Cuando arriba el mediodía
es la hora del cortejo
entre una caña bien fría
y un aromático espeto
de sardinas plateadas
incitantes al deseo,
que por el verano están
receptivas al requiebro
y con sólo que las mires
les juras amor eterno.
El asunto no es menor
y requiere gran respeto
para evitar sinsabores
derivados del proceso,
pues en refriegas de amores
surgen, a veces, los celos
que en ocasiones trastocan
en realidades los sueños
y hay que ser muy cuidadosos
cuando se trata de espetos.
Por lo tanto, hay que acudir
sin prisas, a paso lento,
con bañador floreado,
sandalias, gorra o sombrero
hasta el mismo chiringuito,
consiguiendo un buen asiento
a la sombra del chamizo
y alejado unos cien metros
de los ruidos infernales
del maremágnum playero
con las raquetas, pelotas
y el griterío vocinglero
de niños y grandullones
enzarzados en sus juegos.
Una vez asegurado
ese lugar estratégico
hay que esperar la llegada
de un amable camarero
para pedirle que traiga
una caña y un espeto,
que pueden ser el preludio
de otra caña y berberechos
o un plato de puntillitas
versadas en galanteos.
Pocos asuntos transcienden
por los tiempos veraniegos,
en las mañanas azules
del litoral marinero
tal cual estos pescaítos,
puro maná de los cielos
que nos alegran los días
con sus guiños placenteros
y hasta el lucero del alba
si los prueba, está contento.
Y al rato, pues…ya se sabe,
retorno al apartamento,
transitando precavido
para evitar los tropiezos
con los chinos del camino
esparcidos por el suelo
a rendirle los honores
al beatífico Morfeo
que, a la hora de la siesta,
envía a los duendes del juego
para con magia infantil
sumergirnos en el sueño
de un butacón apostado
frente al mar siempre sereno,
con sus olas salmodiando
la placidez del sesteo.
Relación de romances de esta serie veraniega:
5. A eso del mediodía
6. Vamos a la playa
7. Cita previa
8. Como sardinas en lata





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