El espacio-tiempo le dice a la materia cómo moverse
John Wheeler
Debajo del sombrero de la chimenea, en una grieta, las abejas hicieron un panal. Cuando la mulilla mecánica se ponía en marcha, el ruido las molestaba. Se lanzaban como kamikazes sobre el motor y todos salían corriendo. Con frecuencia subestimamos a los insectos. Así que un colmenero como si fuera un alpinista, trepó hasta refugio y se las llevó, dejando un poco de miel.
En el campo no hay silencio. Pero es otro ruido. Se oyen tres o cuatro cantos de pájaros. Y recuerda que una noche vio un búho real. Y el señor Ruiz.
La fosa de la piscina, que queda un poco más abajo, la hizo él solo, lazo, un vasco que se afincó por allí. Los niños lo miraban con admiración por su fuerza. Un hombre cabal, por aquel tiempo no podría entrar una máquina ni ahora tampoco.
Sólo quedaba un membrillo que realmente era un zamboa, sobre la alberca. Y un granado. Los otros estaban salvajes a falta de podarlos, si hubiera tiempo. Un moral blanco y varios manzanos dulces se perdieron.
Al entubar la acequia, el nacimiento que había en la alameda se secó.
Y justo en la linde de abajo por ese camino , el abuelo llevó a los niños a una era y se montaron en un trillo.
Se hizo de noche tras una puesta de sol que no envidiaría a las de África. Justo por donde unas montañas volcánicas. Bajo una higuera de isabeles el hombre comprendió que la ley de la gravedad de Newton estaba incluida en la tercera de Kepler. Y también que si el universo es curvo, se podría volver al pasado.
Eso quizás fue lo que hizo su padre.
Y el hombre de la destrozadora empezó a llorar.
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SÉPTIMA JORNADA

Salvador Fernández-Vivancos Fernández
Licenciado en Derecho
exfuncionario de Justicia
y abogado





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