Ortega y Gasset, la sexualidad, el amor y las mujeres (2/12)

II. LA DIFERENCIA BIOLÓGICO-SEXUAL

En lo que hace referencia a las diferencias entre el hombre y la mujer, Ortega participa plenamente de las tesis tradicionales de la natural y esencial diferencia entre los sexos (siempre marcada por la inferioridadde la mujer). Hombre y mujer deben asumir los roles fijos que tienen asignados no ya por la sociedad sino por la naturaleza. El dimorfismo sexual no es, evidentemente, producto sociocultural, fruto del proceso de socialización, sino fundamentado orgánica o físico-biológicamente en la naturalezade cada sexo. Todo lo cual implica que las diversas diferencias entre el hombre y la mujer, en definitiva, se derivan de la que es básica y esencial por naturaleza: “la” diferencia sexual.

Una postura más en consonancia con su doctrina filosófica raciovitalista y sus rasgos historicistas habría asignado, seguramente, a la historia y a la cultura esas diferencias, así como el papel de sumisión y subordinación atribuido secular y socialmente a la mujer, ya que uno de los principios fundamentales de su sistema filosófico era precisamente que “el hombre no tiene naturaleza sino historia”. La aplicación orteguiana de una teoría de las esencias o de la “naturaleza” de la mujer es inadecuada e incoherente para un autor que sostiene que el ser humano es historia y proyecto. Como acertadamente señala Manuel Burón González, al situarse Ortega, en estas reflexiones acerca de la mujer, en el plano esencialista de lo eterno femenino, reduce la diferencia entre hombres y mujeres a la pura diferencia biológica, dificultando así en gran medida la posibilidad de comprender a ambos como lo que en realidad son: producto histórico en el que público (asignado al hombre) y privado (asignado a la mujer), meras categorías sociales e históricas se transmutan en rasgos naturales (1).

Marta Campomar nos ha recordado, precisamente cómo al hurgar Ortega en los móviles psicológicos y hasta psicofísicos que constituyen la diferencia de sexos, incluía en su análisis los cambios hormonales femeninos, un tema endocrinógeno que incide en el papel fundamental que juegan las secreciones internas y las emociones en la conducta humana (2). Si la mujer y su cuerpo eran, en efecto, preocupación fundamental en los ensayos que se publicaban en la “Revista de Occidente”, todavía más afín a Ortega eran las exploraciones llevadas a cabo en torno al conocimiento de la psique y los resortes emotivos de lo femenino, lo que él denominará “estados sensitivos intracorporales” con sus incesantes modificaciones.

Para Ortega el carácter sexuado del ser personal (masculino o femenino) contribuye de manera indiscutible y determinante a crear una corporalidad concreta. De tal manera que, basándose en esos procesos biofisiológicos,puede decirse que “el alma esculpe al cuerpo(3), que el alma (femenina o masculina) contribuye a la perfección de esa escultura biológica. No se crea, sin embargo, que Ortega sostenga ningún tipo de dualismo antropológico (4). La clásica distinción dualista entre cuerpo y alma no tiene, pues, ningún sentido para nuestro pensador, porque la persona (masculina o femenina) es alma corporal, cuerpo animado, subjetividad encarnada; cuerpo y alma no son sustancias desconectadas ni diferentes, sino que forman parte de una unidad psicosomática:

“Cuando vemos el cuerpo de un hombre, ¿vemos un cuerpo o vemos un hombre? Porque el hombre no es solo un cuerpo, sino tras un cuerpo, un alma, espíritu, conciencia, psique, yo, persona, como se prefiera llamar a toda esa porción del hombre que no es espacial, que es idea, sentimiento, volición, memoria, imagen, sensación, instinto” (5).

Ahora bien, la relación de la mujer con su cuerpo es distinta de la del hombre con el suyo, porque ella es más consciente que el hombre de todos esos procesos intracorporales antes aludidos, de manera que para ella su cuerpo le es, objetiva y subjetivamente, siempre presente y es el primer objeto con el que tiene que tratar en su contacto con el mundo.Ortega muestra diáfanamente, en consecuencia, el dimorfismo biológico-sexualcomo la clave de estas divergencias y de las específicas relaciones con sus cuerpos por parte de hombres y mujeres.

A partir de esa diferencia natural, y espigando en otros muchos textos orteguianos, podría construirse toda una tipología o tabla de correspondencias antitéticas que reflejen los distintos rasgos temperamentales y psicológicos(sentimientos distintos, afectividad diversa y diferentes usos de sus facultades intelectivas) que, afectando a todos los niveles de la subjetividad, caracterizan a cada uno de los sexos, así como las diferencias comportamentales que los distinguen en el plano sociocultural (roles o tareas complementarias, propias de cada sexo). Los que a continuación, en la próxima entrega, analizamos son una simple aproximación a dicha tipología de los sexos.

BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS

1. Manuel Burón González, La historia y la naturaleza. Ensayo sobre Ortega, op. cit., p. 240

2. Marta Campomar, “Victoria Ocampo en la cultura del amor de Ortega y Gasset”, Revista de Estudios Orteguianos, Nº 3. 2001. Un tema tan estudiado por el doctor Gregorio Marañón, colaborador y amigo de Ortega, cuyos ensayos sobre la mujer, los sexos, el don Juan, tanta repercusión habrían de tener en su tiempo.

3. J. Ortega y Gasset, “Sobre la expresión, fenómeno cósmico”, en OCII, p. 692.

4. En su ensayo “Vitalidad, alma, espíritu” (1925), en El Espectador V (1927), OC. II, p. 570, hace Ortega un fino análisis de la personalidad humana, de su antropología filosófica, mediante una inmersión en el Intracuerpo (en el “intus” humano), superando así la tradicional interpretación dualista (cuerpo y alma). De esta importante cuestión trataremos más detenidamente en el próximo epígrafe.

5. J. Ortega y Gasset, “Sobre la expresión, fenómeno cósmico”, en OC II, p. 680.

ÍNDICE: ORTEGA Y GASSET, LA SEXUALIDAD, EL AMOR Y LAS MUJERES

Tomás Moreno Fernández

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