Antonio Alaminos: «Ayudar a los mayores en verano»

En España, hay muchos mayores que no conviven con nadie. Y hay iniciativas sociales que pretenden que los adultos mayores aislados dejen de estarlo. Existen personas que van al encuentro de quienes están involuntariamente solos, para ayudarlos a restablecer sus lazos sociales y convencerlos de que son valiosos, de que le importan a alguien. ¿El mecanismo?

 

Los médicos de familia en los centros de salud, las parroquias, Cruz Roja y los trabajadores sociales, entre otros, pueden detectar los casos concretos y conectarlos. También los porteros de edificios, los comerciantes del barrio y, en fin, quienes tienen más roce diario con los mayores, pueden facilitar el vínculo. Cuando observan que a una persona mayor le vendría bien socializar, estar en compañía, a veces los mayores mismamente lo verbalizan, entonces se les puede preguntar si quieren que se les ayude. Si es afirmativo, se puede acudir a verla para conocer su situación, sus necesidades afectivas, su historia de vida, sus expectativas, y con esa información se pueden buscar a personas voluntarias afines y que vivan cerca. Con ellas pueden quedar para tomar el café, para dar un paseo, para charlar…, en fin, lo que harían dos amigos, pues de eso se trata. Qué estén hidratados y coman correctamente según sus necesidades.

Además, se invita a las personas mayores a las actividades de apoyo y socialización en su barrio: meriendas, encuentros vecinales, visitas culturales, talleres, etc. De manera que al final, además de cultivar esa amistad, conocerán a más personas y vivirán experiencias estimulantes, significativas. Se trataría de poner en marcha un programa de acompañamiento afectivo y colaborativo, sobre todo en los días de verano, tan solitarios en pueblos y más en las ciudades.

Y están, por supuesto, los vecinos. Al adulto mayor que mantiene más autonomía, se le puede crear una red de cuatro o cinco vecinos con los que puede quedar de manera flexible en su entorno. La intención es que salgan juntos a hacer gestiones, participen en actividades sociales o culturales, conversan por teléfono regularmente… La idea es generar una socialización, y posteriormente vincular ese grupo a otros más.

Cuando, tras ese compartir, la persona mayor vuelve a casa y cierra la puerta, puede dar otro día por realmente vivido. Con experiencias así, el problema de la soledad queda bastante atenuado, pero no desaparece. Persiste el límite de la intimidad, la frontera que toda persona tiene en derredor y que solo los familiares suelen traspasar para cuidar de su ser querido. La persona sola tiene necesidades más allá de las afectivas, urgencias relacionadas con la higiene o el propio acto de preparar la ropa y vestirse. Los amigos y los vecinos pueden echar una mano con las comidas y recoger los medicamentos en la farmacia, pero no ayudan, por ejemplo, en la ducha. Estas necesidades las deben cubrir las administraciones públicas o servicios privados.

Por supuesto, quedar para un helado, para ir a correos o para charlar se agradece. Pero si una mano está dispuesta a ayudar y mojarse a cualquier hora y en cualquier contexto, suele ser aquella que comparte la misma sangre del ayudado. Volvemos, pues, invariablemente al núcleo, a la necesidad de la familia… Normal que, de allí donde falte, la prensa saque de vez en cuando titulares tristes. Y lo que se trata es que eso no ocurra, que reine una vivencia humanizada. ¿No les parece?

Cordiales saludos a los lectores y lectoras de IDEAL en Clase.

 

Ver artículos anteriores de

Antonio Alaminos López,

maestro retirado

 

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