sus letras absurdas a veces, también nos enseñaron vocabulario (aguinaldos, anafre, arrullo, delirio, fulgurar…), juegos de palabras y recursos literarios de todo tipo (chiquirriquitín; yo me remendaba, yo me remendé). Y por supuesto, reflexiones profundas al ritmo de una pandereta como el que deslumbró a Pedro Antonio de Alarcón en su niñez: “La Nochebuena se viene, la Nochebuena se va y nosotros nos iremos y no volveremos más”. Así lo recoge en La Nochebuena del poeta, un cuento imprescindible para Navidad. En cualquier caso, todo ello era uso y reflexión sobre la lengua.
La Navidad terminaba con la ansiada carta a sus majestades. Tras el encabezamiento de “Queridos Reyes Magos” se sucedía una lista interminable de peticiones que en la mayoría de los casos no eran escuchadas. Y así era como los niños, sin darnos cuenta, aprendíamos la estructura de la carta, buena letra, limpieza y presentación, ortografía, puntuación, riqueza de vocabulario, cortesía verbal y una sucesión de asíndeton o polisíndeton.
Esto sí que era competencial. Aglutinaba conocimientos y habilidades que se aplicaban y utilizaban en situaciones reales. Que te trajeran el juguete deseado dependía del buen comportamiento y las buenas notas y de “saber escribir” una carta. Menudo desafío.
No sé si los niños escriben cartas en la actualidad. Me temo que no. No es necesaria la paciencia o la espera hasta el final de la Navidad si están recibiendo regalos desde finales de noviembre. Todo gracias a la incorporación de la Navidad comercial y consumista americana.
Me comentan algunos adolescentes que ellos no felicitan, como mucho en Año Nuevo. Y esto es un ejemplo de cómo la cortesía y la competencia lingüística de niños y adolescentes van mermando. Los mayores tampoco hacemos mucho más. Escribimos frases típicas y reenviamos mensajes de humor. Algo es algo.
La Navidad es un paréntesis de tiempo libre apropiado para reuniones, juegos, lecturas y cine. Y en todo esto tiene cabida el uso de la lengua y el acercamiento a la literatura de forma lúdica.
De la competencia lingüística del resto del año hablaremos en otro momento. Por ahora, solo me queda pedir a los Reyes Magos más expresión oral y escrita para comunicarnos, más lecturas para comprendernos, más lenguaje no verbal para abrazarnos y más diccionarios para encontrar palabras y significados exactos. Quizás pequeños y mayores tropecemos alguna vez con las palabras PAZ, AMOR, SALUD y las cuidemos de verdad. ¡FELIZ AÑO! ¡FELIZ DÍA DE REYES!
[NOTA: Este artículo de Dori Delgado García se publicada en la edición impresa de IDEAL Jaén, correspondiente al martes, 6 de enero de 2026, pág. 19]
Dori Delgado García






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