Aherrojado en mi butaca
del playero chiringuito,
al albur de una cerveza
y unos boquerones fritos
observo cómo en la arena
hay un grupo de chiquillos
intentando construir
un gigantesco castillo
con sus torres, sus almenas
y un gran foso defensivo.
Unos aportan el agua
que acarrean en cubitos,
otros amasan el barro
con pericia y con ahínco
y algunos, como canteros,
van seleccionando chinos
para darle a la muralla
su sello característico.
El castillo, poco a poco,
va germinando a buen ritmo
en medio del entusiasmo
candoroso de los niños
absortos en la faena
con ardor imperativo.
En lo alto de una torre,
con un papel de aluminio
perforado en el extremo
por afilado palito,
han izado una bandera
que señala el predominio,
ondeando que da gusto
con el viento levantino.
Todo son risas y saltos,
arrebato y regocijo
cuando una ola insumisa
ha inundado sin aviso
la fortaleza de arena
y en siniestro apocalíptico
el fortín se derrumbó
sin dejar ningún vestigio.
Ellos miran apenados
y con aire compungido
porque solo en un plis plas
su ilusión se ha demolido;
mas, sin pensarlo dos veces,
unos metros se han subido
por la arena de la playa
y, en ademán decidido,
con sus palas recomienzan
a forjar otro castillo.
Yo, arrebujado a la sombra
plácida del chiringuito,
alternando una cerveza
con gustoso pescaíto,
contemplo el arduo proceso
y con placer me sonrío
admirando la utopía
prodigiosa de estos niños,
pues quien vuelve a comenzar
nunca será un ser vencido.
Relación de romances de esta serie veraniega:
3. Volver a empezar
4. Pescaíto frito
5. A eso del mediodía
6. Vamos a la playa
7. Cita previa
8. Como sardinas en lata






Deja una respuesta