Pedro López Ávila: A propósito de «La guerra que no quiero», de David Taranco

 

El gran mérito de esta novela, desde mi punto de vista, no lo he hallado en la historia que nos cuenta, por más sugestiva que esta sea, sino en la forma cómo la cuenta, y en la manera de cómo trabaja el lenguaje, algo que no se puede dejar relegado a un segundo plano; así como al torrente imaginativo que despliega, fundamentalmente, en el desenlace final que nos hace intuir la superioridad de la realidad sobre la fantasía.
Partiendo de un país cualquiera, de una ciudad cualquiera o de un barrio cualquiera, el narrador-protagonista o autobiográfico, un profesor de Historia del arte y Música, llega a conclusiones universales mostrándonos el sinsentido de la guerra que siempre se ceba contra los más indefensos: la población civil.

Además nos señala cómo los agentes de la destrucción provocan todo tipo de horrores, de deslealtades, de conspiraciones, de miseria y de espantos hasta llegar al sometimiento del ser humano por los grupos de poder.

En “La guerra que no quiero”, sobrevivir a ella es pasar por todas las gamas del dolor, por eso los protagonistas principales nunca aparecerán sobredimensionados, sino muy al contrario, los protagonistas engendran el volumen con sus propios pies, sin límites, y todo queda supeditado a la violencia y a la obediencia del grupo.

El narrador-protagonista, un profesor, mediante un monólogo interior nos introduce en su propia casa bombardeada de una ciudad cualquiera y nos dice: “las bombas han sustituido el ruido del tráfico rodado y la primera causa de muerte es el hambre y la enfermedad“.

Hay -continúa diciendo- decenas de inocentes asesinados, con un tiro de gracia por odios o envidias revestidos de sospechas. Concluye con gran sufrimiento expresando que él mismo puede incluirse entre los desgraciados, porque hace cinco días, un vienes , “un obús cayó en el jardín de su casa y acabó con la vida de mi mujer y mi hija“. Se le puede escuchar tan cerca al narrador que hasta parece que podamos sentir su dolor en nosotros mismos.

En su monólogo interior dice: “El recuerdo de ellas me entristece y pensar en futuro me horroriza. ¿Cómo voy a vivir yo sin ellas a partir de ahora? “La explosión hizo añicos mi vida con la misma virulencia que reventó la carne de dos inocentes“. Esta meditación la realizaba el profesor mientras observaba desde la ventana de su casa el panorama desolador de la ciudad: Los muertos, ya silenciados, se van enterrados a escondidas, y los vivos, aquellos que de momento se han librado de caer. también callan. Se silencian en vida para no morir.

A su vez, en escenarios distintos, posiblemente dentro del mismo tiempo interno, adquiere el papel de narrador omnisciente, en 3º persona, para ir introduciéndonos alternativamente en el motivo argumental de la novela. Si bien, está presente en esta vertiente narrativa, una especie de yo múltiple que habla; de un yo semioculto que habita en las partes más visibles de las escenas descritas.

Sin embargo, algo lo había mantenido en alerta, y que no comunicó a su mujer, unos días antes de la tragedia familiar: una compañera de la escuela le pidió que guardara unas llaves que le había entregado su hermano, un notable ingeniero nuclear, y que debería esconderlas hasta recibir instrucciones. Instrucciones que recibe en el mismo día, miércoles, en que comienza prácticamente el nudo de la narración. Tras cumplir la misión de entregar las llaves, va estructurando su relato en una serie de capítulos divisionales en donde los acontecimientos se van desarrollando con alternancias espaciales que permiten el salto de unas secuencias a las otras para, finalmente, unificarlo todo en un mismo escenario de una situación intemporal.

Decir, por otra parte, que las malditas llaves correspondían a un laboratorio donde se guardaba plutonio y uranio, con el objetivo de que el material no callera en manos de la insurgencia o de un grupo terrorista o de cualquiera sabe; independientemente de su costoso valor comercial. Todo esto, según los agentes del horror, para salvar la patria y preservar la paz en el mundo, en el ámbito de los intereses geopolíticos internacionales.
Entre tanto, se suceden múltiples sucesos, que el autor va relatando: el ensañamiento, la cobardía, la desolación, las ejecuciones, los acribillamientos, las indómitas y cruentas atrocidades cometidas por aquellos que sienten el poder y la fuerza tan solo por enfundarse un traje militar; llegar, incluso, a bombardear a los muertos que yacen sobre el asfalto de la calle. Matar otra vez a los muertos. Lo peor del ser humano que permanece como un mal endémico del hombre a pesar de todos sus avances técnicos-científicos.

Como indicábamos, el tiempo interno de la narración se desarrolla en los cuatro días que transcurren desde la mañana de un miércoles hasta la noche de un sábado, con una estructura divisional de los acontecimientos narrados (en ocasiones simultanea) , pero en distintos espacios de una imaginada ciudad, pero que hoy nos parece más viva y real que nunca.

Hablábamos al principio de cómo trabaja el lenguaje David Taranco. Entendemos que en su recreación del entorno, para ofrecernos ese clima ambiental de destrucción, no hubiera podido llevarse a cabo, sino por la naturalidad con la que roba todo espacio al artificio. Naturalidad que puede observarse también en sus diálogos, con veloces intercambios entre sus protagonistas, nunca reúne giros rebuscados, ni ornamentaciones innecesarias en sus descripciones, y la fluidez y abundancia léxica están siempre tocando un lenguaje coloquial como en la realidad de una conversación.

Pero lo paradójico de este realismo es que no entra en contradicción con la cuidada, precisa, esmerada, paciente y perfeccionista utilización del lenguaje con las que trata las descripciones de los personajes, o del paisaje urbano transitado o despoblado; o quizá, de la belleza natural del los montes al despintar el día. David Taranco cede la realidad del presente (en no pocas ocasiones) a una mirada interna trascendente. Con su aguda sensibilidad lírica consigue logros que alcanzan lo poético: imágenes retóricas, hallazgos verbales e imágenes oníricas, subordinadas a consideraciones íntimas de la existencia imbricadas en el dolor.

La facilidad con la que David Taranco novela su historia provoca en los lectores una reflexión sobre los comportamientos en la guerra.

Su historia no solo tiene un argumento, poseen también el calor de la existencia en las más difíciles condiciones de unos seres condenados a vivir en una guerra que no quieren.

Finalizar con las palabras que el autor pone en boca de uno de los personajes, el médico, que en un momento determinado del conflicto nos dirá: “unos y otros no hacen más que defender intereses siniestros” ¿Y yo qué diablos pinto aquí metido?”

Esta voz tan llena de actualidad que nos llega desde Tokio y que se presenta en Granada en contra de la guerra, con sus extraños intereses, no solo la hacemos nuestra, sino que esperamos que se amplifique por todos los rincones del mundo.

(NOTA:  Texto de Pedro López Ávila para la presentación de la obra de David Taranco en su presentación en Granada el miércoles, 22 de febrero, en el Cuarto Real de Santo Domingo, junto con la directora de editorial Dauro, Pilar Sánchez y el director del departamento de gestión editorial, José Miguel Montalbán).

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