Vista de Granada, de Manuel Ángeles Ortiz. Colección de la Diputación de Granada.

‘Vista de Granada’, de Manuel Ángeles Ortiz, en la colección de la Diputación de Granada

A veces uno hace descubrimientos sorprendentes. Es lo que me pasó con esta pintura de Manuel Ángeles Ortiz que hoy les presento. Había visto otras suyas, como alguna de la serie Paseo de los cipreses o de la dedicada al Albaycín. Incluso, me había impresionado una de las que forma parte de su personal Homenaje a El Greco, porque de las tres series hay lienzos en el Museo de Bellas Artes de Granada. Cómo no, conocía, asimismo, su cartel para el Festival de Cante Jondo que Manuel de Falla, Federico García Lorca, Hermenegildo Lanz, Ignacio Zuloaga y otros muchos intelectuales y artistas habían promovido en la plaza de los Aljibes de la Alhambra en 1922, en pleno apogeo cultural granadino. Pero esta Vista de Granada (o Paisaje granadino), muy posterior, la encontré en el catálogo de la exposición Manuel Ángeles Ortiz en Granada que se pudo ver en el museo citado entre junio y septiembre de 1998. En la página 56 del mismo se reproduce a color y se indica que es un óleo sobre lienzo de 81 x 100 cm., realizado en 1963, cuando el pintor se acercaba a los setenta años, y que forma parte de la colección de la Diputación de Granada.

Partiendo de esa escasa información empiezo un periplo que me lleva a conocer in situ la pintura, que decora uno de los despachos del edificio de la Diputación en la calle Periodista Barrios Talavera, es decir, de la sede principal de la institución provincial granadina. Al ser así, parecía difícil lograrlo; sin embargo, la amable predisposición de los gestores y del personal de esa institución han hecho posible que la disfrute, frente a frente, durante el tiempo suficiente como para poder escribir unas palabras de esta obra tan atractiva y especial pintada por quien estuvo entre los más interesantes creadores españoles del siglo XX, jienense de nacimiento y granadino de adopción.

Podríamos dividirla en cinco espacios: en uno, situado del centro hacia la izquierda, vemos la Alhambra, destacando tres de sus torres, las almenas (redondeadas) de sus murallas y el palacio de Carlos V con su patio circular. Al lado, del centro hacia la derecha, el Albaicín, conformado por multitud de casitas blancas iguales, dos torres como de iglesias en el extremo y también unas almenas (triangulares) detrás de todo el conjunto. Debajo de ambos espacios, es decir, aparentemente “delante”, una extensión boscosa de árboles que a priori no podemos identificar. Por encima o, lo que es lo mismo, “detrás”, la Vega con sus cultivos, reducida aquí a cuadrados y rectángulos verdes o azulados con gruesos puntos muy oscuros y, entre ellos, un terreno marrón con los mismos puntos. Arriba o, mejor, “al fondo”, una franja de montañas que parece cerrar la Vega.

Reconozco que había algo que me extrañaba: la ausencia de Sierra Nevada, porque es uno de los elementos paisajísticos más característicos de nuestra tierra. Pero no hay duda, aquí no está. Fue el joven historiador granadino Fernando de Luis quien me indicó el lugar desde el que podía estar captada la vista: la Silla del Moro o un punto muy cercano a ella, por lo que me desplacé hasta allí para comprobarlo. Y, en efecto, desde este lugar, por encima de la Alhambra, se ve Granada así: primero, como a nuestros pies, un bosque de pinos y otras especies forestales. A continuación, todo el conjunto nazarí y, a su derecha, el Albaicín. Detrás de ambos, la Vega y, a lo lejos, las montañas de las serranías que la delimitan, pero no Sierra Nevada, que queda justo a nuestra espalda y no la vemos.

Vista desde la Silla del Moro. D.M.E.

Incluso, desde ese elevado lugar, puede verse, en el interior del palacio de Carlos V, el gran patio circular que lo singulariza en el conjunto de la arquitectura palaciega europea, lo que no es posible desde otras perspectivas. De ahí que lo encontremos en la pintura: el cuadrado que encierra un círculo a la izquierda de las torres. También desde la Silla del Moro se pueden aventurar estas torres representadas, porque la primera, alta, de tonalidad clara y ocupando el centro de la pintura, podría ser la de Comares, de las pocas con almenas. Por detrás estarían dos de la Alcazaba, la Torre del Homenaje, en una tonalidad más oscura —asimismo, almenada— y, muy cerca, la Torre de la Vela, con su espadaña y un imaginario arco de herradura debajo. Es decir, los lugares más emblemáticos de la ciudadela nazarí, aquellos que mejor la representan.

Vista de Granada (Detalle de la Alhambra)

Entrando en las consideraciones estilísticas, la pintura tiene rasgos claramente cubistas, pese a ser de un momento tan avanzado del siglo XX. Esas casitas blancas del Albaicín y esos campos de cultivo de la Vega simplificados y reducidos a su esencia geométrica o los diferentes puntos de vista en la representación de los espacios de la Alhambra: las torres y murallas de perfil —vistos de frente— y el resto de pequeñas construcciones, así como el palacio imperial, desde arriba, rompiendo con la perspectiva única, tradicional desde el Renacimiento, que todo lo enseñaba desde el mismo punto de vista. Es el cubismo aprendido por su autor décadas antes en París, donde había conocido y entablado amistad con Picasso, Ismael González de la Serna, Juan Gris y otros artistas de la misma vanguardia. Pero un cubismo transformado por el largo tiempo transcurrido, el surrealismo —al que también se acerca en París— y las tendencias artísticas posteriores a la Segunda Guerra Mundial; en definitiva, un post-cubismo en el que, en palabras de Julián Gállego, “la geometría (…) toma aires infantiles de juego y de fiesta”, como en esos “racimos de casitas blancas y cuadradas”.

Vista de Granada (detalle del Albaicín)

Por último, los colores no solo sirven para identificar los diferentes lugares —el blanco del Albaicín, el marrón de la Alhambra y el verde de las zonas agrarias y boscosas o de los cipreses alhambreños—, sino que aportan un contraste cromático de perfecta armonía que hace la pintura muy atractiva. Sin duda, merece su ubicación en ese despacho tan importante de la Diputación, en la que, vuelvo a decirlo, tanto me han facilitado que pueda escribir unas palabras para que todo aquel que las lea conozca esta bellísima pintura de Granada, obra de quien hizo en ella sus mejores creaciones y que desde 1992, cuando fue adquirida en subasta, es de todos los granadinos.

Daniel Morales Escobar

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