En los refugios marengos,
cuando se asienta el estío
y el sol se pone farruco
como un semental bravío,
hay que buscar los sombrajos
que nos reporten alivio,
porque, si no, el mediodía
suele ser martirio chino.
Es por tanto necesario
anclar en un chiringuito
y rendirle los honores
al sabroso pescaíto,
en una arcana liturgia
iniciada con el rito
de pedir un par de espetos,
una caña fría de grifo
y luego lo que se diga
o demande el apetito,
tacos de jibia a la plancha,
chanquetes, calamarcitos,
almejas, pulpo, coquinas
o unos boqueroncitos.
Ésta es santa tradición,
desde el tiempo de los íberos,
más o menos, según dicen
los sesudos eruditos
cuando pimplan y conversan
al socaire de un chiringo,
donde hace miles de años
se bañaban los fenicios,
cartagineses, romanos
y los dioses del Olimpo,
hasta que las rubias nórdicas,
durante el pasado siglo,
arribaran a estas costas
exhibiendo poderío
y desnortando a mancebos
con biquinis pequeñísimos,
vestimenta que hoy por hoy
es de un uso restringido
porque ya se está imponiendo
ir a cuerpo ligerito
ocultando sólo apenas
ocho, nueve o diez centímetros,
tal y como se regula
por las leyes de lo mínimo.
Pero ciñéndonos hoy
al litoral granadino,
donde se avista la sierra
con sus geométricos picos
no faltará el remojón
y, si se tercia, un buen vino,
poco, que al ser cabezón
aunque sea solo un vasito,
se encarama a la cabeza
sin solicitar permiso,
por lo que hay que estar atentos
y no meterse en un lío
pues los guiños del dios Baco
son armas de doble filo.
El caso es que me he encontrado,
camino del chiringuito
bajo el sol abrasador,
a un complaciente vecino
que desde tierras norteñas
a nuestra costa se vino,
no como veraneante
sino en plan definitivo
buscando el sol y la playa,
tornándose pronto adicto
a las lustrosas sardinas
espetadas en chiringos,
a las que él mismo compara
con un óbolo divino.
Iba a ser una cerveza
pero, luego, lo que pasa…
que un carro con una rueda
o no camina o se atasca…
y cascando y cascando
se nos pasó la mañana
entre caña y pescaíto
y unas gambas a la plancha
tan sonrosaditas ellas
que era un placer cortejarlas…
y en el rito del cortejo
la faena hay que acabarla.
Y luego, pues… lo de siempre,
que tras pimplar unas cañas
nos escanciaron un vino
oriundo de la Alpujarra,
en las viñas de Laujar
enlomadas por las ramblas
donde el Rey Chico, Boabdil,
tras la Toma de Granada,
se aposentó entristecido
con Moraima y con Aixa.
Y pimplando y charlando
acodados en la barra,
prestos a solucionar
los líos que anublan España,
se nos largó el santo al cielo
al ardor de las palabras,
mientras unas gaviotas
por la orilla planeaban,
disputándose un pez muerto
transportado por las aguas.
Ajustándonos las gorras
para proteger la calva,
nos lanzamos al asfalto
donde el sol rejoneaba
con el ardor de un guerrero
cuando empieza la batalla,
y, sin pensarlo dos veces,
reemprendimos nuestra marcha
aprovechando la sombra
que brindan unas acacias.
Y, sudando más que un pollo,
por fin arribé a la casa
para ofrecerle a Morfeo
mi siesta en una butaca
viendo el viento de levante
virar con rumbo hacia Málaga.
Relación de romances de esta serie veraniega:
4. Pescaíto frito
5. A eso del mediodía
6. Vamos a la playa
7. Cita previa
8. Como sardinas en lata






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