Julio Grosso: «Dejarse llevar»

La mayor parte de la ciudadanía tiene escaso o nulo interés por los asuntos públicos y un conocimiento limitado sobre ellos. Algunos ciudadanos -cada vez menos- votan cada cierto tiempo, suelen dar opiniones más o menos articuladas en la sobremesa, y sobre todo, en la barra del bar con un gintonic entre las manos. Pero esas opiniones suelen ser, en lugar de juicios propios elaborados de forma compleja, el reflejo de multitud de mensajes, vídeos y titulares recibidos en el móvil, y de las consignas políticas que unos cuantos tertulianos y “opinadores” profesionales difunden noche y día en la televisión, las redes sociales y las emisoras de radio.

Esto ocurre en todo el mundo desarrollado desde hace décadas, aunque en España ahora nos pueda parecer más grave y peligroso. Muchos expertos en comunicación política tienen claro que la opinión pública es el resultado de una acumulación de argumentos y datos que llegan al ciudadano, debidamente destilados y simplificados, en forma de argumentaciones muy sencillas. El proceso de creación, emisión y difusión de esos “marcos” se denomina framing y es el fenómeno psicológico, lingüístico y sociológico más importante de la comunicación pública de las últimas décadas.

Es decir, la opinión de una población sobre un asunto concreto, por ejemplo el estado del tráfico en su ciudad, no depende de los datos estadísticos, cuantitativos y objetivos, sino sobre todo, del filtro interpretativo, del framing o enmarcado que los asesores y los interesados –gobiernos, partidos, patronal, sindicatos- hacen de esa realidad. Depende también de la manera de nombrar las cosas, mediante eufemismos, siglas y términos técnicos, y sobre todo, de la construcción de un relato, simple y emocional, que pueda resumirse mediante una frase, un lema o incluso una sola palabra.

Al escaso interés de la ciudadanía por los asuntos públicos hay que sumar también nuestra facilidad para olvidar y esto suele provocar que cualquier estrategia de comunicación política pretenda fijar a toda costa ese relato, simple y emocional, en el imaginario colectivo durante las semanas previas a unas elecciones. Para ello, lo habitual es repetir machaconamente una frase a modo de slogan y vincularla a uno o varios de nuestros fundamentos morales.

“Vivimos en una dinámica social perversa que no nos permite pensar. Y al no existir un espacio para la reflexión y el pensamiento crítico, nuestro cerebro no puede discernir, y nos resulta imposible discriminar entre lo bueno y lo malo, lo verdadero o falso, lo caro y lo barato…”

Según el psicólogo social Jonathan Haidt, profesor de la Universidad de Nueva York, existen cinco fundamentos morales universales que están en la base de nuestro comportamiento social en todo tiempo y lugar: protección de los nuestros y del prójimo, tendencia a la justicia en el reparto de los bienes comunes, aceptación de la autoridad, identidad o identificación con un determinado grupo y tendencia a la transcendencia. Haidt asocia los dos primeros al pensamiento progresista y los tres últimos al conservador. Aunque todo esto es muy relativo.

Por otro lado, y de forma simultánea, la mayor parte de la ciudadanía no tiene tampoco criterios propios sobre lo que necesita comprar para vivir. Qué comer, qué vestir, adónde viajar o cómo entretenerse los fines de semana. Y pocos ciudadanos -cada vez menos- poseen juicios formados, propios e independientes, y tienen claras cuales son sus prioridades en la vida y en qué quieren gastarse su dinero.

Por todo ello, miles de agencias y especialistas en marketing de todo el mundo intentan colocarnos a diario sus estrategias de publicidad y los maravillosos productos de sus clientes, apelando directamente al universo de nuestras emociones y deseos más íntimos, creándonos continuamente falsas necesidades y mitificando el poder de las marcas, los líderes, las tendencias y los grandes beneficios de la sociedad de consumo.

En tercer lugar, hemos aceptado un nuevo paradigma social dominado por las nuevas tecnologías y la cultura digital, donde impera la complejidad, la inmediatez y la apariencia. El acceso a una información global y a múltiples opciones donde elegir hace que todo acabe siendo complejo, desde lo más banal a lo realmente prioritario. Todo se mueve ahora mucho más rápido. Y tenemos la sensación de que cualquier tema debe resolverse de inmediato y parecer un gran logro personal.

Vivimos en una dinámica social perversa que no nos permite pensar. Y al no existir un espacio para la reflexión y el pensamiento crítico, nuestro cerebro no puede discernir, y nos resulta imposible discriminar entre lo bueno y lo malo, lo verdadero o falso, lo caro y lo barato. Todo ello en el contexto de una sociedad que prima el morbo frente al rigor, la consigna frente al conocimiento y el espectáculo frente a la inteligencia.

Finalmente, hay, además, un interés muy claro porque la gente se fanatice, que tenga un juicio cada vez más esquemático, superficial y rudimentario sobre la realidad. Un interés por una sociedad cada vez más dividida y colonizada ideológicamente. Un mundo donde triunfan los hooligans: los hinchas del fútbol y de la política, que siguen siempre los mismos programas de televisión y que comparten las mismas consignas en las redes sociales.

Los ciudadanos exigen saber. Demandan máxima transparencia en las instituciones y los asuntos públicos. Pero esto supone siempre una dosis considerable de interés, tiempo y trabajo. Decidir requiere esfuerzo y crea ansiedad. Pensar y elaborar juicios propios siempre ha resultado difícil y sospechoso. Paradójicamente, cada vez hay más personas ausentes de lo público, desconectadas unas de otras, absorbidas por su rutina diaria. Que no votan, ni tienen opiniones independientes. Cuando llegan a casa se sientan delante de una pantalla y ven pasar imágenes fuera de contexto: titulares, tertulianos, publicidad, memes y miles de vídeos banales. Se recuestan en el sofá y se dejan llevar. Es lo más cómodo. Y así nos va.

(Nota: Este artículo de Julio Grosso Mesa se ha publicado en las ediciones de IDEAL Almería, Jaén y Granada, correspondiente al día 2 de marzo de 2019)

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JULIO GROSSO MESA

Periodista y Profesor del

Departamento de Información y Comunicación

de la UGR. Autor de la tesis doctoral:

Ciencia en televisión: Las estrategias divulgativas del programa Redes 2.0 de Eduard Punset (TVE, 2008-2013) (.1673 Mb)

 

 

 

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