No es la primera vez que escucho la perorata de “tú no eres de aquí”, espetada sin ton ni son por aquellos que mantienen su “limpieza de pertenencia” –algo que, probablemente sin conocer sus consecuencias, llevan a los últimas extremos de una raza obsoleta y socialmente peligrosa–. Sucede en las localidades pequeñas –y no tan pequeñas– donde está incrustada una forma de opacidad que no procede de lo misterioso ni de lo esotérico, sino de lo cotidiano. Podríamos llamarla “ocultismo social”: un entramado de silencios, sobreentendidos y poderes informales que organizan la vida colectiva sin necesidad de declararse.
En estos entornos –con estos López–, la transparencia aparente convive con una reserva profunda. Todo parece saberse –quién es quién, de dónde viene cada familia, qué ocurrió hace veinte o treinta años–, ciertos episodios del pasado, conflictos familiares o injusticias conocidas quedan suspendidos en una especie de limbo narrativo: todos los recuerdan, nadie los menciona. No se trata sólo de miedo; también opera un instinto conservador… Se mantiene que nombrar lo incómodo implicaría reabrir fracturas que podrían desestabilizar la convivencia diaria, basada en la proximidad inevitable.
Pero lo verdaderamente significativo es que, en este entorno, rara vez se formula nada de manera directa. Se insinúa, se rodea, se delega al rumor. El chisme funciona como un sistema de circulación de información y también como mecanismo de control. Quien se desvía de lo esperado descubre pronto que la sanción principal no es legal, sino reputacional.
Aquí, la autoridad no necesita formalizarse porque se sostiene en la costumbre y en la dependencia mutua. De este modo –piensan–, la estructura oficial puede cambiar sin alterar demasiado el equilibrio real.
Sin embargo –estad seguros–, este ocultismo tiene un coste: dificulta la rendición de cuentas y el cambio, perpetua desigualdades, encubre abusos menores y desalienta a quienes llegan de fuera o piensan distinto.





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