Fresneda no era malo, era un niño de unos ocho o nueve años. El sábado era el día en que su padre le daba una paguilla de manera que, si después de comer no había aflojado la guita, Fresneda le daba un toque: ¡Papá, que hoy es sábado! Y su padre, haciéndose el remolón, le respondía: ¡Ya lo sé, hombre! Entonces se estiraba hacia atrás con aires de suficiencia y se hurgaba en el bolsillo del chaleco, hasta que encontraba una de aquellas monedas agujeradas de dos reales, que valdría tanto como un chavico (la moneda de menos valor, el ochavo) en tiempos de Boabdil el Chico.
El sábado se celebraba el mercadillo en el pueblo y para Fresneda era el día más feliz de la semana, pues, con aquella moneda pequeña bailando en el bolsillo de sus pantalones cortos, él se sentía alguien importante. Podía ir a la Plaza Mayor a echar un vistazo y elegir lo que quisiera, pero no saliéndose del presupuesto. Allí podía ver a Pedro el de las Ollas, al lado de su camión, con toda clase de cacharros de cocina, como sartenes, calderas, perolas, cazos, escudillas, botijos y platos de aluminio, desparramados por el suelo; y a otros vendedores con frutas del tiempo y legumbres. De los anejos acudían los campesinos para comprar lo necesario en el mercadillo, venían montados en burros con aguaderas y aprovechaban el viaje para llenar los cantaros de agua en los caños del pueblo. Todavía no había llegado el agua potable a los anejos ni la luz eléctrica, de manera que se alumbraban con candiles y carburos.
En su corta edad y con sus pocas luces, Fresneda había aprendido que sin los dos reales (equivalían a cinco perras gordas o la mitad de una peseta) no era nadie, pues no podía comprar nada y entonces tenía que irse al campo, a ver las vacas del tío Salomé, o meterse a escondidas en el bancal de Justillo, para coger aquellos peros tan gordos y tan ricos. Algunos sábados, por la mañana, Fresneda se acercaba al mercado del ganado, que tenía lugar enfrente de la taberna del tío Ramón, donde regateaban los compradores con los gitanos, apoyados en sus bastones: Trescientosreales por el burro y no se hable más. Pero, antes de cerrar el trato con un apretón de manos, el comprador le abría la boca al borrico y le miraba los dientes para calcular los años que tenía, de manera que parecía que el animal se estaba riendo. Al mediodía, cuando se marchaban unos y otros, dejaban el solar lleno de cagarrutas de los mulos y de los burros, y de las colillas de tabaco liado. Y después de echar un vistazo, el niño se tentó el bolsillo pensando que era su día, pero ignoraba que aquella tarde se iba a presentar algo ajetreada.

Había un camión de naranjas, estacionado en una esquina de la Plaza Mayor, y el vendedor que era de Caravaca, dirigiéndose a Fresneda, le dijo guiñándole un ojo: Cucha que te diga, chaval. Te daré unos cuantos kilos de naranjas si te subes al remolque del camión y me vas echando naranjas en la esportilla, conforme yo te vaya pidiendo. Fresneda, que era tímido, no supo decirle que no al murciano y de un brinco se encaramó en el remolque, que contenía una montaña de mandarinas. Allí se vio expuesto a las miradas de la gente, pero estando en el negocio –esportilla va y esportilla viene– llegaron Cachichi y el Mantas, que eran famosos por sus travesuras: Cuando nosotros te digamos, nos vas echando unas pocas, le dijo Cachichi a Fresneda, asomando la jeta por un hueco del remolque. Pero, ¿no ves que el tío está ahí y se va a dar cuenta?…, protestó el zagal. ¡Ca! ¡Ese ni se entera! Tú vas echando, de vez en cuando. Pero Fresneda se temía lo peor: ¿Y si me pilla? El otro lo amenazó: Tú verás lo que haces. El caso es que se vio acarreando naranjas con la espuerta al murciano y, cuando veía que estaba pesando con la romana, soltaba unas cuantas por encima del remolque, mientras oía que varios las cogían como fieras debajo del camión. ¡Echa otras pocas!, le decían los zagalitrones de vez en cuando.
En esto, las mujeres y los hombres que iban a comprar o pasaban por allí, sonreían al ver a aquellos truhanes moviéndose debajo del remolque, cada vez que unas cuantas naranjas volaban por el aire. Aquello parecía el teatro de los títeres de cachiporra. El pobre Fresneda estaba corrido y avergonzado, se sentía impotente ante aquella situación tan embarazosa y pensaba: ¡Vamos a ver si no salgo yo caliente esta tarde de aquí! Pero aquellos rapaces eran insaciables y, cada vez eran más, de manera que asomaban los ojos entre las rendijas del remolque y le daban bufidos a Fresneda: ¡Echa más! Ajeno a este tinglado, el murciano mostraba cara de satisfacción pues no paraba de pesar con la romana: ¡Vamos, María, a dos perras gordas el kilo! ¡Mirar qué naranjas wasintonas más dulces sus traigo hoy! ¡Acerca otro capacho, niño, vamos que nos vamos!… Por un lado, Fresneda temía las represalias de aquellos malasombras y, por otro, temblaba al pensar que el vendedor descubriera aquel tinglado, al girarse en una de las veces. Estaba ya harto de acarrear naranjas y con el miedo en el cuerpo, mientras que la gente se reía a su costa y los zagales se llevaban las naranjas gratis. Después de pasar casi dos horas interminables de estar agachado y llenando espuertas, Fresneda se dio por bien librado al no ser descubierto y respiró tranquilo cuando se vio fuera del remolque, con sus dos quilos de naranjas: ¡Anda que si el tío me pilla en una de las veces, me da dos hostias! Y si no les echo naranjas a estos malafollás, encima me calientan. El murciano se marchó poco después, con su camión de naranjas por aquellos caminos carreteros, pensando que había hecho un buen negocio. Se las compró a un agricultor por cuatro perras y esa tarde vendió casi la mitad de la carga. Por su parte, Cachichi y el Mantas se habían dado un buen atracón y llevaban los bolsillos de los pantalones y hasta las camisas llenas de naranjas.
Después de aquella aventura, Fresneda se acercó al puesto de la tía María la Garbancera, una anciana toda vestida de negro, con una falda larga que le llegaba a los pies y un pañuelo cubriéndole la cabeza, pero andaba algo fastidiada de la memoria. Casi todas las semanas le hacía la misma pregunta: ¿Cómo te ‘ñamas’, nene? Y cuando Fresneda le decía el nombre, la mujer exclamaba: ¡Ah, sí, ya me acuerdo! Tú eres el hijo de Juanico el Acequiero. ¿Qué quieres? El zagal, ya un poco más calmado, le dijo: Deme ‘asté’ dos reales de garbanzos ‘torraos’. La tía María cogió los garbanzos de una espuerta de esparto, que tenía colocada en el suelo, y llenó un cajoncillo de madera. El niño le entregó los dos reales y metió los garbanzos cuidadosamente en el bolsillo del pantalón corto. Allí al lado estaba también la Tía Recovera, que vendía huevos.
Unos instantes después, la mano de Fresneda iba del bolsillo a la boca y de la boca al bolsillo, con tanta ansia que parecía que se estaba persignando, aunque alguna que otra vez los dientes le crujían: ¡Vaya, un garbanzo duro!, decía. Para él eran un delicioso manjar aquellos garbanzos ‘torraos’ y sentía un verdadero placer al saborearlos. Pero la alegría dura poco en la casa del pobre, porque en unos minutos se los había embaulado. El sábado que viene voy a comprar palo dulce, porque lo chupo y me dura más que los garbanzos, pensó el zagal, mientras le arreaba una patada a una lata.





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