Antonio Alaminos: «Propósitos firmes para el nuevo año»

Para el común de la humanidad no suele ser nueva la vida en el año nuevo. Pero nos lo creemos. Arrastramos este conocido refrán calendario tras calendario. El cambio de año nos permite tener la sensación de una vida nueva, de volver a empezar, de tener una nueva oportunidad para mejorar, de que pueden darse cambios. Pero al comenzar este año 2024 con las 12 uvas y sus correspondientes campanadas e ir a cumplir la tradición de pedir unos deseos y formular unos propósitos, no pasó nada de nada.

Este año nuevo, la vida nueva la van a tener que poner, en exclusiva, otros para cambiar. ¿Quiénes? Pues quienes mandan en las instituciones. Eso es lo que se me vino a la cabeza con la primera canción de la tele tras las uvas. Yo, vecino de a pie, me declaro sin propósitos, ni intenciones, ni ganas de intentar cumplir lo de «año nuevo, vida nueva». Y las mejoras para este año recién estrenado se las dejo formular, proyectar y realizar -sobre todo realizarlas bien- a los que nos tienen que dar buenos ejemplos a la vecindad, a los dirigentes.

Este año va a ser interesante con las variadas convocatorias electorales que trae. Así que, les toca torear en medio de la plaza, en la vida diaria, a los que rigen o aspiran a regir -de aquí y de allá, de cerca y de lejos- para que nos den buenos ratos, buenas noticias y buenas realidades. Ya está bien de tenernos todo el santo día preocupados: que si guerras, que si sigue el covid, que si más meses para las pensiones, que sí violencias, que si hambres y penurias, que si leyes liosas, que si carestías alimenticias y energéticas, que sí subidas y bajadas de impuestos y de todo, que si endeudamiento, que sí condiciones para los fondos europeos, que sí incendios y sequías, que si pactos y coaliciones, que si peleas y follones.

Este año a la ciudadanía nos toca meter las papeletas en las urnas como mínimo en las elecciones europeas. Así pues, que se preparen, que el vecindario está preparado. Por primera vez en muchos años no he hecho mi lista con la docenita de propósitos de año nuevo, de los que cumplía bien dos, regular cuatro y nada seis. Y no tengo remordimientos. En este año nuevo la vida nueva les toca ponerla a los ya mencionados. ¿Sí o no?

No suelen ser inéditos los propósitos del Año Nuevo. Muchos se suelen arrastrar de un año a otro y a otro y a otro… El cambio de año nos permite tener la sensación de volver a empezar, de tener una nueva oportunidad para mejorar, de confiar en que aquello que queremos cambiar puede darse.

Con las 12 uvas y su correspondiente campanada, la tradición indica que hay que pedir un deseo o formular un propósito. Cosa complicada con la parafernalia de comerlas, reír y culminar con los brindis y abrazos. Un propósito es la intención o el ánimo por el que se realiza o se deja de realizar una acción. Se trata de un objetivo que se pretende alcanzar. Pero, ¿existen? ¿Se conocen casos reales de personas que los llevan adelante?

El asunto es que, factibles o no, supongan una motivación extra para empezar el año aunque no se cumplan. Eso casi que da lo mismo, lo importante es tenerlos. Quien no los tiene no conoce la satisfacción de verlos cumplidos durante el nuevo año, o no disfruta de la frustración de no haberlos podido cumplir. Pongamos la vida espiritual, la familia, la salud y el trabajo en unos planos más elevados y repasemos con humor una pequeña lista de posibles propósitos más de a pie: ahorrar para un viaje interesante o para cosas necesarias; hacer más deporte; leer más libros; escribir al menos un blog; quedar más a menudo con amigos; usar menos el móvil; dejar de tomarse algunas cosas de manera personal; pasear más, tanto en la ciudad como en la naturaleza; no buscar excusas; salir más a menudo de las zonas de confort; apreciar más lo que se tiene; ser un mejor ejemplo para los nos rodean; sonreír más y quejarse menos; ser un poco más optimistas y solidarios; no culpar de nuestros males a la falta de tiempo; implicarse en algunas cuestiones de ciudadanía para ayudar a hacer un mundo mejor; aprender a cocinar más o menos recetas, y dejar de aumentar la lista de buenos propósitos que, generalmente, se van a cumplir a medias. ¿Sí o no?

Si nos preguntamos honestamente qué nos hace felices, nos daremos cuenta de que la respuesta conlleva esfuerzo. Ser virtuosos, que es atractivo porque nos hace mejores, es costoso. Un gran problema contemporáneo, agravado por el alcance de las redes sociales, es la expresión de un mundo que refleja sólo vidas maravillosas. A la opinión pública no llega la otra cara de la moneda, que cada uno vive personalmente, distinta como las vidas normales, con sus luces y sus sombras.

La persona feliz es aquella que no está obsesionada por su felicidad personal. Aunque no sea feliz todo el rato o haya momentos en los que no es feliz, no le importa, porque se preocupa mucho más de la felicidad de los otros.

Esta sociedad ha tenido un acceso muy fácil al bienestar, a la cultura, a la seguridad, a la sanidad… Nunca hemos vivido tanto. Nunca hemos tenido más posibilidades que ahora. Y, sin embargo, parece que no podamos decir que nuestra sociedad es feliz. Paradójicamente, la sociedad que habitamos está mentalmente peor. El hombre y la mujer felices son los que saben en qué deben luchar. La felicidad es una batalla a conciencia. Es, sobre todo, saber dónde hay que poner el acento. Cada persona tiene un talón de Aquiles. A todos nos aprieta el zapato por algún sitio. Una persona feliz es la que lucha por ser mejor y se enfrenta a su defecto.

Una manera sencilla de alcanzar la felicidad es reírse de uno mismo. Cuando uno reconoce un defecto de carácter, o algo que hace mal, y lo acepta como parte de su yo, sufre menos, y lo hace con humor, no con pesadumbre. Se acepta y trata de mejorar.

Los hombres y las mujeres, maduros, profundos, inteligentes, están llamados a alcanzar la auténtica felicidad, aunque haya momentos en que no dejen de ponerse a dudar. La felicidad no está en una férrea seguridad ante todo. El que lo sabe todo acerca de todo suele caer en algunos tipos de ignorancia. Todos experimentamos que, mientras avanzamos en la vida, cambiamos de opinión en algunos aspectos, también porque la propia experiencia de la vida nos pone en nuestro sitio. Cambiar la manera de ver las cosas es un síntoma humano de estabilidad. Eso no quiere decir que los principios se tambalean. Escuchar otras visiones, entender al que piensa distinto y poner en duda nuestros argumentos es una actitud que nos hará más felices.

¿Qué relación existe entre mundo desarrollado, el estado del bienestar y sociedades inmaduras? Hoy vivimos más, estamos más sanos, tenemos más acceso al desarrollo, y eso es muy positivo. El efecto secundario es recibirlo sin habérselo ganado. Todos somos conscientes de que valoramos menos lo que nos dan gratis. Si lo tenemos todo a golpe de clic, es fácil que florezcan personalidades impulsivas e incapaces de manejar las frustraciones ordinarias. Si nos va bien y somos felices, ¿por qué tendemos al desastre demográfico? El invierno demográfico de Europa es inédito en la historia de la humanidad. Todas las civilizaciones han crecido, o se han extinguido, porque han sido absorbidas, pero nunca se han aniquilado por sí mismas. Sería bueno pensar por qué tenemos tan pocos hijos.

Los deseos expresan qué queremos hacer con nuestra vida. Educar es domesticar el deseo. El deseo bueno aspira a lo trascendental: lo bello, lo bueno, el bien. Las personas más felices son aquellas que han tenido la inteligencia, la virtud y la suerte de desear y lograr cosas buenas. Forma parte de la convivencia la oportunidad de ayudar a las personas para que sean mejores, Aceptarnos y aceptar a los demás como son es un hito clave en el camino hacia la felicidad. La empatía es buena, pero, ojo, porque sólo tiene sentido si esa empatía es jerárquica y ordenada.

Hay personas que se quedan hechas polvo con las malas noticias en el telediario. ¿Para qué sirve eso? Para sufrir gratuitamente. ¿Cambian algo? Absolutamente nada. ¿Qué propósitos de año nuevo pueden, de verdad, hacer más bella y feliz nuestra vida? Disfrutar con lo que somos y tenemos, y ponernos propósitos para mejorar la vida de las personas que nos quieren. Así, cada año estará llena de la felicidad más real posible. Como con los chistes del fallecido maestro del humor gráfico granadino Miranda en el diario IDEAL de hace ya bastantes años. Pongamos cuatro como ejemplo y riamos con seriedad al comenzar el año.

Venturoso 2024 lleno de paz, salud y prosperidad para todos. Cordiales saludos a los lectores y lectoras de IDEAL en Clase.

 

Ver artículos anteriores de

Antonio Alaminos López,

maestro retirado

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