Rafael Reche: «Relato corto. Una rosa seductora»

El sol declinaba y su círculo dorado reverberaba sobre las líneas quebradas de las cumbres aún nevadas. Una tarde solitaria que no se detiene ni se demora hacia el ocaso, paseaba para revivir lo que nunca se destruye la belleza de los jardines del parque García Lorca, en una primavera aún distinta, marcada por una epidemia amortiguada.

Un lugar que me cautivó desde mi llegada a Granada, donde el agua canta en sus fuentes, donde el verde se divide entre plantas y árboles, donde el color del día salta al aterciopelado en cada atardecer, donde la calma se esparce entre fragancias de flores e hierbas aromáticas. Una isla callada, sin orillas, un surtidor de vida fresca anclada entre edificios de hormigón y el frenesís de los coches en la circunvalación.

Subía desde lo más hondo de mí, el caminar tan despacio, expulsando el tiránico estrés de todo el día. A cada paso se estirada los caminos de los floridos jardines, los pájaros trinaban en su ir y venir de los árboles. El sol de oro macizo palidecía en una Granada que no suena el viento como en mi Cádiz.

En un momento que mis pensamientos están suspendidos, algo me mira o lo miro. Captó mi atención una rosa que se mecía lenta como una pluma en su tatuado tallo de espinas. Sus pétalos delicados filtraban los fatigados rayos de un sol que se agotaba. Ella, una princesa en su castillo, esbelta y ligera, en la plenitud de juventud, permanecía ajena a las demás, huérfana en su propia hermosura. Me miraba, con dulzura envuelta en su vestido carmesí. ¡Tan bella! y ¡Tan sola!

La belleza de una rosa cautiva

La rosa, plena y sinuosa, cargada de luz, bajo un cielo inmenso, su llama iluminaba los ojos de los visitantes, como los ojos de un niño mendigo que demanda una sonrisa. Esta rosa, se adelantaba a las demás, nunca me había hechizado una flor como ella. Quizás, las rosas de este parque conservaban la magia de la poesía del poeta Federico, el embrujo de Granada y la ternura de la mujer.

Al acercarme aprecié su seductora aroma que atraía con un invisible código sexual. La seducción es un destino ciego que te abraza con un deseo inalcanzable, una dulce fiera que dejas que te atrape

Más allá, se despertaban las miradas de las otras rosas, asentadas en un mar hirviente bajo su propia cólera se agitaban desesperadas. El ruidoso tumulto sonaba como un torrente de agua desbocado. Sorprendido, ante tal escenario improvisado, nunca imagine: ¡Cuánta sensibilidad poseían las rosas!

El instinto inconsciente me llevó como imán hacia mi rosa huérfana y con suavidad agarré con los dedos su tallo. Estaba tan cerca que podía sentir el poder de su fragancia que me abría el reino secreto de las esencias de las rosas.

¡Llévame contigo! Una voz dulce sonó.

El sobresalto fue súbito, a mi alrededor no había nadie, solamente la rosa solitaria y sus compañeras cercanas agrupadas en el rosal. Con un tono bajo para que nadie me oyera y no pasara por un perturbado que hablaba solo, dije:

– ¿Quién me habla?

A través de sus pétalos abiertos como alas de mariposa unas débiles palabras llegaron a mi oído “Quiero ser libre y compartir mi efímera vida de flor contigo”

La sombra liquida del asombro cubrió mi semblante aún consternado me encontraba cuando a mi lado un coro de gritos resonó al unísono, surgían de las otras rosas:

– ¡Presumida!, ¡Orgullosa!, ¡Vanidosa! ¡Té odiamos!

Ante tal alboroto solo me quedo la salida de levantar la voz:

– ¡Silencio! ¿A qué viene tanta algarabía? y la calma retornó.

Giré la mirada a la rosa solitaria y observé que una pequeña gota como de rocío descendía por su verde y espinoso tallo. Ella, sufría de pena, aislada en su soledad, desnuda de amor, extendía su tristeza en lágrimas. Su lamento era mi lamento en realidad. La balanza de mi alma sensible reclamaba justicia, ante la frescura y belleza de una flor, con una corta vida. En la ciega batalla me encontraba cuando una fuerza oculta movió mi mano y corté la rosa.

Con la misma sensación de temor de niño después de una travesura, aceleré el paso en busca de la puerta de salida del parque, con la rosa sostenida entre los dedos. Me cruzaba con los paseantes y ellos me miraban, ocultaba el rostro porque en la cara se podía leer las inscripciones del hurto. El corazón palpitaba por salirse del pecho.

Al llegar a la verja de salida, el guarda quieto en un lateral como un soldadito de plomo, controlaba el trasiego de personas. Pensé que la aventura tocaba a su fin. Eludir al estricto vigilante suponía una misión imposible, ahora caminaba tan despacio como un felino se aproxima a su presa, mientras la mente bullía en buscar soluciones recurrentes que me volviese invisible. Miré a la rosa y estaba esplendía de felicidad, me colmó de la energía y el valor para continuar. Naturalidad y frialdad me propuse para abandonar el parque. El brazo opuesto al guarda lo coloqué extendido y pegado al costado, la rosa en el improvisado refugio, oculta a la vista.

Cuando alcance su altura, la voz del guarda sonó como un eco:

– ¡Oiga Caballero!

– ¡Tierra trágame! Pensé. Estaba claro que se dirigía a mí.

Me sentí un personaje empequeñecido que no sabía actuar y con la voz quebrada le respondí: ¡Dígame, Usted!

Él con un tono sereno y media sonrisa, me contestó:

– ¡Tenga cuidado de no caerse, lleva sueltos el cordón del zapato!

Una descarga de alivio recorrió el cuerpo y entonces lo inesperado surgió, la rosa con su voz aterciopelada le respondió:

– ¡Gracias señor, es usted tan amable!

Sentí morirme en ese instante. Entonces floreció una repentina aceleración en mis piernas que ya no caminaban si no corrían, como si me persiguieran perros de presa.

Una rosa en la ventana

El mañana fue el mañana que esperaba, su presencia cambió la vida de la persona quería y que me dio la vida. La rosa nació para dar amor. La vestí de un jarrón cristalino y la situé junto a la ventana donde el sol entraba con gusto, bajo la luz que da más luz, su belleza radiaba. Cada día, mi madre en una vejez que no tiene edad, contemplaba la rosa, su mundo reverdecía cuando le sonreía y olvidó que el reloj del tiempo roía su vida, minuto tras minuto.

 

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Rafael Reche Silva, alumno del APFA
y miembro de la JD de la Asociación
de estudiantes mayores, ALUMA.
Premiado en Relatos Cortos en los concursos
de asociaciones de mayores de las Universidades
de Granada, Alcalá de Henares, Asturias y Melilla.

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6 comentarios en «Rafael Reche: «Relato corto. Una rosa seductora»»

  • el 11 noviembre, 2021 a las 9:16 am
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    Desde luego ¡que belleza! Para describir el robo de la ROSA. Eres único pero me ha gustado

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    • el 17 noviembre, 2021 a las 6:46 pm
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      Amiga María Expósito, muy agradecido y encantado que te guste el relato. Un abrazo.

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  • el 11 noviembre, 2021 a las 10:28 am
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    Que vien lo escribes Rafa es verdad que las plantas hablan como los animales solo sí los tratas vien y le das lo suyo que es tratarlas vien como a las personas y aprendemos mucho bueno un abrazo.

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    • el 17 noviembre, 2021 a las 6:55 pm
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      Amigo Antonio, gracias por tu fidelidad de leer y comentar los artículos. Las plantas y en especial las flores me han gustado siempre y en mi casa las macetas forman parte del decorado, dan colorido y vida. Un abrazo.

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  • el 11 noviembre, 2021 a las 10:49 am
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    Un relato de excepcional calidad, rodeado de ternura y poesía. Presiento que con un profundo mensaje de amor y homenaje a quien le dió la vida. Rafa, sinceramente eres un excelente escritor que llega al corazón de nosotros. Mi enhorabuena.

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    • el 17 noviembre, 2021 a las 6:51 pm
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      Amigo Diego, gracias por tus palabras. Tengo la suerte de contar con mi madre, ella aunque distante porque vive en Cádiz siempre la tengo presente y en este caso, con una rosa. Un abrazo

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