Juan José Gallego Tribaldos: «Órgiva»

Tras el Valle de Lecrín,
en una profunda garganta,
está el Puente de Tablate,
donde se inicia el camino
que nos lleva a la Alpujarra.

La sublevación morisca
por tierras de la Alpujarra,
en el Tajo de Tablate
la decidió una batalla
donde el marqués de Mondéjar
con las milicias cristianas,
derrotó a los sediciosos
que Abén Humeya mandaba.

Dejando atrás Lanjarón
al poco tiempo se alcanzan
los verdes huertos de Órgiva
ceñidos por las montañas,
junto al río Guadalfeo
que buscando el mar cabalga
por los valles y las vegas
bajo la Sierra Nevada.

En un reducido llano,
entre olivares y ramblas,
a la vera del río Chico
con más adelfas que agua,
anida el pueblo de Órgiva,
capital de la Alpujarra
pues con Isabel II
así fue denominada,
y hoy es el centro neurálgico
de esta atractiva comarca
desde siempre apetecida
y por muchos, demandada
que los sueños engrandece
y las ansiedades, calma.

Los hijos de Muley Hacén,
junto a su madre, Zoraida,
disfrutaron de las rentas
que Órgiva les otorgara,
cedidas al Gran Capitán
tras la Toma de Granada.

Ptolomeo la menciona
como colonia habitada
por los comerciantes griegos,
antes de la era romana
cuando España aún era Iberia
y tiempos después, Hispania.

Del pasado musulmán
poco queda en la comarca,
salvo restos del castillo
que por la villa se alzara
y unos versos de Al-Udrí
que con perlas la compara;
lo demás, sólo leyendas
de tesoros y de fábulas
que, aunque sean fantasiosas,
permanecen arraigadas.

Se puede decir que Órgiva
ocupa la encrucijada
orientando los caminos
que serpean por  la Alpujarra,
atalayándose al mar
y enraizada en las montañas
con sus callejas moriscas
y sus casas encaladas.

Los caminos del Poqueira,
los de Ugíjar, los de Cádiar,
los de la tahá de Pitres,
los de Albuñol y las ramblas,
todos partiendo de Órgiva,
unos buscando las playas
mientras otros culebrean
hasta las cumbres nevadas.

Como rasgo distintivo,
son las dos torres gemelas
que a lo lejos se divisan
a ambos flancos de la iglesia,
elevándose hacia el cielo
donde brillan las estrellas
con pestañeos incitantes
en la noche alpujarreña.

En esta iglesia mayor,
el símbolo de la fe:
un Cristo Crucificado
de Martínez Montañés,
el admirable escultor
de las tierras de Jaén;
al procesionar el Cristo,
antes del anochecer,
la pólvora atruena Órgiva
en notoria esplendidez
reafirmando devociones
con firmeza y sencillez.

Una mansión señorial,
la de los condes de Sástago,
es, la mitad un castillo
y la otra mitad, palacio,
que sobresale en el pueblo
como ofrenda a su pasado.

En Órgiva tiene presencia,
de una forma destacada,
la gran obra de Cervantes,
Don Quijote de la Mancha,
que a lomos de Rocinante
y en filosófica charla
con su entrañable escudero
el realista Sancho Panza,
se asentaron en la villa,
y, por tanto, en la Alpujarra.

Es el aula cervantina
una joya muy preciada
convertida en un acervo
de pulcritud literaria,
con casi dos centenares
de Quijotes que se enmarcan
en las más diversas lenguas
y ediciones de prestancia,
junto a una bibliografía
tan extensa como clara.

También existe un museo
de dotación costumbrista
con una pinacoteca
de cuadros de gran valía
y enseres alpujarreños
del devenir día a día
que nos ilustran e instruyen
en agradable visita.

Por las calles orgiveñas
ponen notas de armonía
unos ornatos florales
nominados “maravillas”
que de las terrazas cuelgan
como si fueran cortinas
donando aromas, colores
y contagiando alegría.

Por las tapias de los huertos
se derraman azulinas
y en las puertas de las casas
centellean las glicinias,
además de las macetas
cuajadas de clavelinas.

Próxima entrega: LOS PUEBLOS BLANCOS 

 

Leer más romances de

Juan José Gallego Tribaldos

Profesor jubilado y escritor,  autor de

Ortografía práctica del español; Ronda para niños,

edición en español, inglés y japonés;

Federico en su centenarioLas acacias del Macabe,

Cervantes y Don QuijoteLa boca del infierno,

En la noche de San Juan

Mencía de Mendoza. La nieta del cardenal

y La historia de España en verso.

Compartir: