Pasa cuando opinar sustituye a escuchar. Y es que me estoy cansando –¿aburriendo?– de esta “época” donde la opinión circula más rápido que el conocimiento, donde el llamado “síndrome del sabelotodo” se ha vuelto casi un rasgo social. Sé que no se trata de una enfermedad, sino de una actitud: la convicción de saber siempre lo suficiente –o más que los demás– sobre cualquier asunto.
Quienes la padecen –habitantes de los más diversos sectores sociales: empresarios, periodistas, políticos, comunicadores…, a quienes, a pie de calle se les llama sabiondos, pedantes, repipis, sabidillos– rara vez dudan en corregir, sentenciar o monopolizar la conversación. Para ellos, escuchar se convierte en un trámite, y aprender en una amenaza. Paradójicamente, esta seguridad suele convivir con lagunas de información o con una comprensión superficial de temas complejos.
Sin ton ni son, pero indiscutiblemente, las redes sociales han amplificado este fenómeno. Premian la contundencia sobre la matización, la rapidez sobre la reflexión. En ellas, admitir “no lo sé” parece debilidad –parece perdida de autoridad– cuando, en realidad, es el punto de partida de cualquier conocimiento serio. En tiempos de tertulia permanente la seguridad aparente gana terreno a la duda razonable.
Sin embargo, conviene evitar la caricatura. A veces detrás del sabelotodo hay inseguridad, necesidad de reconocimiento o simplemente un hábito comunicativo aprendido en entornos competitivos. No siempre hay arrogancia consciente.
Además, el problema no es sólo individual, sino colectivo. Cuando todos hablan y pocos escuchan, el diálogo se empobrece y la deliberación pública se vuelve ruido. Recuperar la curiosidad, la duda y la humildad intelectual, virtudes hoy escasas, quizá sean una forma sencilla –y urgente– de mejorar nuestra convivencia.
La empatía, la promoción de los valores, la tolerancia y el aprendizaje continuo no pueden dejar de ser objetivos propios de nuestro devenir. Porque saber mucho es valioso; creer que ya se sabe todo, no.





Deja una respuesta