Ramón Burgos: «Desavenencias»

¡Lo siento –“es un decir”–, pero no puedo quedarme callado: sé que en toda sociedad democrática, el desacuerdo no sólo es inevitable, sino necesario, pues es el motor del pensamiento crítico, el espacio donde se confrontan ideas y se construyen consensos. Sin embargo, en la España actual, ese desacuerdo parece haber mutado en algo más áspero: un combate constante que erosiona la convivencia y debilita los puentes que sostienen lo común.

No hablo únicamente de la política institucional, donde –“Dios nos coja confesados”– el enfrentamiento forma parte de su particular “juego”. La tensión ha permeado también en entidades sociales, asociaciones e incluso en ámbitos donde, hasta hace poco, predominaba la cooperación. Lo que antes eran espacios de encuentro se han convertido, en muchas ocasiones, en trincheras ideológicas. Y en ese tránsito, hemos perdido matices imprescindibles inherentes a la socialización.

Entended –entiendo– que el problema no es que existan posiciones distintas –“están hasta en la sopa”–. El problema es la dificultad creciente para reconocer legitimidad en la postura del otro. Se discrepa, sí, pero ya no se escucha. Se responde, sí, pero no se dialoga. Y así, el desacuerdo deja de ser fértil para convertirse en ruido.

Los partidos políticos, sin duda, tienen una responsabilidad ineludible –“son de puño cerrado”–. Su discurso, cada vez más orientado a la confrontación, actúa como espejo y amplificador de esta dinámica. Pero no son los únicos. También las organizaciones sociales y, en última instancia, cada uno de nosotros participamos –consciente o inconscientemente– en este clima de polarización.

Quizá convenga preguntarse qué tipo de sociedad queremos construir –“estar al loro”–. Una en la que prevalezca la lógica del enfrentamiento permanente, o una en la que el desacuerdo sea compatible con el respeto y la búsqueda de puntos en común. Recuperar ese equilibrio no es tarea sencilla, pero sí imprescindible.

Porque una sociedad que sólo sabe discutir, pero no sabe escucharse, corre el riesgo de fracturarse –“cantar las cuarenta”–. Y reconstruir lo que se rompe siempre es más difícil que haberlo cuidado a tiempo.

Ramón Burgos Ledesma

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