Lo aprendí hace muchos años: para embarcarse en una aventura hay que contar con los medios económicos y sociales imprescindibles. No basta con el entusiasmo ni con esa mezcla de valentía e inconsciencia que solemos “romantizar” cuando hablamos de quienes “lo dejaron todo”. De otra forma, lo que puede pasar es que nos estrellemos en un embarrado charco antes siquiera de haber visto el mar.
Navegar –la palabra lo dice– implica un puerto de salida, una nave en condiciones y provisiones suficientes. Nadie zarpa en una tabla carcomida confiando solo en el viento. Sin embargo, en nuestra cultura se insiste en que el mérito reside únicamente en lanzarse, como si calcular los riesgos fuera una forma de cobardía y no de inteligencia.
No se trata de negar el valor de los sueños ni de resignarse a una vida inmóvil. Se trata de reconocer que la libertad de elegir caminos arriesgados es, en sí misma, un privilegio. Para muchos, la prioridad no es descubrir nuevos horizontes, sino mantener a flote la embarcación cotidiana: pagar facturas, cuidar a otros, sostener rutinas que no admiten tormentas.
Quizá la verdadera valentía no consista en aventurarse a toda costa, sino en saber cuándo se tienen –y cuándo no– los medios para hacerlo. Porque una peripecia fallida no siempre deja sólo anécdotas: a veces deja deudas, cansancio o la sensación amarga de haber confundido el deseo con la posibilidad.
Al final, embarcarse no es huir ni lanzarse sin mirar. Es prepararse, elegir, aceptar lo que se pone en juego. Y entonces sí, cuando el barco está listo y la marea acompaña, soltar amarras con la serenidad de quien sabe que la aventura no empieza con el salto, sino mucho antes, en silencio, mientras se reúne todo lo necesario para no naufragar en el primer oleaje. ¡El coraje, sí, pero también el colchón!





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