La culpa fue de los terremotos

Consciente del riesgo que supone ser llamado al orden por algún historiador de la Edad Moderna Española, subrayo el título del presente artículo: la culpa fue de los terremotos.

Para ello, repasemos lo acaecido en Granada durante el verano de 1526: el cuatro de junio del referido año llegaron a Granada, recién casados, el emperador Carlos V y su bellísima esposa Isabel de Portugal. La boda se había celebrado en los Reales Alcázares de Sevilla y Granada sería la sede de su luna de miel. Se hospedaron en la Alhambra, donde el tercer conde de Tendilla, Luis Hurtado de Mendoza, alcaide a su vez de la ciudad palatina, les acondicionó las suntuosas estancias palaciegas para hacerlas aún más confortables.

Isabel y Carlos eran primos hermanos compartiendo abuelos, los Reyes Católicos, y, aunque fue una boda programada, como era normativo en la época, vivieron enamorados disfrutando los privilegios que juventud y rango les proporcionaban. En la Alhambra, entre los múltiples regalos con que a la joven reina agasajaban, recibió unas semillas traídas por el embajador persa. Germinadas dichas semillas, al poco nacieron unas bellas flores desconocidas en Europa: los claveles, que, sembrados por jardines y parterres alhambreños, hermosearon aún más el idílico paraje.

Las tornabodas del emperador Carlos y su esposa, Isabel de Portugal, transcurrían felizmente, atendiendo el monarca las cuestiones de Estado, convirtida Granada en la capital política europea.

Ya estaba finalizado el proyecto del palacio de Carlos V y comenzarían sus obras unos meses después, con la intención de establecer en él la residencia del emperador y su esposa. Dicho proyecto, encargado al arquitecto Pedro Machuca, se consolidó en el bellísimo palacio renacentista ubicado en la colina alhambreña.

Pero todo se truncó en la noche del cuatro de julio de 1526 cuando, entre las once y las doce, un fuerte terremoto con varias réplicas consecutivas hizo que Granada se estremeciera. La corte, aposentada en la Alhambra, entró en pánico, salvo el emperador que permaneció en la cama, siendo el único que no se alteró con las sacudidas, intentando transmitir seguridad y confianza entre las personas que allí pernoctaban. Pero su firmeza en mantener y mostrar calma no consiguió apaciguar a la reina Isabel, presa de un ataque de pánico. Tan afectada estaba que pidió ser trasladada al monasterio de san Jerónimo, en la parte baja de la ciudad, pues sus fuertes muros le inspiraban más confianza que las columnas alhambreñas. Y así se hizo; la bella Isabel y las personas a su servicio se trasladaron al cenobio jerónimo donde le adecuaron varias estancias para que su permanencia resultara lo más placentera posible: “El claustro de la Emperatriz” es aún llamado, y aquí, o en la Alhambra, se engendró el futuro Felipe II,

En consonancia con los terremotos granadinos, algo parecido ocurriría tres siglos después, cuando la madre de Eugenia de Montijo fue sorprendida por un enjambre sísmico de los nuestros, días previos a dar a luz. Tanto temor le provocaron los temblores que hizo montar una tienda de campaña en el jardín de su palacio en la calle de Gracia y allí vino al mundo la que luego sería emperatriz de los franceses.

Pero volviendo al argumentario de nuestro relato, la reina Isabel, a su vez emperatriz consorte del Sacro Imperio Romano Germánico, que Carlos V ansiaba reconstruir teniendo como sede la capital granadina, no se sentía segura en Granada ante el temor de nuevos terremotos. Era nuestra ciudad el lugar idóneo para, en aquel momento, convertirse en la capital de España. Aquí estaban enterrados los padres del emperador, Juana I de Castilla y Felipe el hermoso, así como sus abuelos, Isabel y Fernando, los Reyes Católicos.

Pero la hermosa Isabel sentía pavor ante los terremotos y temiendo que se repitieran, quería irse de Granada. Y así fue, al mudarse la Corte a Valladolid.

Murió muy joven la reina Isabel, en Toledo, trasladándose sus restos a Granada donde en la Cruz Blanca tuvo lugar la apertura del ataúd para que Francisco de Borja diera fe de que aquel cadáver era el de la reina. Sus restos mortales descansaron varios años en nuestra ciudad hasta su emplazamiento definitivo en El Escorial ya en tiempos de su hijo Felipe II.

De la hermosa Isabel nos queda la leyenda de su belleza, el carácter y el parecido físico con su abuela Isabel la Católica, el haber sido una reina conocida como “la Solitaria” por pasar sola la mayor parte de su tiempo a causa de las prolongadas ausencias del emperador y los impecables retratos con que Tiziano la inmortalizó.

Dicho lo anterior, es coherente deducir que, si Granada no se convirtió en la capital de España y del Sacro Imperio Románico Germánico, allá por el siglo XVI, hace justo quinientos años, fue por culpa de los terremotos.

[NOTA: Este artículo de Juan José Gallego Tribaldos fue publicado en la edición impresa de IDEAL correspondiente al lunes, 7 de septiembre de 2026, pág. 18]

Juan José Gallego Tribaldos

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