Os aseguro que ha sido una de las experiencias más satisfactorias de mi vida –por mor de la Fundación Andaluza de la Prensa y la Fundación la Caixa–: poder hablar de periodismo y comunicación –junto con otros compañeros de profesión– con los alumnos de cinco centros escolares, sabiendo, ante todo, que podíamos llenar sus mochilas de libros, actividades y expectativas, pero que nuestra misión primordial era enseñarles valores.
Estábamos seguros que el respeto, la empatía, la responsabilidad o la solidaridad no se aprenden de forma automática; se adquieren con el ejemplo y con el tiempo. Los jóvenes observan constantemente a los adultos, y de nosotros depende que aprendan a tratar a los demás con respeto o, por el contrario, normalicen la falta de consideración y el egoísmo.
Sin embargo, con frecuencia se dejan estas responsabilidades únicamente en manos de la escuela. Y –lo mantengo con toda vehemencia– esto es un error, un desacierto propio de dictaduras tercermundistas que se acerca al “adoctrinamiento”. La familia es el primer lugar donde los niños aprenden a convivir, a compartir y a comprender que sus acciones tienen consecuencias. Los centros escolares pueden reforzar este “ministerio”, pero difícilmente podrá sustituir el papel de su entorno más cercano.
Formar a los jóvenes para que sepan escuchar, dialogar y respetar las diferencias no sólo mejora la convivencia, sino que construye una sociedad más justa y más humana.
Por todo ello, estoy convencido de que educar en valores no es un complemento de la civilidad, sino su base. Si queremos un futuro mejor, debemos empezar por transmitir hoy, a ellos antes que a nadie –sin excusas ni pretextos–, los principios que guiarán su manera de vivir y de relacionarse con los demás.





Deja una respuesta